
El Zaragoza lleva cuatro partidos seguidos perdiendo y, con Jabo Irureta, solo ha sumado 4 de 18 puntos.
Un mes entero sin ganar. Cuatro duras semanas sin añadir ni un solo punto al escaso saldo que posee el Real Zaragoza en este calvario de Liga que está protagonizando y viviendo la institución, sus profesionales y, sobre, todo, la afición aragonesa. No hay ser humano que aguante un mes sin comer ni beber, del mismo modo que hay escasos equipos de fútbol, metidos en problemas clasificatorios con anterioridad, que soporten cuatro semanas sin puntuar. Comer y puntuar, en el deporte del balompié, son sinónimos. Y el Zaragoza de Irureta, inequívocamente, presenta por ello serios síntomas de inanición.
El balance de los últimos 29 días no puede ser peor. Es matemáticamente imposible: 0 puntos de los últimos 12 disputados. Nada de nada. No hay quien lo supere ni fórmula algebraica que lo permita porque, en el fútbol, no hay puntos negativos. Lo peor, lo más bajo, es cero. Y ese es el bagaje que el equipo blanquillo porta en su alforja en los cuatro últimos choques ligueros que ha jugado. Que son cuatro de los seis que Javier Iruretagoyena lleva como máximo responsable técnico del equipo zaragocista. Más de la mitad.
El cuadro blanquillo camina de mal en peor, derrota tras derrota sin poder salir de los 29 puntos que se alcanzaron el 3 de febrero cuando un gol de Oliveira sirvió para vencer apuradamente al débil Athletic de Bilbao. Ahí, por el momento, se termina el aliento del Zaragoza. Desde ese día, el equipo ha entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) dado el lamentable aspecto que presenta su salud deportiva (la otra lleva otro tipo de tratamiento).
Los monitores que, desde hace muchos meses, vigilan el ritmo ventricular del discurrir por la Liga de este caótico Real Zaragoza de 2007-08, indicaron en ese momento una parada cardiaca de la que no consigue venirse arriba. El equipo está inánime. Sin fuerzas para mover su diafragma. Ventilado artificialmente, pero con la sensación generalizada de que se va. Que no hay manera de estabilizarlo y de que adquiera el umbral mínimo de supervivencia que requiere la gravedad de su estado.
El efecto revulsivo que pareció aportar la repentina e inesperada llegada de Javier Irureta al banquillo zaragocista - una vez se consumó la esperpéntica marcha de Ander Garitano del equipo aragonés- solo tuvo 7 días de efecto. Fue la semana que unió el empate en Santander el día de su debut frente al Racing (2-2) y la victoria en La Romareda contra el Athletic (1-0) la tarde de su estreno ante la afición blanquilla. Como, justo por delante de este par de buenos resultados, el único partido de Garitano se había saldado con el balsámico triunfo ante el Murcia (3-1) que ponía fin a la espeluznante y letal racha de 9 partidos seguidos sin ganar que se llevó por delante a Víctor Fernández, la llegada de Irureta pareció dar forma a la pretendida y añorada reacción del "gran" Zaragoza que se vendió en verano y que nunca ha aparecido durante estos últimos 7 meses.
Incluso, equidistantes en puntos del descenso y de la UEFA, camino de Pamplona se llegó a soñar con que, ganando a Osasuna en el Reyno de Navarra, el anhelo europeo todavía podía llegar a quedar a mano en la recta final del campeonato. Craso error, ilusa apreciación. Todo fue fruto del enésimo espejismo de este cruel año zaragocista. Osasuna fue, por el contrario, el principio del fin de las posibilidades continentales, si es que alguna vez las hubo. Ahí, en el viejo Sadar, el Zaragoza se ausentó del campeonato y todavía estamos esperando su regreso, antes de que el castigo final sea el descenso a Segunda División.
Porque, sin que nadie pueda entrar a discutir con una apreciación contraria, la tendencia que el equipo blanquillo inició en Navarra el 10 de febrero es mortal de necesidad. K.O. ante Osasuna (1-0); Barcelona (1-2); Sevilla (5-0); y, ayer, Levante (2-1). Cuatro partidos, cuatro resultados desastrosos. 2 goles a favor por 10 en contra. Una docena de puntos en juego -vitales para evitar problemas y vivir tranquilos- que han pasado de largo sin poder agarrar uno solo. Está claro que Irureta no logra reconducir esta nave que va a la deriva desde octubre. Él, tampoco.