Un Real Zaragoza cuadriculado de ideas salva un punto en otro partido sin orden ni jerarcas.
El Real Zaragoza es ahora mismo un equipo pesado que lleva piedras en los bolsillos, plomo en la cabeza, y que carece de jugadores capaces de gobernar con cierta autoridad un partido, sobre todo sin Matuzalem lo observa desde la grada. En Murcia tuvo un fuerte dolor de estómago y anoche, frente a otro conjunto menor y reducido por ausencias notables, nunca llegó a digerir un fútbol cargado de toneladas de buenas intenciones y pésimas decisiones. Se obsesionó con la conducción irritante del balón sin sentido vertical, con la tropa perdiendo el paso a cada pase y un desorden escandaloso. El Racing no se hizo con todo el botín porque siempre nos queda Oliveira, que sigue de caza mayor y logró el empate en una alocada traca final ofensiva, y porque los cántabros no estaban precisamente para otra función que no fuera reunirse en defensa y dinamitar todos los espacios.
El planteamiento del enemigo se conocía desde el lunes pero el Real Zaragoza, salvo por el apetito que comparten Oliveira y Diego Milito arriba y que ayudó a esquivar la derrota, no pudo y supo cómo saltar por encima de la muralla construida por Marcelino, el técnico de la escuadra santanderina. El intento de derribo se limitó a constantes e infructuosas acometidas personales lo que facilitó el trabajo de contención de un contrincante muy bien puesto para administrar el balón y anestesiarlo.
BANDA ANIRQUICA El Rel Zaragoza fue casi siempre un ejército de soldaditos de plomo en absurdas batallas individuales. Una banda anárquica. Una y otra vez insistió en hallar una vía por el centro, y una y otra vez se estampó por culpa de una deserción absoluta de las bandas, que quedaron con el césped inmaculado por la falta de circulación. De nuevo horizontal y previsible, Gabi y Zapater se molestaron, lo que dejó el camión sin conductor. Aimar no alcanzó el volante y D´Alessandro pisó el acelerador, el freno y la pelota sin sentido alguno. Con el centro del campo de luto futbolístico, el Racing, con Colsa y Duscher mandando sin oposición puso la almohada y las sábanas y se arropó a la espera de su oportunidad, probablemente de la única.
Oliveira reventó el larguero de Toño y Diego Milito probó la calidad de los guantes del portero en un par de ocasiones. El pim, pam, pum era sin embargo puro fuego artificial. El Racing despertó la segunda parte con un guantazo sonoro. Una pelota despejada a ninguna parte cayó a los pies de Óscar Serrano, despierto por si venía el rechace que le llegó. Desde la distancia y sin nadie que le molestara enganchó un disparo imposible para César, traicionado por el despiste y por un bote inoportuno para su tardía estirada.
El gol premió el estajanovismo, la constancia y el trabajo de un Racing guiado por la contundencia de sus guardianes, con Garay y Oriol a la cabeza, y el gol castigó a un Real Zaragoza horizontal, cansino y de nulo repliegue defensivo, lo que se manifestó por los agujeros que dejaron Diogo y Juanfran en los costados y por la insistencia de Ayala, desastroso sombra, en colaborar con el enemigo con errores mayúsculos. El central fue el vivo reflejo del grupo, descabezado por falta de ritmo y discutido con el balón en cualquier tipo de combinación.
MANOS A LA OBRA / Víctor Fernández le vio la cara a la tragedia y se puso manos a la obra. Colocó solo a Zapater de escudo, envió a Aimar al enganche para que despertara del sueño de los justos que dormía con placidez desde el primer minuto y envió a la primera línea del combate a Sergio García. La ruleta de variaciones tuvo un efecto bondadoso, no demasiado, aunque sí lo suficiente para que se encendieran algunas chispas en ataque y para que al Racing le temblaran las canillas.
Diego Milito, que ya empieza a carburar, peinó con sutileza un balón colgado al área, pero Toño, a un metro del flequillo del argentino, reaccionó como un gato y evitó la igualada. No hubo celebración y festejo hasta que Oliveira sí acertó a empujar la bola tras una cabezazo de Ayala. La hinchada se puso marchosa porque veía la victoria cercana y lanzó su ánimo al campo, recogido por unos jugadores que nunca llegaron a descifrar las claves ni hallar una fórmula.
El Real Zaragoza sigue haciéndose a fuego lento, como un ejército de soldaditos de plomo sin rostro, despersonalizados, huérfano de armas más persuasivas que el empuje racial... Todavía tiene tiempo para elevar el vuelo rasante, de perdiz mareada por una sobredosis de somníferos que ha ofrecido en las dos primeras jornadas.