La trabajada victoria lograda ayer ante el Girona mete al Real Zaragoza, de momento, en puestos de vuelta a Primera. Marcó Braulio, quien había sustituido a Ewerthon por lesión.
Ahora que se encara el tramo final de la Liga, el triunfo es triunfo por encima de todo, por encima de cualquier consideración que quepa realizar sobre un partido. El asunto crucial es ganar, sumar tres puntos y, a partir de ahí, volver a levantar la vista. Todo lo demás cabe introducirlo en el espacio del matiz, aunque sea esta una licencia exagerada e imprudente en otras circunstancias. El uno a cero frente a un recién ascendido a la categoría, el Girona, suma de igual manera que los golpes de autoridad dados ante el Murcia o, más recientemente, frente al Xerez. Lo sustancial del caso es que el equipo aragonés acaba de regresar al ascenso, al menos, de momento, con su trabajada victoria ante el conjunto que dirige Raúl Agné, un ex zaragocista, un producto de la Ciudad Deportiva.
El Real Zaragoza está donde debe en el momento adecuado; es decir, cuando cada partido se juega con los rasgos característicos de una final, donde cada error se paga caro y donde el margen de corrección es pequeño, si no inexistente. Son partidos en los que toman preponderancia el manejo adecuado de la presión, de la ansiedad, de las necesidades propias y, por último, de las virtudes y debilidades de los enemigos. Nunca resulta fácil moverse en terrenos de este tipo, siempre incómodos y resbaladizos. No obstante, puede ser que al Real Zaragoza de Marcelino García Toral se le presenten en el mejor momento de la campaña.
Ha encadenado tres victorias consecutivas, las que le han encaramado al ascenso -a la espera de lo que hagan hoy el Xerez y el Hércules-, y cuenta seis jornada sin perder. Con toda seguridad, no es casualidad. Conociendo a Marcelino, es más adecuado sostener que la causa se encuentra en el método, en el trabajo meticuloso y científico que suele acompañar el desarrollo de su labor. El técnico asturiano quería disponer de las más elevadas prestaciones físicas y tácticas de su escuadra en la fase decisoria del año y ahora mismo el Zaragoza tiene ese aspecto de candidato convencido, seguro de sí mismo.
Incluso por momentos pareció ayer que su fútbol resulta aseado, limpio, con un adecuado movimiento del balón y de la búsqueda de los espacios libres, no congestionados por la defensa rival. Pocas veces ha disfrutado la afición de La Romareda de la ocasión de aplaudir al equipo fuera de los instantes de gol. Ayer, sin embargo, los tuvo. Animó el movimiento de las palmas para reconocer el mérito en la construcción, por más que posteriormente faltara la culminación. El juego practicado pareció más completo, más entero, o acaso más acorde con la ideosincrasia del lugar. El golpeo directo hacia las referencias de vanguardia, Ewerthon y Arizmendi en la primera mitad o Arizmendi y Braulio en la segunda, por fin no fue interpretado como una consigna, sino como un recurso más entre los distintos posibles.
Es probable que en esa versión más conseguida del Zaragoza y en una constancia infatigable se encontrara el secreto del triunfo, sin olvidar la expulsión de Dorca a falta de más de media hora para acabar. La contundente solidez del Girona se agrietó allí, en la situación de inferioridad numérica. Hasta ese lance, su roca no dio señales de debilidad.
Nunca antes se pensó que el Girona, como novel en la categoría, fuera a presentar tanta oposición en La Romareda. Pero durante una hora larga lo hizo con rotundidad y un sentido sereno de llevar a cabo ese tipo de fútbol físico, según un modo concreto de entender su papel en el partido, en coherencia con la estampa de sus futbolistas. Su posición a lo largo del partido no fue la asunción simple de una condición inferior en fútbol, por historia, nombres, calidad o por su rango de visitante. El planteamiento que exhibió fue algo más serio y estudiado. De la oposición táctica que ejerció también partió la manera de hacer daño al Real Zaragoza. Arnal, su capitán, tuvo la ocasión más clara. Su disparo se fue al lateral de la red. Toni Doblas fue puesto a prueba en diferentes ocasiones y se vio en la obligación de responder con prestaciones de guardameta de un alto nivel. El partido que firmó fue sobresaliente.
Las claves de la resistencia del Girona las desentrañaron finalmente Braulio y Ander Herrera. El partido ya agonizaba. El joven futbolista canterano tomó la pelota en la izquierda y envió un balón al espacio que mediaba entre Ponzo y su defensa, para que solo pudiera llegar a ese punto Braulio. El delantero interpretó de modo magnífico la jugada y ahí se presentó. Con finura y precisión metió el balón con un disparo de tiralíneas, para que entrara por el único lugar por el que cabía mandar la pelota.
Braulio, que ya había anunciado peligro serio minutos antes, se reivindicó a sí mismo en un momento crucial. Dijo que estaba ahí no sólo para suplir a Ewerthon por lesión, sino para elevar su estatura y, al mismo tiempo, la de su equipo, el Real Zaragoza, frente al Girona y frente a todas y cada una de las batallas que esperan.
El mismo día en que Tenerife, Rayo Vallecano y Real Sociedad revelaron ciertas flaquezas, el Zaragoza dio un paso firme hacia adelante. Sin duda anunció que las aspiraciones que alberga son las más altas y que se halla en una óptima predisposición. Hoy, con todo lo sucedido, es más candidato que antes de la partida hacia el regreso a la élite del fútbol español.