El Zaragoza fue mejor que el líder durante casi una hora del partido, pero falló varios goles cantados. En los últimos 25 minutos, el Madrid resucitó gracias a su portero y a Guti, y marcó los tantos decisivos.
Increíble, lamentable, decepcionante a más no poder. Parece mentira que el Real Zaragoza no fuese capaz anoche de ganar este dificilísimo partido frente al líder en su propio estadio. No empatarlo, no. Ganarlo con todas las de la ley y con un marcador amplio, nada ajustado. Lo tuvo en la mano, pudo hacerlo por juego, oportunidades y presencia en una buena parte del choque. Pero una letal y decisiva falta de pegada ante el gol en todos sus rematadores en las múltiples ocasiones que tuvo para marcar, las grandiosas paradas de un Iker Casillas en estado de gracia y, por último, la aparición en el campo de Guti a falta de 35 minutos para terminar el lance, balancearon el marcador en última instancia hacia el lado del más poderoso, del único equipo de la Liga que es ahora mismo capaz de ganar aun jugando mal durante más de medio partido: el Real Madrid de Bernd Schuster.
De entrada, el duelo comenzó con su formato más previsible: el Madrid fue dueño del balón de manera aplastante durante los primeros 17 minutos (exactamente 17), con el Zaragoza metido atrás, obsesionado en mantener el orden táctico y con no dejar un solo espacio para las entradas desde la banda y en diagonal de los puntas y medios merengues. Había que atar en corto a los Robinho, Raúl, Baptista, Sneijder, Ramos o Marcelo. Y, aunque en algunas acciones rápidas el Madrid pareció que iba a ser el rival gigante del Camp Nou, la verdad es que el Zaragoza toreó bien en esos minutos de tanteo inicial. Fueron instantes feos, muy tácticos, que advertían de un espectáculo poco brillante, pero efectivo, para los intereses de los de Víctor Fernández.
El Zaragoza apenas pisó el área local en esa fase porque, enseguida, todos sus hombres perdían los balones en el segundo o tercer toque. Pero, por el contrario, el Madrid no encontró huecos para generar ocasiones claras de gol. En esa espesura sin rostro, solo un chut alto desde el borde del área de Van Nistelrooy y un cabezazo de Baptista tras una falta (17´) que paró López Vallejo, se pudieron catalogar como opciones de peligro.
El minuto mágico
Y, de repente, llegó ese mágico minuto para el Zaragoza, coincidiendo con la lesión del central madridista Heinze, su sustitucion por Torres y la recolocación de Sergio Ramos en el eje de la zaga. En ese instante, fue como si el campo se inclinase en pendiente hacia la portería de Casillas. Los aragoneses, desperezados por un hada invisible, pasaron a dominar con claridad el ritmo del encuentro y a llegar constantemente al área blanca.
El Madrid echó en falta las subidas por la banda de Ramos (aunque Torres tuvo, en una de ellas en el minuto 23, la ocasión más clara de todo el primer tiempo) y el equipo zaragocista se dio cuenta de que, si iba arriba con convencimiento, era capaz de hacer daño a un rival que, inequívocamente, ayer no tenía su día más inspirado, ni individual, ni colectivamente.
Un gol anulado a Oliveira, por un fuera de juego que señaló Rafa Guerrero, y un mano a mano que el genial Casillas le sacó a Milito, fueron las dos jugadas más claras para que el equipo de Víctor se adelantara en el tanteador. Pero hubo más llegadas con pólvora de la buena. Sergio García hizo lucirse al ágil portero madrileño en dos disparos secos desde la frontal del área y Milito, de cabeza, pudo anotar en posición forzada a la salida de un córner. El público del Bernabéu terminó pitando a su equipo, al líder destacado de la Liga, ante la evidente inferioridad que manifestó durante casi media hora antes del descanso delante del Zaragoza más serio de la temporada fuera de casa.
Durante el cuarto de hora del descanso, muchos zaragocistas pudieron ya sentir en silencio el temor clásico que surge en este tipo de partidos. Esa conclusión negativa que sugieren los duelos donde, siendo mejor que uno de los grandes, no eres capaz de matarlos cuando el fútbol te pone propicias las condiciones. Por si ese escalofrío histórico no hubiera sido para algunos lo suficientemente amedrentador, el comienzo el segundo tiempo lo agudizó en su intensidad.
La sospecha...
En el primer cuarto de hora de la reanudación, el Zaragoza mandó de cabo a rabo y erró tres goles cantados. En el primero, Casillas respondió decisivamente a un chut mortal de Zapater que iba adentro. Poco después, el arquero internacional sacó a una mano, a dos metros de la línea de meta, un cabezazo de Diogo tras una falta. Y, como colofón a la ceguera goleadora que anoche apuntilló al Zaragoza en su meritorio partido ante el mejor conjunto del campeonato, Oliveira estrelló en el palo un mano a mano ante el portero merengue.
Ahí, en esa acción, tomó cuerpo la sospecha del descanso. "En la primera que tengan los madridistas, marcarán el 1-0", fue la frase que se oyó en voz alta en muchos corrillos del atónito zaragocismo. Es la fuerza de la historia, el calvario de este estadio.
Con Guti revolucionando el cansino juego local desde su entrada al campo, surgió una jugada de Robinho que provocó el gol de Van Nistelrooy y, con él, el derrumbe aragonés. Llegó el segundo y pudo venir el tercero. Ya daba igual. El Zaragoza fue mejor durante 50 minutos, tuvo ocho ocasiones de gol, pero no metió ninguna. El Madrid, con cuatro arremetidas, ganó con solvencia.