
El primer titular de esta crónica era `Las penas con pan son menos penas´. Venía a resumir que el Zaragoza seguía siendo eso, una pena, pero que dos goles de Ewerthon habían conseguido poner en órbita a un grupo destartalado, reñido con el balón y con menos fútbol que una sartén. Después servidor iba a glosar las virtudes del brasileño (velocidad, intuición, gol) haciendo la vista gorda a las carencias del resto de los muchachos y optando por vivir en la alegría de la victoria. En cuanto Marcos hizo el 2-1, las letras que leen ahí arriba eran el principio del Padre Nuestro, mitad porque lo del ascenso es por ahora una utopía y la otra mitad por no caer en el catastrofismo de quien mira hacia abajo. Al final les dejo la verdad: un goleador no puede ganar solo y sin defensa. Es la verdad. Triste, pero verdad.
Ahora nos dirán que mantengamos la fe. Y vale. Bien. Dos partidos son demasiado pocos como para flagelarse. Pero ya me dirán. Si el todopoderoso Zaragoza es incapaz de mantener en casa un 2-0 conseguido en los primeros diez minutos ante un rival que en vez de la Real parecía el flan Dhul, ya me contarán cómo hacemos para ser positivos. Para vestir bonita la fea realidad.
No había pasado ni un minuto cuando a Castillo le bebió la leche el gato y permitió a Arizmendi regalarle medio gol a Ewerthon. Y no habían pasado ni diez cuando los centrales de la Real podían haber sido los del Zaragoza y se despistaron para permitir al brasileño hacer el 2-0. 2-0, amigos. La felicidad. Y un partido por delante con la gente cantando. Cosa hecha. ¿Cosa hecha? Ja.
¿Qué pasó? Pues sencilla y llanamente que los goles apenas eran una mano de pintura para el descorchado que es el Zaragoza. Encima se lesionó Oliveira, y el caso es que a partir de ahí todo fue una ruina (no por no estar el brasileño, sino porque cambió el sentido del partido).
Hasta entonces, y amparado por un marcador favorable, el Zaragoza se pareció algo a la modernidad esa que dice Marcelino. Presionó muy arriba, tuvo a la Real contra las cuerdas y acumuló varias ocasiones para despegarse más en el marcador. Pero ni hizo eso ni por supuesto jugó al fútbol, por más que Jorge López dibujara algún atisbo del futbolista que parece. Y la Real, chino, chano, se fue creyendo que podía aspirar a hacer algo en un partido que había tirado en diez minutos. No pasaba nada. El Zaragoza iba a tirar los ochenta restantes.
Sobre todo después del descanso. En realidad, el Zaragoza apañadito y con la fuerte pegada de uno de sus delanteros dejó su espíritu en la caseta. Tanto, que a los diez minutos todo el mundo se dio cuenta de que empezaba el principio del fin. Bueno, todo el mundo no, porque entonces Marcelino hubiera retocado un centro del campo en el que Generelo y Zapater eran un agujero de grandes dimensiones.
Pronto pareció que la Real iba a marcar. Y marcó. Fue Marcos en una jugada embarullada en la que ningún defensa acudió al rescate, López Vallejo se resbaló primero, puso la mano `blandiblú´ después y dejó que marcara Marcos. Y pronto pareció que la Real iba a empatar, por más que Ewerthon, en una arrancada de las suyas, estrellara el 3-1 en el larguero. Y la Real empató. Y si no ganó fue porque Dios es bueno. O porque no se lo propuso mucho.
En los doce minutos que comprendieron el gol del empate y el final del partido, La Romareda, a la que pronto se le ha pedido su apoyo incondicional, se pudo dar cuenta de lo que tiene entre manos. Tiene a un grupo de fabulosos delanteros atado a un inexistente sistema defensivo. Tiene a un equipo que, y no es tocar las narices, hace lo mismo del año pasado: atacar medianamente bien y defender horrible. Y tiene a su técnico algo confundido.
El ascenso no está en que la gente anime. Ni tampoco en que la Prensa aplauda. El ascenso está en jugar al fútbol y conseguir que alguien defienda. No miren alrededor. Miren al interior. Que los de afuera somos de palo.vvvv