domingo, 31 de agosto de 2008
                     

El Zaragoza hace el ridículo defensivo y pide a gritos una urgente relectura como equipo.

Se había puesto en el boletín oficial del club, en la plaza mayor, que el Real Zaragoza llegaba al debut con lo justo, multimillonario de nóminas pero física y estructuralmente aún sin cuajo competitivo. Marcelino, el entrenador, se encargó de colgar ese anunció bien alto, como la cabeza de los decapitados, para que todo el mundo percibiera que sus muchachos necesitan al menos un par de meses más para ponerse a tope y cogerle la medida a esta latosa categoría en la que hay que jugar para subir a Primera División. No es tan sencillo. En una cosa tiene razón el entrenador cuando subraya con gruesa insistencia que la plantilla está por hacer, que le faltan condimentos fundamentales para tener sabor a algo, pero el tiempo que se concede a sí mismo para cocinar algo lo marcan las agujas de la irrealidad porque en el puchero hay muy poca sustancia.

Ni en dos siglos conseguirá el preparador darle a este grupo formato de favorito para el ascenso. Lo demostaron los futbolistas que hicieron el ridículo en el Ciudad de Valencia y lo patentó el Levante, una escuadra tierna, casi sin apellidos y barata por las penurias económicas que le acechan: chuleó a su rival desde la modestia, la honradez y el mínimo exigible de juego, y ganó porque enfrente la decadencia corroe a un sistema defensivo viejo, obsoleto y permebale a cualquier amenaza. Sopla una ligera brisa y se lo lleva con la furia de un ciclón.

 

SIN CURA INMEDIATA. Marcelino y el cuerpo técnico que lidera no pueden dedicarse solo a reparar este artículo roto apelando al trabajo, ni ponerle fecha de cura, porque no la tiene salgo que el club relea con sincera mirada los graves problemas que pueden condenar al Real Zaragoza a sufrir dolorosas humillaciones como la de ayer e incluso a descolgarse de la lucha de su único e innegociable objetivo, el regreso a la élite. Con lo que tenía puesto, que era poco, el Levante se burló cuando quiso de una retaguardia que está para irse los fines de semana de senderismo. Duele, y mucho, que iconos como Ayala, un gran señor en otra época, cometa errores de central mediocre. Lo sentimos, pero se fugó su gloria a lomos de la edad y no está ni para el banquillo.

Sergio Fernández le acompañó de la mano por el filo del abismo y también en la caída. Otro buen defensor que pide por lo menos la salida de la titularidad, una adiós progresivo más digno. Esa anacrónica sociedad, flanqueda por un Herrero ingenuo hasta la médula y un Paredes que no va ni viene en sus viajes laterales, fueron el hazmerreír, despiendo un aroma insoportable a naftalina. Geijo, la única perla local que se ha quedado tras la ruina, es un ariete interesante que ascendió a capitán general ante el rosario de errores de sus supuestos marcadores. Ganó la espalda siempre que se lo propuso a una defensa con la zancada de tortuga y se dio un festín de habilidades. En el primer gol se fue de Sergio como quien se despide de un vagón en una vía muerta.


Publicado por MartinHernandez @ 15:29  | Real Zaragoza
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