
El Real Zaragoza, con problemas muy serios en la clasificación, no está para que le quiten nada, ni siquiera la posibilidad de empatar un encuentro donde por primera vez esta temporada jugó de lujo, como un auténtico y señor equipo, desplegando un fútbol de tanta altura que el Villarreal voló siempre por debajo de él pese a dominar el marcador. Sí fue culpable de dos defectos, un grave despiste defensivo en el primer gol y el desperdicio de numerosas ocasiones, que pudieron conducirle a la derrota sin la necesidad de que el árbitro eligiera una tercera vía, su intervención al señalar como penalti un forcejeo entre Paredes y Capdevila. Los futbolistas iniciaron una lucha de agarrones para ganar la posición cerca del área pequeña. La libre interpretación colegial pasa casi siempre por alto estas engorrosas acciones por la dificultad para discernir con meridiana nitidez quién es el culpable y quién la víctima. Pero Álvarez Izquierdo prefirió condenar a Paredes y por extensión el enorme partido del Real Zaragoza, que contempló la decisión, legitimado moralmente para ello, como un robo a la belleza de su fútbol ahora que tiene patrón, personalidad, carácter, estilo y ambición, ahora que tanto necesita de esas virtudes reencontradas para confirmar su permanencia en Primera.
Los árbitros, como es natural, se equivocan. Ni son cuatreros, ni malas personas, ni benefician al grande (aquí, en lo del hipotético favoritismo, queda abierto un hilo para los escépticos). En ocasiones como la de ayer se equivocan sin embargo por el afán exhibicionista que acompaña a muchos de ellos. Son aficionados en un mundo hiperprofesional, desconocen muchos de los códigos íntimos de este deporte y ejercen la autoridad con tono equivocado, con cierta altivez. Con el 1-0, el conjunto de Manolo Villanova era dueño del encuentro y el empate podía o no premiar al menos su honrosa y hermosa aportación al espectáculo. Que Paredes sujetó a Capdevila... Que Capdevila se desmayó al sentir la mano en la cintura del zaragocista. Todo es posible. También, lo más probable, que no ocurriera nada de nada salvo un remolino de brazos.
DERRIBO A OLIVEIRA Lo curioso, o lacerante, es que Álvarez Izquierdo no observara mucho antes (en el minuto 5), a campo abierto, con toda la visibilidad del mundo y el 0-0 inicial. cómo Javi Venta derribaba a Oliveira para impedir el remate del brasileño. Interpretó que no había pasado nada y se quedó tan ancho. Hasta que le dio por pitar penalti a Paredes como a Juanfran le indicaron mano frente al Barça cuando la pelota le había dado en el hombro. La derrota quedó de esta forma ensuciada por la duda: ¿qué hubiera ocurrido si el árbitro hubiera aplicado un poco de sentido común? Según se desarrollaban los acontecimientos, la victoria del equipo aragonés parecía cercana aun con el gol de Nihat diciendo lo contrario. Nunca se sabrá. Eso, y una situación delicadísima en la clasificación, es lo que queda.
Algo más sí se puede rescatar de este partido adulterado, y no es poca cosa. El Real Zaragoza se salvará sin problemas porque Manolo Villanova le ha dado un barniz de tal calidad que brilla como nuevo. Si frente al Atlético se vislumbró una notable mejoría con los naturales desajustes a un novedoso sistema, ayer en El Madrigal le dio un soberano baño al Villarreal mientras le dejaron. Era tal su superioridad incluso en desventaja que la afición local recriminó con enfurecida ira la impotencia de los suyos para liberarse de un rival que se adueñó de la pelota e hizo lo que quiso con ella, salvo golear, su gran pecado para no haber dejado margen a que el error posterior del árbitro tuviera esa mayúscula trascendencia.
Empezó brioso e hizo del balón un objeto privado sin acceso para el Villarreal. El Zaragoza, impetuoso y agitado por las hélices de la ambición, se apoderó de los espacios y desplegó un amplio catálogo de combinaciones que desencajaron a la escuadra de Pellegrini. Matuzalem, Óscar y Sergio García, con Oliveira despidiendo aroma a pólvora y Luccin encendiendo la mecha por detrás de ellos, dieron un recital sin decaer lo más mínimo pese a que Nihat adelantara al Submarino en un despiste de Paredes y Ayala. Repuestos del golpe como si nada, sometieron a Diego López a un severo bombardeo, pero el portero, también vestido de negro como el árbitro, sujetó a sus compañeros con paradas para todos los gustos. Cuando no llegó, el poste le echó una mano.
Por la derecha, por la izquierda, por el centro... Las llegadas zaragocistas se sucedían sin descanso. Poco antes del penalti, Óscar, magistral hasta que sintió molestias y fue relevado, se quedó por sorpresa solo frente a Diego López, pero el meta reaccionó a tiempo para despejar su disparo. A esas nubes de ineficacia rematadora y portero en estado de gracia se unió otra más negra aún, la del colegiado. Paredes y Capdevila bailaron a lo agarrado, como pasa siempre en las concurridas fiestas del área cuando se cuelga un balón. Pero los árbitros no juegan al fútbol, por eso la mayoría señala penalti un beso en la boca y da la ley de la ventaja al ver una cabeza rodando.