domingo, 09 de marzo de 2008
                             

El Real Zaragoza remontó para ganar un partido vital en toda esta temporada. Simao adelantó al Atlético pero Pablo (en propia puerta) y Milito (de penalti) hicieron el 2-1.

A veces, solo a veces, de la necesidad surge el ingenio. La desesperación, en vez de hundir en la miseria a quien la padece, provoca decisiones suicidas que acaban saliendo bien. Ahí, en ese terreno de la histeria acompañada de imaginación, cabe ubicar la decisión de los responsables del club de extirpar a Manolo Villanova de la SD Huesca el pasado lunes para traerlo, en cuarta y última instancia, como salvador de un equipo a la deriva.

Y, con el veterano técnico al frente desde el martes, ahí cabe explicarse otra serie de detalles más secundarios pero, a la postre, vitales para cambiarle la cara a una plantilla ida y deprimida que no daba una a derechas desde hace dos meses. Así, el grupo no se concentró en el hotel el día anterior o, ayer, por primera vez en 50 años, el banquillo zaragocista fue el de la derecha de la tribuna preferente y no el de la izquierda. Un gesto accesorio en todo el entramado del partido, pero vital para que Villanova y su gente apretara como nunca al linier y generase otro punto de referencia distinto a los jugadores, señalando que algo ha cambiado o va a cambiar.

De la enorme y urgente necesidad del Real Zaragoza por salir del pozo y de las ganas del Atlético por consolidar su puesto en la Liga de Campeones surgió un excelente espectáculo. El partido salió bueno, realmente vibrante. Tanto que el descanso pareció llegar enseguida, en un abrir y cerrar de ojos.

Que veinte años...

Manolo Villanova se estrenó dos décadas después con el equipo de su vida logrando su principal objetivo: se apreció orden, intención por jugar con un patrón determinado. Ya lo creo que se vio. El problema fue que, enfrente, había un rival de envergadura que no dio respiro y ofreció dura pelea en todas las líneas, sobre todo en la de creación. La pugna entre Matuzalem (muy enchufado), Óscar, Luccin, Gabi y Diogo (que se incorporó más que en toda la temporada a zonas adelantadas) por un lado, y Cléber Santana, Raúl García, Simao y Maxi por otro, fue de alto voltaje en una corta franja de 20 metros a ambos lados de la raya divisoria del campo. Fue un choque viril, de los de verdad. Pero también con brotes de clase, con destellos de buen fútbol por ambos bandos. Un ir y venir constante, de vértigo.

Óscar firmó las dos primeras ocasiones de gol. Con dos cabezazos en los diez primeros minutos, metió al Zaragoza en el partido y advirtió que algo era diferente a lo visto en el último mes.

Pero los colchoneros respondieron con dos contragolpes que avisaron del gol que vendría luego. Forlán, de cabeza, y Maxi en una jugada de picardía, forzaron a César a sacar dos manos salvadoras in extremis antes del minuto 20 y a iniciar una noche sobresaliente del arquero que acabó siendo decisiva en el triunfo final.

Una gran noche 

El ambiente era el de las grandes noches. Con la gente volcada con el Zaragoza, olvidando los desastres de Sevilla y Valencia, el caos de temporada que están viviendo y centrándose solo en salvar a su equipo como sea del desastre del descenso.

Los jugadores blanquillos ayudaban con su actitud, con su empeño. Villanova, siempre de pie en la banda, no paró de gesticular, de pedir a sus hombres que se juntasen, que evitaran que el dibujo táctico se alargara letalmente como en épocas anteriores.

Simao, en otra contra excelente del Atlético, se inventó un golazo y encauzó el partido en el camino de la épica para el cuadro zaragocista. Hizo mucho daño ese 0-1, sobre todo porque el Zaragoza no está para subir demasiadas cuestas. Apenas tres minutos después del mazazo y con el equipo local grogui, Agüero tuvo la puntilla en un mano a mano que sacó con el cuerpo un atinado César. Algo estaba cambiando.

Un error

La fortuna, que otras veces ha sido esquiva, anoche pareció querer jugar a favor del que más lo necesitaba para sobrevivir. De ese hipotético 0-2 que falló el Kun, se pasó de inmediato a un afortunadísimo 1-1 gracias a un error en el despeje del internacional Pablo Ibáñez (un desastre toda la noche) que metió en su portería una falta lateral sacada por Gabi.

Aunque el Zaragoza tuvo más el balón, fue el Atlético el que mejores opciones de gol disfrutó. Por eso, el empate que se dio en el intermedio, supo bien a los zaragocistas, en espera de que el segundo tiempo se diese un pequeño salto de calidad que aproximara el ansiado triunfo final.

Tras el descanso, el ritmo bajó sensiblemente. Era imposible que ambas escuadran pudiesen mantener tanta electricidad en sus acciones como en la primera mitad. Hubo 20 minutos de miedos, de exceso de respeto y de conservadurismo del 1-1 que, sin ser bueno del todo para ambos, tampoco era lo peor. Solo los disparos lejanos de Forlán, Luccin y Matuzalem llevaron el balón cerca del gol.

Hasta que de la nada, y tras un cabezazo de Agüero en una falta que de nuevo César salvó a bocajarro, Sergio García (muy activo) respondió provocando un penalti de Simao que Diego Milito transformó en el 2-1 a falta de solo 18 minutos. Fue el delirio. Había ganas de celebrar algo así.
Por primera vez en la temporada, el Zaragoza remontaba un partido para ganarlo, aunque para ello tuviera que apelar a esa suerte que Villanova ha traído en su vieja mochila de sabio del fútbol. Porque suerte fue que Forlán fallase un mano a mano ante César en el minuto 83 y que en una jugada donde Agüero dribló al portero, el balón no entrase en el 86. Con Manolo, como con Garitano, hay vida. Ojalá se plasme en mayo.

Publicado por MartinHernandez @ 12:07  | Real Zaragoza
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