domingo, 19 de octubre de 2008
                         

El poder ofensivo del Zaragoza explota en todo su esplendor ante un rival bisoño.

El Real Zaragoza habla dos lenguajes muy distintos. La defensa utiliza el esperanto en su versión más esperpéntica y la delantera y jugadores de segunda línea dominan a la perfección el idioma del ataque. Ayer, en la primera victoria a domicilio desde que, más o menos, se inventara la rueda, el conjunto aragonés trituró a su bisoño adversario con medio equipo: los de arriba se encargaron otra vez de disimular con una goleada que el Real Zaragoza juega amputado, con una línea de atrás que vive en permanente angustia con sus tics cómicos. Cada vez que la pelota cae al área, el pánico se apodera de todos, que se quedan atornillados a la hierba si la amenaza es aérea, y los despejes se hacen con el muñón o con la espinillera.

López Vallejo, dubitativo al principio y clave en la parada de un penalti al borde del descanso que podría haber dado alas al Sevilla Atlético pese a la desventaja ya del 0-2, acabó por segunda vez esta temporada sin tener que acudir a recoger un balón dentro de su portería. No lo hicieron feliz sus guardianes, ni mucho menos, sino esa escuadrón de bombarderos que lidera con diferencia y suficiencia Ricardo Oliveira. El brasileño destaca en casi todos los partidos por su tamaño futbolístico, gigante para esta categoría, pero en el Sánchez Pizjuán su aportación fue ciclópea. Marcó dos tantos como si nada y dio una elegante asistencia a Gabi. Tituló con su actuación el volumen del triunfo: "Campeón del mundo de boxeo da un tortazo a un niño". No hubo denuncia alguna. Todo lo contrario. El escaso público sevillano aplaudió al ariete.

En la primera aproximación, que tardó lo suyo en llegar, gol; en la segunda, gol... Ni centro del campo ni transiciones ni gaitas. Para qué, se dice Marcelino y cumplen con marcial disciplina sus muchachos. Ese par de goles de gracia se gestaron al contragolpe, el primero con una triangulación exquisita entre Braulio, Arizmendi y Oli. El Sevilla Atlético, que respondió al clásico perfil de los filiales, grupos de animosos chavales con mucho atrevimiento y una sobredosis de ingenuidad, apenas estorbó. Solo Perotti, habilidoso volante derecho argentino, inquietó. El chico, eso sí, envió a Pavón, Pareres y Pignol y a sus cinturas al fisioterapeuta con un elegante serial de regates sin más premio que el adorno. Hubo un momento fronterizo, sin exagerar, que pudo haberle dado a la cita otro sabor. Pignol, que en los cruces utiliza neumáticos sin dibujo, se llevó por delante a todo el Sevilla Atlético dentro del área. El penalti lo detuvo López Vallejo al filo del descanso, y al regresar de él, Arizmendi, por fin en un encuentro redondo, rubricó de cabeza un centro dulce de Braulio. Con el 0-3 hasta el Pentágono tuvo la tentación de contratar al paquete completo de defensas para aumentar su seguridad. Los andaluces descubrieron que los Reyes Magos no son los padres y se les rompió el alma, y el Real Zaragoza, con espacios y el apetito abiertos, engordó el marcador con la segunda diana del insaciable Oliveira.

Un triunfo a domicilio... ¡Por 0-4! El valor de los puntos, siempre ingente sea ante un enemigo maduro o verde, y lo demoledor del resultado no admiten discusión porque asientan al conjunto aragonés en la parte alta de la tabla, que para eso ha venido a Segunda División. El estilo Marcelino, eficaz y rotundo, se hace cada vez más reconocible por su sencillez. En realidad el juego del equipo tiene mucho de su personalidad, carente de dobleces y lo más directa posible. Otra cuestión bien distinta es dejarse deslumbrar por los focos de una espectacular victoria. El Real Zaragoza continúa con defectos de envergadura. Ayer, en un día espléndido para la vista, volvió a confirmar su astigmatismo defensivo. No pasó nada porque Oliveira y sus fusileros apuntan a matar siempre aunque en la rama se pose un ruiseñor.


Publicado por MartinHernandez @ 13:01  | Real Zaragoza
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