No caben paños calientes respecto del presente y el futuro de este Real Zaragoza que ayer volvió a perder y, lo peor de todo, a dejar una imagen caótica como equipo en el campo del Elche (15º clasificado de la Segunda División al inicio del choque). Grave error puede cometerse si, tras lo visto en el vacío estadio Martínez Valero, todavía hay alguien empeñado en edulcorar sensaciones y apreciaciones relativas al supuesto potencial de esta plantilla o en emitir cortinas de humo intentando crear ídolos donde solo hay errores mayúsculos de planificación por parte de los máximos responsables del devenir zaragocista en el vestuario desde mayo: Agapito Iglesias y Pedro Herrera.
Con marzo a la vuelta de la esquina y los números apretando el cuello del Real Zaragoza, el 2-0 encajado ayer en el campo de uno de los equipos más accesibles de la categoría debe de encender todas las alarmas rojas que existan en la sede de La Romareda. Las hechuras que volvió a dejar patentes sobre el césped ilicitano el bloque del desesperado -y asqueado- Marcelino mostraron que, a estas alturas, va a resultar prácticamente imposible reconducir su rendimiento y su solvencia fuera de casa, donde ganar un partido sigue siendo una quimera, un suplicio que nadie sabe cómo solucionar.
Elche fue Córdoba un mes después. Fue Vigo dos meses después. Fue Girona tres meses después. Fue Alicante cuatro meses después. Fue Valencia cinco meses después. O sea, que el círculo vicioso no encuentra reparación.
Marcelino, cada día que pasa, se muestra más cansado, más agotado, más sobrepasado por las evidencias. Ayer, en la rueda de prensa posterior, hizo por primera vez referencia a que esto de ahora tiene su germen en lo que pasó en julio y agosto. Es decir, en lo que montaron Agapito y Herrera y que ahora, con agravantes acaecidos en el mercado de enero, lleva camino de pasar factura lamentablemente.
El Zaragoza fue anoche un equipo roto. Otra vez. Por enésima vez desde el verano fuera de casa. El Elche, un equipo normalito de la división por más que haya mejorado su cara con Claudio en el banquillo en vez de Vidal, fue mejor de cabo a rabo, del minuto 1 al 93. Sin discusión.
El gol de Saúl, ese fatal 1-0 que dejó K.O. al Zaragoza al borde del descanso, logrado en un contragolpe de libro del Elche, de esos que Marcelino avisó a sus jugadores durante la semana que podían resultar letales por ser la especialidad de los medias puntas locales, desnudó las miserias del Real Zaragoza. El equipo alicantino había sido superior durante todo el primer tiempo y ese tanto le dio el premio a su criterio futbolístico y a sus nítidas intenciones tácticas ejecutadas desde el primer minuto por sus once titulares. Todo lo contrario que el patético Zaragoza que, como es hábito una vez al mes, reapareció desquebrajado ayer lejos de La Romareda.
Los datos del partido son, como tantas veces, rotundos y definitivos. El primer tiro peligroso -que no a puerta, porque se marchó fuera- del cuadro zaragocista llegó en el minuto 27. Ewerthon remató de cerca un centro raso de Songo'o y su disparo salió junto al palo de Caballero. Pero, antes del intermedio, no solo fue el primero. También el último. Esa fue la maravillosa producción ofensiva de un equipo en el que ayer, con la decisión de Marcelino de hacer debutar como titular al verde y exageradamente sobredimensionado Ander Herrera, manifestó una endeblez mayúscula en las bandas, especialmente en la izquierda donde Zubiaurre y Saúl hicieron lo que quisieron con el chaval y un atolondrado Paredes.
Pero es que en la segunda mitad, ya con el marcador adverso y, supuestamente, con la necesidad de irse arriba a por todas, el Zaragoza mostró una apatía digna de la máxima preocupación. El primer tiro a puerta lo hizo Arizmendi ¡en el minuto 80!. Sí, a falta de solo 10 minutos para el final. Y fue un tirito, un chut de alevín a las manos del portero local. Similar al que hizo Caffa dos minutos después tras un córner. Y nada más. Como dijo Marcelino al final, no sabemos cómo para Willy Caballero.
Eso, para un equipo y una entidad que se juega tanto en esta temporada, es un síntoma de enfermedad grave. Si en la previa se comparaba el duelo de Elche a un análisis de sangre que iba a indicar el estado de salud del grupo, el diagnóstico es para ponerse manos a la obra con urgencia: la anemia es galopante y el riesgo de que cualquier infección se lleve por delante esta historia es cada vez mayor. Debilidad máxima.
Ayer, se sabía que el Elche juega replegado y basa su éxito en la rapidez al contragolpe de sus medias puntas Saúl, Fuster y Santos. Pues bien, no hubo antídoto. Fueron dos goles pero pudieron ser cuatro (como ya sucedió aquí hace 6 años). La defensa aragonesa fue de regional. La medular, inexistente. Las bandas (Songo'o y Herrera II) de filial. Y la delantera, inerte. Así, ténganlo presente, es un milagro subir a Primera.