El Real Zaragoza, con tantos de Sergio García y Oliveira (2), aplasta a un Levante lastimoso y facilón.
El Real Zaragoza, que sigue pálido en su fútbol como una doncella tísica, vampirizó ayer al Levante, que le ofreció la yugular durante toda la tarde y al que no tuvo más remedio que hincarle el diente con una victoria que no alivia la reciente eliminación de la Copa de la UEFA, pero que al menos frena la crisis a la espera de compromisos más serios para conocer si puede competir por algo en la Liga. El encuentro frente al Levante no existió. Fue un partido fantasma al que solo Sergio García y Oliveira dieron vida corta e intensa en la segunda parte con sus goles. El conjunto de Abel Resino tiene tan poco que dan ganas de ofrecerle limosna. Ni defensa, ni centro del campo, ni delantera, ni los mínimos recursos técnicos para aguantar la pelota más de dos segundos. Es carne de cañón, aspirante número uno para el descenso, César Sánchez hizo una parada en noventa minutos, en un tiro de 30 metros de Riga. El resto de sus intervenciones fueron al final del choque, para los medios de comunicación. Sangre fácil por lo tanto. El Real Zaragoza, tieso por el varapalo contra el Aris, jugó con pata de palo, angustiado por no perder un balón y que la grada se le echara encima. Con ese estado anímico y tanto hierro en la imaginación, corrió lento, tocó pesado, pensó con tardanza y falló un rosario de ocasiones. Aun en ese estado de acartonamiento, halló en su rival a un amigo dispuesto a facilitarle el triunfo o a regalárselo si fuera menester. No le dio un beso en la boca por el qué dirán, pero se mostró cariñoso hasta empalagar, en especial el exzaragocista Álvaro Maior, que debería dejar el deporte profesional lo antes posible porque ya no está para estos trotes. Sus compañeros disponen de un poco de mejor nivel físico, pero de calidad Dios los libró.
POR LA INERCIA
El Real Zaragoza ganó por pura inercia. Era cuestión de esperar, sin prisas. Cuesta abajo y sin nadie enfrente, solo sus propios temores, el equipo aragonés comenzó a acumular oportunidades, algunas bien hilvanadas y otras por insistencia racial. El partido se resolvió por pegada. Atrapado en un juego insípido y fastidioso, con Aimar a ritmo de caracol, el equipo de Víctor Fernández se echó en brazos de sus delanteros. Diego Milito no tuvo su tarde. El argentino atacó una y otra vez la portería de Storari, pero el guardameta, el poste, la falta de puntería y la riña que mantiene con el gol dejaron seco al Príncipe, quien al menos lució en la asistencia sobre Sergio García en el tanto que inauguró el marcador.
Sergio García por fin encontró un lugar en la titularidad y contestó con entusiasmo, velocidad y una nueva diana, la tercera consecutiva. No se sabe muy bien cuál es el camino que ha de tomar el Real Zaragoza para recuperar la credibilidad, aunque se intuye que para ese trayecto debe usar otro calzado, el de futbolistas que el entrenador cree secundarios y que le resultan más productivos que muchos de sus favoritos. Óscar, por ejemplo y sin forzar mucho, está para ocupar la plaza de un Aimar que deja destellos de estrella apagada. El salmantino, al igual que frente al Sevilla, fabricó un pase elegante y letal para la carrera de Oliveira que éste transformó en el 2-0. La defensa del Levante, sentada en una silla de mimbre como quien mata la tarde viendo pasar coches por mitad del pueblo, les pidió autógrafos a ambos. Oliveira, que había partido desde la reserva, marcó el tercero a su manera, de un bestial zurdazo de salvaje belleza.
El Real Zaragoza clavó los colmillos en la yugular de un cadáver. Algo de sangre encontró, la suficiente para disimular la anemia de un fútbol carente de atractivo, descolorido y anarquista.