viernes, 04 de enero de 2008
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Un gol de Sergio García en el tiempo de prolongación hizo posible una remontada que se complicó en el minuto 16 cuando el Pontevedra marcó gracias a un penalti inexistente.

Fue como la típica canasta de la NBA sobre la bocina. Sergio García firmó una remontada que parecía imposible. La piña de los jugadores festejando el pase olía a bálsamo resucitador. El Zaragoza no convenció, pero venció y mañana estará en el sorteo. Después de dos meses viviendo entre desgracias, la Copa del Rey trajo la primera pequeña alegría de la temporada. El Pontevedra vino con la soga, Rubinós Pérez la anudó al cuello del león zaragocista en el minuto 16 y, cuando más apretaba, llegó el gol de Sergio García. Sólo el equipo tenía esperanza, se mostró igual de irregular que siempre, encajó un gol y sufrió con un Segunda B. Pero se ganó, que ya era hora, y ahora el equipo tratará de situarse en la normalidad. Por fin hubo premio. Menos mal.

El Zaragoza entró en el partido como debía. Los de Víctor Fernández salieron a buscar el primer gol rápido y se encontraron con un Pontevedra más adelantado de lo previsto en un principio. Hubo llegadas claras al aprovechar los metros que dejaba el conjunto gallego y Oliveira y Diego Milito tuvieron ocasiones claras para marcar. Sin embargo, la cosa se torció muy pronto. Los gallegos empujaron un poco y provocaron tres saques de esquina consecutivos. En uno de ellos, Rubinós Pérez señaló una pena máxima muy dudosa en una caída de Turiel entre Sergio y Ayala. El ariete visitante aprovechó el regalo y puso la eliminatoria cuesta arriba. El revés noqueó a los zaragocistas y el mismo futbolista tuvo el segundo en sus botas. Reaccionaron los aragoneses, pero la noche no iba ni con Milito, ni con Oliveira. Los dos delanteros más en forma del fútbol español se habían dejado la pólvora en casa y desaprovecharon las oportunidades que tuvieron ante Saizar. La noticia caía como una losa porque la aportación de ambos arietes era vital para superar la eliminatoria. Y ayer, no estaban finos.

El Pontevedra leyó bien el choque, replegó sus líneas y esperó al Zaragoza. Lo hacía tocando bien, sin perder la compostura, con la tranquilidad que se le debía presumir al equipo de mayor categoría. Cabía esperar un gol zaragocista antes del descanso, pero fue imposible. La misión era más complicada que nunca. Tres goles en 45 minutos para un equipo que no parecía capaz de conseguirlo. Ni eso, ni no encajar otro. La defensa seguía exhibiendo el bajo nivel que está marcando la temporada, el centro del campo no conseguía coger el timón del juego y los delanteros no tenían su noche. Malas señales para soñar con una noche épica, con una remontada salvadora, con la resurrección de un equipo muerto, muy muerto...

Víctor Fernández movió el banquillo en el descanso. Salieron Aimar y Gabi por Diogo y Luccin. Un defensa menos, un centrocampista más y dibujo a la desesperada. La primera jugada de peligro que elaboró el Zaragoza supuso un penalti sobre Diego Milito. El ‘Príncipe’ marcó y abrió una puerta a la esperanza. Había que abrir todavía dos más. Los jugadores tenían la llave. No estaba muy bien el encuentro porque el Zaragoza tampoco era capaz de embotellar con su fútbol al Pontevedra. Sin embargo, el conjunto gallego estaba muerto físicamente y los de Víctor tenían que aprovechar ese momento. Fruto de ese lógico acoso llegaría el segundo gol en una acción típica de Oliveira. El público soñaba de nuevo y se besaba las medallas encomendándose a todo lo encomendable. Pero el partido sufrió un cortocircuito. El Pontevedra se rehizo bien y daba la sensación de que su entrenador les había grabado en la frente las consignas a seguir: seguir ordenados pasara lo que pasara en el partido.

La última fase del choque se resume en un par de flashes inolvidables. El primero de ellos es la tablilla del cuarto árbitro señalando los cinco minutos de descuento. Después, la memoria te lleva directamente a la jugada del éxtasis. Gabi Fernández era el único de toda La Romareda que tenía fe en llegar a un globo que partía desde la defensa. El madrileño corrió con potencia, ganó esa pelota y dejaba tirados a los dos centrales gallegos. El centro al segundo palo parecía también un pelín corto, pero otro creyente, Sergio García, se lanzó en plancha, alargó su cuerpo y cabeceó a la red. Se obró el milagro.
Publicado por MartinHernandez @ 10:07  | Real Zaragoza
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