El Zaragoza cae en su debut europeo con la actitud de un equipo pequeño y sin un ápice de compromiso.
El partido, desgraciadamente, se ajustó al guión redactado por el Aris, que acudió a la tradición de los tópicos del fútbol griego y de los equipos inferiores de calidad para equilibrar las fuerzas con una actitud y una implicación máximas, salteados además con una académica aplicación táctica y una buena dosis de agresividad. El Zaragoza hizo lo contrario que el equipo de Bajevic y de lo que se esperaba de él tras su correcta actuación en San Mamés: se tomó el encuentro como un paseo turístico por Salónica en busca de algún souvenir, que encontró al cruzar la primera esquina cuando un balón colgado al área fue peinado sin oposición por Papadopoulos.
El madrugador 1-0 y sobre todo su diseño, una laguna negra en el eje defensivo que no es novedosa esta temporada y que necesita una urgente corrección, llevó directamente al conjunto aragonés al corazón del infierno, donde perdió el alma del rombo y el espíritu competitivo. Pálido, descosido en todas las líneas, despersonalizado en la gestión y en la administración de la pelota y con los delanteros aislados, el Zaragoza comenzó a oler a azufre. Se condenó al terrible papel de espectador en un campo y en una situación de enorme hostilidad, sobre todo la del marcador en contra, porque el público estuvo exquisito.
El Aris se creyó el señor de la guerra que rige su escudo y su historia (Marte) y utilizó sus armas y la ventaja con un estupendo criterio, con dos hombres de banda ligeros, Felipe y Calvo, para ensanchar el campo y hacer sufrir mucho a Diogo y Juanfran, y un tallo poderoso, Ivic, que se incrustó en el centro del campo para incomodar a Luccin. Los griegos metieron la pierna con energía aunque nunca tuvieron que recurrir a la violencia, ni mucho menos, frente a un enemigo blando que no disparó a las manos de Chalkias hasta que se cumplió media hora: un derechazo centrado de D´Alessandro.
Ni Matuzalem ni Zapater ofrecieron alternativas a la ausencia forzada por Bajevic de Luccin, con lo que el juego zaragocista se empobreció escandalosamente con un Aris dispuesto para el contragolpe. Los helenos siguieron al dedillo el guión inicial. Según pasaban los minutos y la ansiedad se apoderaba del Zaragoza, se agruparon para la resistencia y aguantaron el asedio sin excesivos problemas. Hubo un remate de cabeza de Ayala que sacó Neto bajo palos y un disparo de Oliveira que mordió el poste en la recta final de la primera parte. Sergio García, activo y hambriento en su oportunidad como titular, lo intentó todo, pero Chalkias y su aceleración le negaron el gol.
El golpe del tanto en contra dejó herido al escuadrón de Víctor, afectadísimo, como le ocurre con una preocupante asiduidad fuera de casa. Sin embargo tuvo tiempo para reaccionar, para reconducir el encuentro a su terreno, el de la combinación. No pudo ni le dejaron los griegos, mejor puestos, con una personalidad y un carácter muy por encima del de su apocado y timorato rival, que se limitó a ratificar que es víctima de una escandalosa fragilidad defensiva y que no sabe ganar porque, entre cosas, se obliga a remontar sin éxito hasta el momento.
La apuesta final y desesperada, con Diego por D´Alessandro y Gabi por el inoperante Diogo, engordó el ataque sin que el Aris se inmutara por la creciente pero insípida artillería zaragocista. Dio la impresión de que hubo una deserción general, algo que Víctor tendrá que repasar para superar la eliminatoria y para regresar a la Liga sin esa pinta de conjunto náufrago. No puede consentir, bajo ningún concepto, que el equipo se le vaya de las manos como anoche, no tanto por culpa suya como por algunos futbolistas que quizás no merezcan la titularidad por su baja condición física y porque otros se esconden pese a la exigencia de su galones. El Zaragoza fue a Salónica a un infierno y se perdió en el suyo, el de un equipo sin alma.