El equipo de Víctor ganaba 0-1 a falta de 9 minutos, pero acabó perdiendo 2-1 en un final caótico.
Era un partido para listos. Se tenía ganado a falta de solo 9 minutos. Y se perdió. Saquen ustedes mismos la conclusión. Es sencilla. No hay mejor explicación que esa ecuación para describir por qué el Real Zaragoza dejó de sumar ayer los tres puntos en Sevilla.
Resulta increíble escribir sobre una derrota cuando, apenas un cuarto de hora antes de acabar el partido (un malísimo partido de ambos rivales), todo apuntaba a que el Zaragoza iba a sumar otros tres puntos a domicilio.
Y es que, efectivamente, el Betis es una ruina deportiva en estos momentos. Solo con ver los primeros quince minutos del partido de ayer cualquiera era capaz de deducir que los verdiblancos están desorientados, nerviosos y atascados por la responsabilidad. A partir de esa pequeña muestra de un cuarto de hora, solo faltaba saber cómo y cuándo iba a ser capaz el Real Zaragoza de romper el trabado partido a su favor. Era cuestión de esperar. Y, por supuesto, ese momento acabó llegando. Tardó, pero apareció en el minuto 35. Fue una falta directa al borde del área cometida sobre el burbujeante D'Alessandro, la gran sorpresa de Víctor Fernández en la alineación inicial. Él mismo, como toda la tarde hizo con los córners y los golpes francos (todos botados mal, excepto éste), se encargó de ejecutar ese balón parado. Fue una rosca al palo del portero portugués Ricardo, que el luso se comió convenientemente para darle al Zaragoza el 0-1 y la llave maestra para asegurarse medio partido en el bolsillo. Antes de esta acción puntual, surgida casi de la nada, el choque fue futbolísticamente horrible. Sin juego fluido, todo lleno de patadas y juego trabado por parte de ambos equipos. Los locales, a causa de la histeria que les atenazaba en la cola de la tabla; y los zaragocistas, porque ayer tuvieron un día espeso, sin imaginación creativa, sin calidad alguna.
Una tarde para olvidar
Hasta ese minuto 35 en el que D´Alessandro se inventó el gol gracias a la grandiosa colaboración del arquero internacional portugués, lo único que aparecía en las anotaciones era un posible penalti de Ayala por una mano a tiro de Juanito a la salida de un córner. Menos mal que Megía no quiso pitarlo, porque pudo hacerlo. El resto de cosas, fueron basura futbolística, detalles todos desechables. Una tarde para olvidar.
Uno nunca ha visto a un jugador empezar más jugadas con aire de peligro sin llegar a culminar ninguna. Ese fue ayer el argentino Caffa. Entre él y el atropellado Sobis, volvieron medio loco a Diogo una decena de veces. Pero acabaron desesperando a su público por inoperancia final y porque, justo es decirlo, Chus Herrero (ayer central por la derecha) estuvo ágil en las coberturas un par de veces.
No hubo cuatro pases seguidos en ningún momento. Ni Betis ni Zaragoza llegaron al aprobado en la asignatura de juego colectivo. Fue una acumulación de espesura, un magma de difícil digestión para los espectadores, del que, por fortuna, el cuadro de Fernández sacó mejor provecho antes del descanso.
La llegada del intermedio, con ese 0-1 favorable y con el Betis bajo los efectos del aguijonazo venenoso reciente del gol del Cabezón, hizo ya pensar en la mejor noticia: la victoria en el Ruiz de Lopera estaba al alcance de la mano, muy cerca.
Pero Cúper, al borde del acantilado, hizo un doble cambio de salida en el segundo periodo. Xisco y Arzu, veteranía y llegada, entraron por Rivera y el canterano Juande (recibió un pellizco de D'Alessandro en el minuto 43 en un rifirrafe que bien pudo acabar mal para el siempre peleón zaragocista si el asistente le hubiera visto). Xisco salió para partir en dos a un Diogo que no puede seguir siendo el lateral derecho del Zaragoza en el estado de forma que padece (realmente no lo atraviesa, lo padece).
Torpe Zaragoza
Y por ahí vinieron los males del torpe Zaragoza de ayer. El Betis se volcó con todo, a la desesperada. Arzu surtió de balones de gol permanentemente a sus puntas y la zaga avispa sufrió cada vez más. La lesión de Ayala que obligó a su cambio y la entrada final del ariete tanque Pavone, iban a resultar decisivas en la recta final del choque.
Si ya Arzu, Caffa, Xisco y Sobis habían avisado del empate con el devenir de los minutos (56, 62, 71 y 79), fue el citado Pavone el que volteó al Zaragoza con dos cornadas letales enmedio del desastre defensivo del cuadro de Fernández (un día más). Dos goles que le encumbran a los altares del beticismo. Uno, solo ante César en un error de Paredes y los dos jóvenes centrales. Otro, tras una pifia imperdonable de Diogo, un centro de su calvario Xisco y una dejada de cabeza de Edu.
El Betis lo celebró, ya fuera de tiempo, como si fuera el gol de la final de la Copa de Europa. Era la salvación de Cúper, la evasión de un caos societario casi seguro en caso de derrota. Algo muy grande para ellos y que lograban gracias a la servidumbre de un apático y desconcertante Zaragoza que acabó diluido como un azucarillo durante todo el segundo tiempo. No vimos a Ricardo. El Betis podía haber jugado sin portero tras el descanso tranquilamente. Aimar tuvo media hora para demostrar que así no sirve para nada. Y se echó en falta a Oliveira. Mucho. Víctor apostó fuerte en la alineación y, al final, el fútbol le acabó castigando. Así es este negocio. Como la bolsa.