
Quizá Tarragona fue el principio de todo. Allí, el Zaragoza mejoró y convirtió un empate en un punto y aparte. Pero aquella progresión hubiese supuesto poca cosa sin la pertinente confirmación. Ayer, el Zaragoza mantuvo el nivel y eso ha de interpretarse como una buena noticia. Hubo presión, intensidad, velocidad y solidaridad, palabras mágicas en el manual de estilo de Marcelino y que esconden, según el asturiano, el secreto del éxito.
Ganó el Zaragoza y lo hizo cómodamente. Como debe ser. Es lo que tiene la superioridad sobre el resto, que obliga a vencer al adversario menor y a no darle opción en casa. Y el Zaragoza cumplió, aunque, eso sí, respaldado por un gol tempranero que lo hizo todo mucho más fácil. Porque todo empezó muy pronto. De nuevo, y ya van unas cuantas veces a lo largo de la temporada, el Zaragoza aprovechaba la primera que tenía para ponerse por delante en el marcador. Zapater inició la jugada del primer gol. El ejeano robó en la medular y contactó enseguida con Oliveira para que éste buscara en profundidad a Ewerthon. Lo demás fue coser y cantar para el brasileño. Presión, robo, velocidad y pegada. El manual de instrucciones de Marcelino se ejecutaba a rajatabla.
El Zaragoza estaba cómodo. Mitad porque tenía la intensidad exigida desde el banquillo, mitad porque se sabía muy superior a un rival empeñado en superpoblar el centro con trivote incluido. El Zaragoza superaba el embudo a base de toque rápido, movilidad continua y precisión. Como mandan los cánones. Así, Oliveira debió haber aumentado la ventaja local mediada la primera parte, pero el brasileño, solo y a puerta vacía, estrelló el balón en el poste tras una indecisión de la zaga eibarresa. Muy raro, por inhabitual e impropio. Había que seguir remando.
Pero, poco a poco, el Eibar se fue acomodándose en el partido ante un Zaragoza que ya no encontraba agujeros tan fácilmente. Eso aumentaba el riesgo de renunciar a la profundidad por los costados y, lo más importante, dejaba abierto un partido que siempre debió quedar sentenciado antes del descanso. Sin embargo, lo que pudo acontecer justo antes de que un nefasto Teixeira decretase el final del primer periodo, fue el empate del Eibar. Toquero, explotando la empanada de los centrales zaragocistas, encontró un buen centro desde la izquierda y remató directo a la red, pero López Vallejo realizó un paradón de antología que evitó la igualada y provocó los vítores de la grada. El navarro empezó la LIga cuestionado pero, a base de confianza, no sólo se ha convertido en indiscutible sino que se ha ganado a La Romareda, tradicionalmente muy exigente con los porteros.
El Eibar tardó en creérselo. En realidad, nunca lo hizo. Porque el equipo armero es consciente de sus propias limitaciones y de que la falta de pegada ante un rival mucho más grande suele ser pecado mortal. El orden y la disciplina te mantienen vivo, pero la falta de gol te mata. Eso, el gol, es lo que le sobra al Zaragoza. Arriba, Marcelino tiene un seguro de vida que evita desgracias en caso de accidente. Ewerthon es una `flecha´ venenosa, un delantero hambriento que convirtió un informe desfavorable en papel mojado. Tiene mérito, como lo tuvo el centro de Jorge López desde la derecha para que el brasileño mandara el esférico al fondo de las mallas. El Zaragoza sentenciaba la contienda y La Romareda respiraba. Había minutos, razones y coartada para la diversión, que ya tocaba.
Ayala, algo despistado en algunos lances del choque, conectó un cabezazo marca de la casa tras falta botada por Caffa, que se coló por la escuadra derecha de Zigor. Sólo un zaragocista permanecía algo serio. Era Oliveira, que buscaba con ahínco ese balón que le redimiera del error de la primera parte. Las buscaba todas, las peleaba todas, las quería todas. Nada.
La fiesta se completó con la pena máxima que falló Yagüe. Un 3-0 siempre queda más bonito. Y transmite más poderío. Al fin y al cabo, de eso se trata.