
El Real Zaragoza no tiene facciones, ni huella digital, ni señal alguna de identidad para reconocerse a sí mismo ni para simpatizar con su afición. Pretendía ser anoche un equipo diferente o por lo menos un equipo, hallar en sus nuevas incorporaciones --Pignol, Pulido y Caffa-- razones sólidas para comenzar una nueva era después de la humillante derrota frente al Levante en la Liga, después de un verano plomizo e inútil de puro mercadeo. No lo consiguió y además se despidió de la Copa hecho un auténtico trapo físico y táctico, con sus jugadores perseguidos por la típica histeria posicional y colectiva de los conjuntos menores con el marcador en contra.
Pulido de mediocentro, Sergio Fernández de delantero centro, Caffa y Ewerthon de... vaya usted a saber dónde va la pelota. Todo el mundo inmerso en esa bacanal masiva que produce la pérdida del sentido de la orientación e incluso del decoro. Marcelino colaboró también lo suyo en el desmadre, afectado por la exquisita y siempre valiente Real Sociedad e incapaz de encontrar un jerarca entre la tropa de soldados rasos que capitanea. Posiblemente porque no lo tiene aunque presuma de plantilla.
Que no estuvieran en Anoeta Oliveira, Jorge López o Braulio mermó la capacidad de maniobra del técnico, pero no es ése el problema ni la causa de la eliminación. El Real Zaragoza va de guapo pero carece de rostro, si acaso se le adivina una mueca deforme de perdedor. Los futbolistas se miran unos a otros y no saben a qué jugar, y los defectos se amontonan sin dejar rastro alguno para un futuro más optimista.
Hermético, muy junto y agresivo, en la primera parte se presentó erguido, firme y ofreciendo cierta mejora defensiva pese a que Marcos pusiera a prueba los guantes de López Vallejo en un mano a mano con el portero. Pulido y Pignol tenían presencia, y Caffa amagaba con regates y profundidad por la banda izquierda. Hasta de una oportunidad inmejorable gozó el Zaragoza en ese tiempo de resistencia y contragolpe, pero Ewerthon se ha divorciado del gol: se quedó frente al bisoño meta local y le disparó al cuerpo.
ROMÁNTICO LILLO Lillo va con la cruz de Cracovia al hombro, y le recuerdan en Zaragoza por el desastre ante el Wisla en la Copa de la UEFA. No ha aprendido nada y sigue siendo un romántico excesivo, un tipo que intenta que todos sus equipos, disponga o no de material de primera, jueguen un fútbol de salón. La Real comenzó y acabó el encuentro con tres centrales, cinco centrocampistas y casi tres delanteros. Si le coge un rival con el colmillo más afilado, se lo lleva por la yugular al cuadro donostiarra. El Real Zaragoza, sin embargo, tiene todavía los dientes de leche y muchas caries, por lo que nunca pudo morder con semejante dentadura. Masticó un fútbol espeso, horizontal y aburrido. Muy correcto para frenar al adversario pero frenado de intenciones atacantes y con un centro del campo obeso. Zapater y Generelo intercambiaron puestos para mareo y desconcierto de ambos, Hidalgo pasó por el partido en un envoltorio invisible y Caffa se detuvo en las promesas.
Quedaba la defensa como bastión, sin Ayala ni Sergio Fernández, con Pulido y Pavón. Hay cosas que no cambian, y la ingenuidad atrás es marca de la casa. Un balón al territorio de los centrales lo recogió Marcos y se orientó hacia López Vallejo con una autopista por delante despejada. Eligió el sabor y el olor del gol, con Pulido y Pavón preguntándose si tú o yo. Fue él.
El gol descompuso al Real Zaragoza y descubrió por enésima vez a un grupo sin carácter, sin genio, pisoteado por la Real Sociedad, que siguió agrediéndole con toques, combinaciones cortas y llegadas muy amenazadoras al área. Marcelino sacó al campo a Sergio Fernández, mandó a la ducha a Hidalgo, colocó a Pulido de pivote junto a Zapater y envió a Caffa al lado de Ewerthon. En ese manicomio, el Real Zaragoza corrió con la cabeza bajo el hombro, y nadie halló una camisa de fuerza para la talla de su locura.
Da miedo este equipo sin rostro con cara de perdedor. La Copa, con todo el cariño histórico que le profesa, huyó aterrorizada de él.