
Jorge López se marchó del campo con el pelo seco. El rizo se lo onduló Marcelino, que le pegó una bronca de padre y muy señor mío cuando le quitó del campo. A la vista del pueblo. El riojano, que había completado un buen partido siendo el cerebro ladeado de un completísimo Zaragoza, perdió el paso de una forma inexplicable en el minuto 83 y lanzó el contraataque con el que el Albacete, de manera injusta aunque avisando de lejos, le birló al equipo aragonés un triunfo que tenía hecho, que no supo rematar y que, encima, se descuidó por una acción totalmente evitable, impropia de un futbolista de la categoría de Jorge López.
Esa acción, esa pérdida de balón que originó la jugada del penalti de Chus a Merino, esa jugada que constató una pequeña tragedia que se veía venir, cambió el signo de un partido en el que por fin vimos al equipo que queremos. Al Zaragoza que sale a los campos de Segunda probando que está de paso por la categoría y que tiene la plantilla y la idea de fútbol necesaria como para que así sea. Al Zaragoza, por cierto, que se siente grande y a gusto con el balón, jugándolo desde atrás, llevándolo a un lado y a otro a base de combinaciones y toque. ¿Contragolpe? Sí, cuando toca. Pero primero, a jugar, que somos mejores que el resto.
La primera parte del equipo fue, sencillamente, excepcional. Fue la de un Zaragoza que maduró el partido poco a poco, paso a paso, estrangulando primero las líneas de creación del rival y desarrollando, después, un juego colectivo en el que la novedad de lanzar a los laterales le permitió encontrar los más diversos caminos al gol. No fue un equipo de grandes ocasiones, pero sí de sensaciones, de saber que el triunfo llegaría porque se controlaba el juego. Al fin.
En ese plan, además de los dos laterales, resultó fundamental el empuje de Chus y Goni, que ayer sacaron la línea con el rigor y la jerarquía de dos veteranos. Los dos empujaron al doble pivote y armaron un entramado imposible para un Albacete que ni sabía ni podía burlar el cuadrado de seguridad zaragocista. Fueron el sustento de lo que vino después, que fue el aseo de Gabi a la hora de sacar la pelota, el brío de Generelo, la incansable búsqueda de los hombres de banda, el peligro de Oliveira y la movilidad de Braulio. Un Braulio que por fin se encontró con el gol.
Cuando el canario cazó un saque de esquina que Goni había bajado del cielo, el Zaragoza apenas contaba con un par de ocasiones en su haber, un disparo de falta de Zapater y otro lanzamiento lejano de Oliveira. Pero esa escasez de peligro era el engaño que guardaba su imperial paso por el Carlos Belmonte. Todo arte precisa de una trampa, y la del Zaragoza era hacer creer que dominaba, pero no llegaba. Y de eso nada.
Así, ganando y con la felicidad de todo el grupo de que encima hubiera sido Braulio el autor del gol, se presentó el equipo en la segunda mitad. Una segunda parte con un guión tan sencillo que cualquiera, un niño de teta, hubiera previsto. O sea, el Albacete volcado al ataque y el Zaragoza deseando matar el partido a la contra. Elemental.
Nadie contaba, claro, con que la roca que había sido el equipo de Marcelino se fuera pulverizando de la manera que lo hizo en la segunda parte. Cuando Goni le sacó a Kitoko un gol debajo de los palos y López Vallejo le hizo un paradón a Iker Begoña, cualquiera pensó que en el intercambio de golpes, y entonces le tocaba al Zaragoza, alguien sería capaz de aniquilar al Albacete. Pero nadie lo fue. Ni siquiera el renacido Braulio, que se reencontró con el gol y con su mala estrella el mismo día.
Así que el miedo se fue apoderando de todo el Zaragoza. El miedo y la fuerza de la lógica. Cuando perdonas fuera de casa ya sabes lo que pasa. Que llega Jorge López, quiere regatear con el equipo saliendo, luego está lo de Chus Herrero en las áreas... ¿Y con te quedas, eh, con qué te quedas?