El Real Zaragoza cayó eliminado por el limitadísimo Aris Salónica y consumó un desastre inexplicable. Un gol del español Javito dio el pase a los griegos ante un penoso y descabezado equipo aragonés.
Se consumó lo peor. La mayor catástrofe del Real Zaragoza en Europa en toda su historia, superando el histriónico e imperdonable desastre de Cracovia que protagonizó el equipo de Lillo hace un lustro. El Aris Salónica, un mediocre equipo de tercera fila internacional, tumbó a un incalificable Zaragoza que fue incapaz de imponer en 180 minutos de combate su innegable superioridad gramo a gramo, hombre por hombre, figura a figura (los griegos no tienen ni una).
Lo de anoche es más grave que lo de Polonia por varias circunstancias innegables. El K.O. de Lillo, al menos, tuvo lugar fuera de casa, en ambiente ajeno. Anoche, el Zaragoza tenía la enorme ventaja de jugar en su campo, ante su público, en su hábitat natural. Lamentable, penoso, increíble que no supiera aprovechar ese factor vital en cualquier deporte, mucho más en el fútbol continental. Pero, sobre todo, la plantilla que tenía Lillo por aquel entonces distaba años luz de la que ha conformado Agapito a instancias de Víctor Fernández en este último año y medio. El actual Zaragoza es notablemente mejor, más caro y con mayor enjundia que el de entonces. Inequívocamente.
Anoche, al margen de la repetición de todos los errores que vienen afectando al juego zaragocista desde julio sin remedio alguno, la situación se agravó a través de una desafortunada dirección de Víctor desde el banquillo, especialmente en los cambios. Cuando hacía falta gol para culminar la remontada, retiró del campo al goleador Oliveira. Instantes después, Javito fraguó el castigo logrando un increíble empate a uno que dejó al Zaragoza agonizante camino de la catástrofe. Había que meter tres y el míster acababa de retirar a uno de los especialistas en golear. Una pifia.
La solución que encontró Víctor fue meter a Gabi por Cuartero, una opción de penetrar por banda a la que se renunció gratis (hubiese sido más normal quitar un central o un medio centro). De Óscar, el otro hombre de ataque que quedaba en el banquillo, no hubo noticias. Parecía que sobraba Luccin (amonestado desde el inicio) desde hacía tiempo, pero el técnico no lo vio así y ni siquiera agotó la tercera sustitución. ¿Para qué está Óscar aquí?
"¿A qué jugamos"?
A pesar de que al descanso la eliminatoria estaba igualada gracias al gol inicial de Oliveira, las conversaciones en la grada entre el público zaragocista no se alejaban demasiado de las de tardes anteriores: "¿A qué jugamos?", se preguntaba la mitad más uno. "Absolutamente a nada", contestaba el resto con abnegación.
En 45 minutos, la única conclusión positiva que se había sacado en este histórico e imborrable duelo ante los griegos, fue que, de entre la nada, por fortuna, surgió el 1-0 antes del minuto 20. No se había tardado demasiado en borrar la sombra del nerviosismo que hubiera significado ver el 0-0 en el marcador durante mucho tiempo. Pero no hubo muy poco más de dulce que llevarse a la boca. Predominó la espesura, como siempre. La lentitud, como cada día. La ausencia de combinaciones, como ya es normal.
Aimar no dio una a derechas. D'Alessandro, de inicio, perdió el efecto revulsivo que le caracteriza cuando sale en las segundas partes. Diego Milito y Oliveira manifestaron en varias acciones que, más que complementarse, tienden a solaparse (mal asunto).
¿Y Luccin? ¡Ah, Luccin!. Difícil describir su papel en el doble pivote. A su lado, Zapater -el chico de Ejea de siempre- fue Beckenbauer. Al menos fue útil para mitigar la palpable desorganización del colectivo. Luccin, por el contrario, no se sabe bien qué fue.
En el descanso, solo aliviaba el futuro inmediato del Zaragoza observar que el Aris no se había estirado con peligro ni una sola vez. Encerrado con una doble muralla de cinco hombres desde el inicio (solo Koke pululaba delante de la zaga local), apenas tuvo argumentos para atacar al deslabazado Zaragoza. Un disparo de niño desde la frontal del boliviano García que atrapó sin problemas César fue el único tiro entre los tres palos antes del intermedio, al margen de un susto final de Ivic, que cabeceó alto la clásica falta lateral que siempre se traga la zaga aragonesa.
De pleno
El juego sin ton ni son del Zaragoza, con más improvisación que método, prosiguió en la segunda parte. Y como la noche estaba para dispendios, Diego Milito se permitió el lujo de errar un gol infallable. Sin portero, tras un lío de Chalkias con Aimar, chutó al palo en el minuto 49 y desvaneció ahí decisivamente las escasas opciones de lograr el 2-0.
Enseguida Javito, chaval entusiasta procedente del Barça B (el año pasado en Segunda B, ahora en Tercera), encabezó y consumó -recién salido al campo por su colega Calvo (del mismo encaste)- el descarrilamiento del Zaragoza en Europa y quién sabe si en todo su proyecto expansionista. Su gol en el minuto 62, aprovechando la blandura de una defensa que no defiende, dio de lleno en la línea de flotación de los de Víctor y se comenzó a asumir la barbaridad que estaba próxima a producirse.
El 2-1 de García a falta de 18 minutos para el final devolvió la esperanza a todo el mundo y la emoción al lance. Pero, de paso, abrió las puertas de par en par para demostrar la incapacidad del equipo para poner orden en sus acciones y provocar un ataque medianamente cabal. Hace días que se veía venir algo así, por más que siempre haya habido excusas disuasorias. Hoy ya no caben.