domingo, 07 de diciembre de 2008
  

El Huesca se adelantó 0-2, con goles de Rubén Castro y José Vegar, y estuvo muy cerca de provocar una gran e histórica sorpresa. Ewerthon consiguió igualar la contienda entre aragoneses en el tramo final. Arizmendi, Luis Helguera y Marcelino García Toral, entrenador del Real Zaragoza, fueron expulsados. La Romareda se llenó y se vivió una tarde de fútbol apasionante.

Pasiones, emociones, tensiones, goles, golpes, expulsiones, cánticos en la grada, lleno en el estadio... El derbi aragonés contó con la práctica totalidad de los elementos distintivos y originales de este tipo de encuentros, factores algunos de ellos por completo ajenos al fútbol y que, sin embargo, pueden pesar tanto o más que el propio fútbol. La lógica de este partido entre Real Zaragoza y Sociedad Deportiva Huesca no obedeció, de hecho, a casi ninguno de los patrones preestablecidos, sean los derivados, por ejemplo, de los presupuestos de gasto de uno y otro club o de la teórica calidad de unos u otros jugadores. Cincuenta y ocho años después de su última edición, el derbi aragonés vino a conducirse por donde salió, que no es ni por aquí ni por allá, sino por donde nadie previó. Escrito está que los derbis no son sustancia aprensible. Por más que se los estudie, todavía no se ha descubierto método científico alguno que los meta en cintura, en cálculos racionales. Ni el cuidado obsesivo de los niveles de potasio en el organismo, ni la distribución equitativa de esfuerzos, ni la supuesta combinación mortífera de Ewerthon y Oliveira en la vanguardia fueron aval de superioridad para el Real Zaragoza. En absoluto. A falta de seis minutos para la conclusión, el Huesca aún se movía por arriba en el marcador. Cuando restaban veinte, se oían límpidos en la noche cerrada y lluviosa de La Romareda los olés de la afición azulgrana. El dominio del Huesca era en ese momento completo, irrebatible, completo. Dominaba el balón y ocupaba el espacio. Nada ocurría aparentemente sin su consentimiento. Las sensaciones de que podía brotar un tercer gol altoaragonés bien pudieron palparse en un ambiente cargado.

En esas coordenadas estaba el choque cuando, una vez más, no sucedió lo previsible. No ocurrió lo que anunciaban los signos más visibles o las señales que entran en el entendimiento por los sentidos. Inesperadamente surgió Ewerthon de alguna parte, que no es un lugar del campo exactamente, sino de la mezcla de dos intangibles como son su intuición y un error de Paco Borrego. La duda de este último permitió que atracara el balón en botas del brasileño, que no es, precisamente, Arizmendi. Por la vía de los hechos consumados, por la obra de sus goles, Ewerthon sigue afirmando de modo meridiano que los informes técnicos que de él preparó el secretario técnico, Pedro Herrera, fueron otro grave error de cálculo, cuando no una patraña descarada.

Este Herrera miope y de extraños criterios vio en vivo y en directo, desde el palco, y no desde su retiro, que a la Flecha se agarraron sus compañeros y la afición zaragocista entera para encontrar una suerte distinta a la que le estaba administrando el Huesca del derbi, equipo ordenado, inteligente, sabedor de qué hacer y cómo operar en la mayor parte del tiempo, y que apunto estuvo de firmar una actuación histórica, memorable, de gloria extraordinaria para sí mismo y para la ciudad que representa. Pero ese casi fue traicionero para el Huesca. Estaban escondidas algunas claves, las correspondientes al tramo final del encuentro.

El primer tanto de Ewerthon sacó al Real Zaragoza del mayor derrumbe anímico, del mayor riesgo de vergüenza, y lo situó en la disposición de la remontada. Fue él mismo quien se encargó de dar continuidad a su proceso de reconstrucción, o, si se quiere, de salvación del honor. Un centro enviado desde la derecha lo colocó de nuevo en el fondo de la portería defendida por Eduardo, tanto con el que elevó a definitiva la igualdad en el marcador.

En conclusiones de fondo, no cabe asegurar lo mismo. El Huesca de Antonio Calderón creció algo más como conjunto, como bloque o estructura compensada. Al Zaragoza se le envió un mensaje de otro contenido. De entrada, desaprovechó la primera ocasión de alzarse a lo más alto de la clasificación. La segunda lectura es obvia. ¿Qué sería de esta travesía del desierto por la Segunda División sin la contrastada capacidad goleadora de sus hombres de ataque? No es preciso aportar respuesta alguna al caso.


Publicado por MartinHernandez @ 15:21  | Real Zaragoza
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