domingo, 19 de abril de 2009
           

El Zaragoza supera todas las adversidades y logra un triunfo que le mantiene en el camino hacia Primera.

La fe mueve montañas... y gana partidos. El Zaragoza se sobrepuso a todo, a las lesiones, a sus propias carencias, con un solo delantero disponible, a un arbitraje nefasto e indignante de Pérez Montero, que le anuló dos goles legales, y a su propio infortunio en forma de ocasiones falladas... Contra todo eso se rebeló un equipo que ha hecho del coraje y de la fe en sus posibilidades, limitadas en mayor o menor medida por las bajas, su manera de vivir. Es su forma de aguantar el tirón en la lucha por el ascenso donde ayer se descolgó la Real Sociedad pero donde no falla nadie de los cinco de arriba. El Zaragoza, que suma ocho jornadas sin perder y 18 de 24 puntos, tampoco lo hace en pos de un retorno a Primera que está labrando a base de corazón, de garra y de orgullo.

La salida de La Romareda era una procesión de rostros fatigados, rotos por el cansancio derivado de la tensión. Porque acudir al estadio equivale últimamente a correr la maratón de Nueva York. Es el fútbol como ejercicio de agotamiento colectivo para una afición a la que su corazón zaragocista le volvió a demostrar que está a prueba de bombas y árbitros nefastos. Ganó el Zaragoza. Otra vez en los últimos minutos. Otra vez tras malograr infinidad de ocasiones. Otra vez cuando los demás rivales habían decidido ya a favor sus partidos. Pero, en esta ocasión, logró, también, imponerse a un arbitraje calamitoso que estuvo a punto de dejar su esfuerzo sin premio

Ayala fue el justiciero a apenas diez minutos de la conclusión, algo antes de lo que lo fue Braulio quince días antes frente al Girona. Como entonces, no había nada que objetar a un Zaragoza esforzado, honrado y capaz, pero que no acertó a marcar a pesar de disponer de quince ocasiones. Bueno, en realidad, sí lo hizo. Y dos veces. Una, justo antes del descanso, cuando Medina sacó bajo palos un cabezazo de Pavón que ya había rebasado la línea de gol. La segunda, a los siete minutos de la reanudación, pero el asistente anuló un tanto legal de Caffa por supuesto e inexistente fuera de juego del argentino. Un penati claro por mano de un defensor a disparo del propio Caffa tampoco fue concedido por Pérez Montero, que ya se había lucido en la primera parte a base de incongruencias y errores graves

Trío calavera

Uno se declara firme defensor de las buenas intenciones y los buenos propósitos y descree a pies juntillas del error dirigido. En partidos como el de ayer, esa creencia parece pertenecer a un absurdo romanticismo en desuso. El perjuicio arbitral es inherente al fútbol, pero el asunto resulta grave cuando dos fallos tan claros pueden ser tan determinantes. Pero sería injusto señalar sólo a Pérez Montero. Prieto Cruz y Hernández Labella fueron los principales responsables de los dos errores que dejaron sin gol al Zaragoza. A uno de ellos le debió remorder la conciencia, pues le pidió al árbitro que no decretase penalti de Ayala sobre N´Gal en el descuento cuando Pérez Montero se dirigía raudo hacia los once metros

El Zaragoza, superior

Hasta entonces, el Zaragoza fue mejor que el Nástic, que, eso sí, mostró buenas maneras a su paso por La Romareda. De hecho, de no ser por Toni Doblas, el cuadro catalán pudo adelantarse en el marcador, pero el meta zaragocista evitó el tanto del delantero con dos antológicas intervenciones. Claro que, antes, Ander –a los veinticinco segundos–, Jorge López y Arizmendi tuvieron en sus botas el gol. El partido discurría por la senda habitual. El Zaragoza llegaba bien, pero le llegaban mejor. Mediado el primer periodo, los de Ferrando parecían mejor asentados sobre el terreno de juego. Bauzá y Diop inutilizaban a Gabi, pero ninguno de los dos contendientes efectuaba una presión asfixiante, lo que propiciaba las llegadas al área rival

Caffa, Gabi y Zapater volvieron a intentarlo, pero los dos primeros desviaron el punto de mira y el ejeano se topó con el aragonés Rubén Pérez, ya para entonces el mejor futbolista de su equipo. El gol fantasma no concedido a Pavón puso el punto y seguido al partido. El enfado de la grada ya era mayúsculo y se acrecentó cuando el árbitro anuló el tanto de Caffa apenas reanudado el choque. La Romareda entendió el resto del partido como una cuestión personal. Levantó en volandas a su equipo y se dispuso a vengar el agravio. Dos cabezazos de Pavón lamieron el larguero, un intento de Ayala acabó en el palo y otro de Caffa en Rubén. No había manera

Pero entonces surgió Ayala. El cabezazo del `Ratón´, no podía ser de otro modo, entró con suspense y tras golpear en un defensor tarraconense. Pero valió oro puro. El incendio parecía extinguido, pero Pérez Montero reavivó la llama expulsando a Marcelino. Luego amagó con señalar aquel penalti. Y el corazón se paró un instante. Luego, volvió a latir con fuerza. Había vuelto a ganar. Pese a todo. Pese a todos



Publicado por MartinHernandez @ 11:37  | Real Zaragoza
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