lunes, 17 de diciembre de 2007
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Es aquí una palabra tabú, un innombrable, pero la tabla de Primera muestra una realidad inevitable: los puestos de promoción están a tres puntos. El equipo sigue instalado en un fútbol deprimido y decadente.

Hace ya semanas que al Real Zaragoza no se le mira según sus victorias, su estilo de juego o propuesta futbolística, sino bajo el prisma de un pío pragmatismo. Es el último asidero donde uno puede agarrarse. Allí, en ese anclaje, cabe permanecer durante un tiempo. El empate en Riazor incluso podría servir para seguir agarrado a esa tesis de consuelo. El Zaragoza ocupa el décimo lugar en la tabla clasificatoria, el mismo del que partió antes de iniciarse la jornada. .

Sin embargo, este no fue el empate logrado frente al Espayol hace una semana en La Romareda. Tuvo otras características, otra naturaleza. Las tablas que se dieron en el partido frente al Deportivo llevan aparejados mensajes que es conveniente atender. El primero de todos, sin duda, es la cercanía a un terreno que aquí se erige en cuestión casi tabú: el descenso. Las posiciones más comprometidas y calientes de la tabla clasificatoria se han quedado a la distancia que marca una victoria, a solo tres puntos.

Naturalmente, nadie siente comodidad alguna en la toma de esa medida. Nadie. Hasta en cierto modo resulta aberrante. Es, en todo caso, un disgusto y una mirada que nunca se hubiera querido echar. Pero al final de todo es la medida última con la que hay que quedarse, y no conviene desatender la realidad que bajo ella subyace.

El fútbol del Real Zaragoza, contemplado en su globalidad, sigue manifestando debilidades evidentes. Su juego decandente raya la frontera de la depresión. Un Deportivo de La Coruña de justos recursos y ninguna individualidad sobresaliente lo dominó durante demasiados minutos de la segunda mitad. El contexto que rodea a este empate muestra tendencias o líneas de fondo preocupantes. Hace seis jornadas que el Real Zaragoza no gana en Liga, ha sumado tres puntos de dieciocho posibles, sigue entregando a los rivales las ventajas que consigue y cada domingo que pasa se aproxima más a la necesidad de tomar decisiones traumáticas por parte del Consejo de Administración. En una situación inamaginable a principio de campaña, Víctor Fernández dirige a su equipo en un entredicho. .

De la íntima soledad que produce este tipo de circunstancias se dio una buena muestra este fin de semana pasado, en la concentración del Real Zaragoza en La Coruña. Silencio generalizado. Escasas conversaciones. Soledad buscada por la casi totalidad de los protagonistas del Real Zaragoza. Tanto en el aeropuerto, como el en avión, como en el hotel y en el resto de actividades habituales en un desplazamiento. Cualquiera puede pensar que es normal, dadas las circunstancias que concurren en el equipo aragonés en estos momentos. Pero este viaje ha presentado matices que le diferencian claramente de lo anterior.

Llamó la atención el aislamiento de Víctor Fernández. El técnico ha vivido un fin de semana en solitario. Sin Bandrés al frente de la expedición por motivos particulares, fueron el consejero Melero, el director deportivo Pardeza y el secretario general Checa quienes encabezaron el grupo. Ninguno se centró en estar junto a los profesionales en las horas previas al choque. Ni cenaron con el equipo el sábado a la llegada a la capital coruñesa, ni desayunaron en el comedor privado de la plantilla ayer por la mañana, ni comieron posteriormente en el hotel. Pardeza, a quien más le correspondería por su cargo ese rol de cercanía con los protagonistas deportivos de esta película, esta vez no adoptó una posición de tutela del equipo.

Resultó algo singular observar a Víctor Fernández solo (apenas Juliá y el doctor Villanueva estuvieron con él en esas dos horas) viendo el Valencia-Barça en la cafetería del hotel María Pita el sábado por la noche tras la cena. Una imagen inédita en el último año y medio.

Los jugadores, por su parte, fueron más invisibles que nunca. Su permanencia en las habitaciones fue más duradera que en cualquiera de los viajes precedentes. No solo las caras largas y el aire huidizo de la mayoría llamó la atención. También su escasa exposición a la vista de la Prensa y de los aficionados que llegaron a La Coruña para hacer turismo de fin de semana y ver en directo el partido de su equipo del alma.

Entre las cuatro paredes del hotel María Pita, en las orillas de la playa de Orzán, frente al campo de Riazor, el termómetro del ambiente que se respira en el Real Zaragoza en estos duros momentos de la temporada alcanzó su cota más baja de temperatura. El ánimo está tocado, como hacía días que no sucedía. Los rostros, las actitudes, los modos de actuar, son siempre señales evidentes.
Publicado por MartinHernandez @ 7:48  | Real Zaragoza
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