lunes, 24 de marzo de 2008
                        

Ante un blando Almería, desaparecieron casi todas las virtudes que había mostrado el equipo con la llegada de Manolo Villanova. Simultáneamente, volvieron los defectos de los peores tiempos: espesura, expulsiones, lesiones y un gol postrero que evita la victoria.

¡Vaya chasco! Muda, cabizbaja, incrédula salía ayer la mayor parte de la afición zaragocista del estadio de La Romareda cuando Iturralde señaló la conclusión del partido. El postrero gol del Almería -que fraguó el empate final- consumó una decepción de enormes proporciones entre los seguidores, no solo por el propio 1-1 (que ya fue duro de digerir, cuando la perentoria victoria se tocaba con la mano), sino por el retrogusto que la globalidad del choque dejó entre el zaragocismo.

La tarde fue demoledora para quienes sueñan (soñaban, quizáGuiño que, con la llegada del cuarto entrenador de esta caótica temporada, la reconducción del equipo hacia la buena senda es aún posible en esta última docena de encuentros del calendario. En el estreno de Villanova, unánimemente ilusionante como pocos en la historia blanquilla, se ganó al potente Atlético de Madrid con casta, garra, una buena pizca de acierto, otra de suerte y un millón de ganas por parte de los futbolistas. Así, hace 15 días, de la mano del veterano técnico aragonés se abrió una nueva botella de esperanza para los miles de sufridores que siguen y aman a este desquiciado y desquiciante Real Zaragoza del curso 2007-08. Una ráfaga de optimismo que, a pesar de la derrota final por 2-0 en Villarreal la semana pasada, mantuvo firme la ilusión general gracias a la imagen desplegada en El Madrigal en algunas fases del lance. Sabido es que, en épocas de carestía, cualquier halo de luz que aparece en el oscuro túnel del día a día se agranda a través de las ansias y la necesidad.

Ya pasó hace un mes y medio con la llegada de Irureta. El vasco -el tercero de la serie- debutó empatando en Santander (donde casi se ganóGuiño y prosiguió ganando 1-0 en casa al Athletic de Bilbao tres meses después de la última vez que sucedía algo así en Zaragoza. Cuatro puntos de seis y la sensación de haber encontrado cierto equilibrio en el sistema táctico dieron motivos para soñar. Se creyó, mediante estos primeros resultados, que una rectificación defensiva como la que apadrinaba el irunés iba a ser la panacea del deslabazado grupo heredado del inicio del proyecto.

Unos días antes, con la llegada del segundo técnico de la cadena, Ander Garitano, también se había producido el mismo efecto revulsivo. En su estreno -y adiós- liguero se dio una vistosa victoria por 3-1 ante el Murcia y se rompió con una racha de más de tres meses sin catar un triunfo. El equipo reaccionó y se vieron nuevos modos e innovadoras intenciones.

Pero, por diferentes causas y con distintas resoluciones, las botellas de optimismo -altamente cargadas de gas carbónico en sus primeros días- que Garitano e Irureta simbolizaron en sus arranques acabaron esbafándose de inmediato y sin remedio alguno.

Lo de ayer ante el Almería es una clara advertencia del destino. Si no se pone remedio durante la semana y se rectifica convenientemente en el crucial duelo del domingo en Valladolid, la etapa de Villanova corre riesgos similares a las anteriores. Y es que, de repente, cuando nadie los esperaba, reaparecieron los viejos vicios, los tóxicos, los que se llevaron por delante al primero de la fila, Víctor Fernández y, después, a Irureta. Faltó combinación, hubo enorme espesura en el juego y no se llegó con fluidez al área rival. Regresaron fantasmas conocidos: una nociva expulsión, una inoportuna lesión de una pieza clave y, sobre todo, la pérdida de la ventaja ganadora en los últimos instantes. No se vio la intensidad que los jugadores imprimieron ante Atlético y Villarreal. Para ser una final a vida o muerte, faltaron muchas cosas. Como en otros tiempos.


Publicado por MartinHernandez @ 10:21  | Real Zaragoza
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios