
A los siete días de deplorable surrealismo protagonizado por los dirigentes del club en el mercado de invierno les ha seguido un triunfo del equipo en el campo, que en fútbol, como se sabe, es la palabra mayor que cabe pronunciar. Venció el Real Zaragoza al Levante en La Romareda, obligación primera y ayer exigencia deportiva de primer orden para mantenerse bien posicionado en la carrera por el ascenso. En este sentido, el equipo aragonés cumplió consigo mismo y con aquello que le demandaban las circunstancias del momento, en el inicio de la segunda vuelta. Después de dos jornadas sin conocer los parabienes del triunfo, al Zaragoza no le estaba permitida una una tercera semana de declive. Hubiera sido demasiado peligroso. Quizá hubiera quedado definitivamente afectado el carácter con el que partió: el respeto general que se guarda al favorito, al primero entre iguales, al equipo cuya historia y presente le sitúan en un estatus de privilegio invisible, pero cierto. Aunque la erosión provocada por las batallas de la primera vuelta es perceptible, aún queda parte de esa condición superior.
A este respecto, los futbolistas y Marcelino García Toral se comportaron como si nada anormal, o nada carente de la mínima lógica deportiva, pasara a su alrededor, en su propio club. Ganaron sin Oliveira, sin el gran Ricardo Oliveira, el futbolista que elevaba hasta hace nada al equipo por encima de los demás y de la categoría. Se sobrepusieron a esa ausencia y a los desvaríos de fondo originados en los despachos de la calle Eduardo Ibarra en los días de mercado abierto. Frente a esos hándicaps se reivindicó un equipo al que ya solo Ewerthon lo configura de modo distinto a los demás. El brasileño acudió a su cita con el gol. También lo hizo después Arizmendi. En sus intervenciones puntuales se sustentó la suma. El resto la oferta, en términos generales, devino tan plana como de costumbre. Acaso se vio algún destello de futuro en Ander Herrera, que debutó con el primer equipo y que todavía está por hacerse.
La victoria, en cualquier caso, aparta de algún modo del plano principal el debate acerca del conglomerado de incongruencias, o acaso de insuficiencias, que se ha formado en los pasados días. La victoria mete anestesia, cura por un momento las heridas del despropósito, esconde algo el mercadeo descarado y vulgar, alivia la pérdida de fuste deportivo sufrida, matiza el ninguneo hecho al entrenador y a su cuerpo técnico y tapa cualquier vía de añoranza de los tantos de Oliveira, que en verdad hace ya tiempo que se fueron de aquí. Puede ser que hayan pasado del limbo al Betis. Ya veremos. Del Zaragoza se esfumaron antes de que arrancara el periodo loco de enero, que ha puesto en alerta a todo el zaragocismo.
A estas alturas, nadie cree casi nada de lo que se predica con marchamo de oficialidad en el Real Zaragoza, salvo algún grupo reducido que acude invitado al palco a pasar una tarde de domingo en La Romareda, como también pudiera invertir su tiempo en un centro comercial o viendo, por decir algo, una película de cine. A los movimientos efectuados en los despachos únicamente se les aprecia un hilo de sentido si se persigue el rastro de las comisiones que dejan los traspasos y si se sigue la necesidad de hacer frente a las obligaciones inherentes a los pagos realizados a través de pagarés. Solo así se hace comprensible la actual directiva.
Pero resulta poco común que tal modo de conducirse no caiga en el completo descrédito si al mismo tiempo el equipo pierde potencial y posibilidades a todas luces. Ningún delantero ha cubierto la baja de Oliveira. Ninguna de las propuestas de Marcelino se ha atendido. Ninguna pieza de valor sustancial se ha traído para cubrir el hueco de Antonio Hidalgo, que fue fichado como un elemento clave para esta travesía. El rostro de Marcelino García Toral revelaba al término del partido el sufrir por el que está atravesando, en modo alguno contemplado cuando decidió afrontar el reto de recuperar al Zaragoza para la Primera.
El triunfo ante el Levante ha abierto una tregua. La crítica dura y severa de la afición, que no puede comulgar con mucho de lo presenciado y con nada de lo que se intuye, está al borde de producirse. La pueden frenar las victorias, una marcha decidida y clara hacia el objetivo innegociable de la temporada. Pero poco más. Cualquier otro discurso parece abocado a una crisis de dimensiones espectaculares. El silencio sepulcral de La Romareda mientras duró el empate a un gol en el marcador fue histórico. Estaba madurando el juicio. Rompería de un lado u otro en función del resultado. Vino a dar la paz social Javier Arizmendi, quien, curiosamente, fue recibido con una sonora pitada según pisó el césped. Su gol victorioso ha brindado el respiro. Si es duradero o no, lo dirá el paso del fútbol.