
Fueron cuatro los gritos que dio el Real Zaragoza ayer en la Nueva Condomina. Cuatro puñetazos encima de la mesa de la Liga para dejar muy claro que no está dispuesto a que se escape el tren de la Primera División. Antes de los gritos llegaron otros argumentos igual de sólidos y, en definitiva, señales de vida de un equipo que se había dejado llevar hasta una situación dramática. Fue, sin duda, el mejor partido de la temporada. Los jugadores exhibieron en el campo el mensaje de Marcelino y el propio entrenador se mostró como el director de orquesta que necesitaba una plantilla muy desorientada. La defensa sigue siendo el talón de Aquiles del equipo, pero Ponzio y Gabi le dieron brío al centro del campo y la opción táctica que descubrió el técnico al conformar un trivote puede servir para fuera de casa.
La línea de atrás es poco fiable y es necesario reforzarla. La velocidad de Songo´o y Ewerthon y el esfuerzo de Arizmendi hacen el resto. Hay motivos para seguir soñando con el ascenso y los goles dejan sin efecto la palabrería barata y las excusas.
El Real Zaragoza salió muy enchufado al partido. El equipo denotaba frescura y seguridad en todas sus acciones, algo a destacar teniendo en cuenta los síntomas de gravedad que evidenció el equipo hace siete días en el Martínez Valero. La energía tuvo nombre propio: Leonardo Ponzio. Marcelino encontró al general de campo en el argentino y con la buena compañía de Gabi se hicieron con el control del centro del campo. El Zaragoza recuperaba pronto el balón, la salida era rápida –como le gusta al asturiano– y tanto Songo´o como Ewerthon atacaban como flechas casi siempre por la derecha. Los once zaragocistas se movían con buena sintonía tanto en defensa como en ataque. Había solidaridad, generosidad en el esfuerzo y ambición. Era un Zaragoza que transmitía buenas sensaciones. Ponzio, con muchas ganas de aportar, se hacía más grande en el centro y le transmitía fuerza y energía a un equipo necesitado de cualquier ayuda en forma de vitalidad. Los únicos fantasmas del pasado llegaban en los regalos defensivos que iban goteando durante todo el partido.
El Zaragoza se puso por delante en el marcador y controlaba al Murcia sin problemas. Un par de sustos por culpa de errores individuales eran las únicas señales de vida del equipo local. Aún hubo un par de buenas llegadas de Ewerthon y un larguero de Ponzio, pero el partido se complicó en un doble fallo de Ayala y Pulido al filo del descanso y, de forma injusta, el marcador marcaba tablas en el descanso.
Quedaba por saber si el Zaragoza se bloqueaba por el gran peso del pasado o si sacaba la raza y la casta necesaria para engancharse de nuevo al tren de Primera. Enseguida demostró que tocaba dar la cara y volver a subir los brazos. El Murcia pudo marcar en un resbalón de Ayala, pero en la jugada siguiente el `Ratón´ aprovechaba un saque de esquina para poner a su equipo por delante. Marcelino también dio señales de vida desde el descanso y realizó un gran movimiento para cambiar de forma radical la cara de su equipo. El técnico dio entrada a Chus Herrero y quitó a Ewerthon para poner a Zapater en el centro del campo y colocar un blindaje especial con tres jugadores de mucha brega en el centro del campo. El planteamiento nuevo del técnico consiguió ahogar al Murcia y, no sólo eso, finiquitar el partido en otro par de ataques con mucho sentido con goles prácticamente seguidos de Zapater y Arizmendi.
Marcelino acabó poniendo a ocho jugadores de corte defensivo y dejando a Ander y Arizmendi como únicas referencias en el ataque. Nadie quería que se escapara el triunfo y el técnico arropó bien a una línea que no ofrecía garantías. El Zaragoza resucitó, levantó los brazos y dejó muy claro que no está dispuesto a que se le escape el tren de la Primera División. Primer paso importante que se debe certificar con esa continuidad que reclama el técnico.