domingo, 23 de diciembre de 2007
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El mejor Real Zaragoza se desploma en la recta final por inmadurez y desperdicia un 2-0.

Da la impresión de que el Real Zaragoza no ganará nunca. Que da igual lo bien que lo haga, la dosis de reaños y coraje que le ponga, las ocasiones que cree, el juego que despliegue o los merecimientos adquiridos. Ayer, el equipo aragonés lo hizo todo para llevarse el triunfo y a fe que debió lograrlo ante un Valencia cadavérico que está para sopitas, orinal y a la cama. Pero esa asombrosa inseguridad, esa maldita fragilidad anímica que convierte seis minutos en una eternidad en el infierno, volvió a castigar al Zaragoza privándole de lo que más quiere: esa victoria que nunca llega, ese grito de ganador que no se oye. Maldito miedo capaz de transformar lo mejor en lo de siempre. Acaba el 2007. Menos mal.

El Valencia mintió al principio transmitiendo cierta valentía. Baraja y el joven Montoro trataron de imprimir al partido el ritmo que más interesaba a los levantinos, amparados siempre en los costados. Un disparo lejano de Montoro y un remate alto de Marchena antes de los primeros cinco minutos evidenciaron que el Valencia había salido algo más conectado, aunque Zapater, ayer en la derecha, probó fortuna desde la frontal con idéntico resultado al obtenido por los ensayos valencianistas.

Pero el tanteo duró poco. El panorama cambió en dos minutos, los que transcurrieron desde que el Valencia reclamó penalti por mano de Ayala a la pena máxima que sí señaló Paradas Romero por claro derribo de Mora a Oliveira, al que Sergio García había dejado enfilado hacia el marco rival. Diego no falló, anotó el gol 2.500 en la historia del Real Zaragoza en Primera, sumó su cuarta semana consecutiva marcando y, como es costumbre, puso en ventaja al equipo aragonés. El reto, una vez más, consistía en hacerla valer y conservarla como oro en paño. Pero no todo podía ser bonito, para variar. Antes de que Diego ejecutase el lanzamiento desde los once metros, César había abandonado el campo lesionado. Por primera vez en la Liga, la portería zaragocista quedaba en manos de López Vallejo, cuya primera acción fue aplaudir el gol de su compañero.

Casi sin querer, pero a golpe de riñón y rasmia, el Zaragoza mandaba ante un Valencia desconocido que acusó el tanto como si fuera una puñalada trapera. El equipo de Koeman se descompuso, comenzó a preguntarse por el sentido de la vida y recordó la peor versión de ese Zaragoza que suele venirse abajo al primer golpe. Se instaló en el fatalismo el Valencia, que tenía al verdugo en casa. Mora, que disputaba su segundo encuentro de Liga en los últimos tres años, introdujo en su propio marco un centro de Sergio García, el más bullicioso de los locales. La Romareda no se lo creía, Víctor respiraba y su equipo derrochaba compromiso y sacrificio. Así los quiere Dios y todo el mundo.

La fiebre del Valencia era más alta, su rostro más pachucho y su corazón mucho más débil que el de un Zaragoza resucitado. Los únicos pitos que se escucharon en La Romareda tuvieron como destinatario a Paradas Romero, uno de los peores colegiados que han pasado por la capital aragonesa en los últimos años. Entre él y el auxiliar se sacaron de la manga una falta de Oliveira a Marchena para anular un golazo del brasileño, que había mandado a la red de forma legal un centro preciso de Diogo al filo del descanso. La incomprensible decisión arbitral dejaba al Valencia con un hilo de vida y obligaba al Zaragoza a escapar de la relajación para conservar un triunfo vital.

Koeman, que luego sería expulsado por dirigirse al árbitro, recurrió al gigantón Zigic para apostar por el juego directo. Mientras, el Zaragoza parecía, por fin, manejar los ritmos. Pausado y a la contra, el conjunto aragonés no pasaba apuros. O eso parecía. Y llegó el caos. El de siempre, ese maldito desbarajuste anímico que da al traste con todo lo que tanto ha costado ganar. A falta de un cuarto de hora, el Valencia volvía al mundo de los vivos y Zigic remató a la escuadra un centro de Arizmendi. Se hizo el canguelo y Silva, seis minutos después, empató. Y pudo ser peor. Porque Joaquín rozó el gol en el 90. No hubiese sido justo. Tampoco lo fue el empate. Quien sabe... quizá algún día gane el Zaragoza. Y deje de tener miedo.
Publicado por MartinHernandez @ 12:21  | Real Zaragoza
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