
Definitivamente el Real Zaragoza es ese niño orejudo y poco agraciado al que ni sus propios padres le llamarían guapo aun con una pistola apuntándoles a la sien. Es feo como un demonio, pero poco a poco se le va cogiendo cierto y trabajado cariño, sobre todo cuando gana y más si consigue ser líder de una categoría donde el resto de las criaturas son monstruosas, incluido el Salamanca, que llegó a La Romareda en primera posición y con ninguna intención de vencer. El chico de Marcelino es cejijunto en su fútbol y chato de ideas, pero cada día que pasa está mas fuerte y crecidito, y ya empieza a parecer muy resultón. Ayer tuvo la suficiente paciencia para llevarse el partido, por denominarlo con más respeto del que mereció, un encuentro que la Unión propuso desde un planteamiento roñoso, sin intención ofensiva alguna. Vino el Salamanca a robar un punto y se fue con los bolsillos vacíos, dejando en la fría tarde la familiar impresión de que en este infierno todas las almas son culpables.
El Real Zaragoza, después de cinco meses, ya se ha colocado a la cabeza de los aspirantes a escapar de esta dantesca división. Hoy podría destronarle el Xerez si supera por dos goles de diferencia al Tenerife, pero sería una anécdota. Del triunfo frente al Salamanca sacó importantes dividendos el conjunto aragonés: un aumento de la confianza de quien no las tiene todas consigo y un ligero despegue con alguno de sus principales enemigos, de los cuales algunos de ellos se miden esta jornada entre sí. El Hércules, por ejemplo, se encargó ayer de confirmar que su musculatura competitiva no es tan rica en proteínas al perder en casa ante el débil Alicante, que va justo de calcio para mantenerse en Segunda.
El Real Zaragoza, además, ya no necesita de su dupla brasileña para salir adelante de citas complicadas. Braulio, que había estado 17 semanas sin marcarle un gol al arco iris, ha teñido de color de rosa el destino de sus compañeros en los dos últimos compromisos. Abrió su cuenta anotadora en Albacete y saltó del banquillo contra el Salamanca para firmar su segunda diana, un tesoro que no encontraron ni Oliveira ni Ewerthon. El primero, abstraído y lento de reflejos, ratificó su preocupante estado de forma, y el segundo, más activo, se retiró con calambres para dejar su puesto precisamente al salvador. Que Braulio haya dejado ser un delantero de compañía fue una de las mejores noticias del alegre tostón que se sufrió ayer en La Romareda.
Los dos equipos consiguieron su principal objetivo nada más pisar el césped. Anularon sus respectivas personalidades poblando el centro del campo y presionando con obsesiva insistencia la salida del balón, que se hizo viajero sin dueño. Los porteros se tiraron todo el partido haciendo ganchillo, un poco menos Alberto, que tuvo que salir de su área en alguna ocasión como guardameta y otras como líbero. Si Oliveira y Ewerthon pasaron por allí embutidos en trajes invisibles, el ataque del Salamanca se resumió en Quique Martín, quien a sus 36 años corrió 36 veces para nada.
Talado el fútbol, secos los delanteros y con los defensas en su sitio como ordenados peones, Jorge López se rebeló contra la vulgaridad, caracoleó cerca del área y lejos de la banda que le tiene enjaulado dio un pase a Gabi que éste dejó de cabeza para la feliz llegada de Braulio con la zurda desenfundada. ¡Guapo!, se escuchó desde la grada. Songo´o hizo callar al intrépido con un tiro horrible y Pignol le tapó la boca regalando el empate a Catalá, que no supo resolver a placer porque el Salamanca sólo había venido a por un punto. El Real Zaragoza es feo, pero de líder como que se da un aire a galán.