
La victoria se le negó ayer al Real Zaragoza. Se la negaron el Tenerife y el árbitro. Pero bajo el empate se esconden valores que hablan de un equipo con argumentos para subir.
En ocasiones, un punto no es asunto menor, ni es el más triste de los resultados posibles, por anodino e insulso, por incomunicativo, por no decir nada a nadie. Fue, por ejemplo, el caso de ayer. La firma de las tablas en el estadio de La Romareda no responde a un pacto de no agresión, ni a una extensión pandémica de la indolencia, ni a reservismo, ni ninguna posición de temor excesivo o de respeto mal interpretado. La igualdad dada en el vetusto estadio zaragocista está henchida de contenido futbolístico apreciable, tanto para unos como para otros, tanto para aragoneses como para tinerfeños. Para el Tenerife, porque sigue en su gallarda carrera hacia la Primera. Para el Real Zaragoza, porque confirma tendencias, las líneas maestras que han hecho creíble el objetivo innegociable de la temporada.
Del pulso que se quedó en lo alto, sin que nadie cediera, se desprenden certezas que a estas alturas casi adquieren el carácter de axiomas, de verdades sólidas y prácticamente inamovibles, si no fuera por la materia de que se trata: fútbol.
Resulta manifiesto que el conjunto de Marcelino García Toral se ha hecho definitivamente fuerte en sus virtudes. Discutió el ansia de victoria al bloque que, bajo ciertos aspectos, puede considerarse la mejor escuadra de la categoría de igual a igual, dentro de las desigualdades y notables diferencias que cada uno presenta en su arquitectura.
Los activos de este lado se hallan en el compromiso personal de sus futbolistas, en el carácter impreso y en el extraordinario fondo físico. Hace tiempo que el Real Zaragoza se alimenta de estos aspectos. Ayer, ni siquiera se mostró especialmente útil la versatilidad adquirida en el uso de dos sistemas. Al rival le fue indistinto que se le declararan ofensivas con un solo punta o con dos. Controló bien a Javier Arizmendi cuando éste se movió escoltado por una línea de tres jugadores en la primera parte (Caffa, Herrera y Jorge López) y sujetó con igual efectividad al largo ariete cuando en la segunda parte le acompañó Ewerthon en el empeño de abrir la puerta de Luis García a otro resultado, al triunfo porfiado.
El Zaragoza se sostiene en dos piedras de base: un extraordinario voluntarismo, que es posible que se adentre en el terreno de la fe, que como bien se sabe no tiene explicación racional, y en una peculiar metodología en relación a la preparación física que ha dado como resultado el que ahora se aprecia. El Zaragoza presenta una estampa flamante, fina y al mismo tiempo resistente.
Al Tenerife, mientras tanto, es preciso reconocerle lo que es suyo: el fútbol, el juego practicado en una categoría en la que se desprecia la sutileza, la inteligencia en los movimientos ofensivos y defensivos, el gusto por ser el balón el eje de todos y cada uno de sus movimientos y la prohibición explícita del pelotazo como arma. El refinamiento de Jose Luis Oltra no lo ha adquirido hasta aquí nadie. Merece el ascenso. Lo agradecerán en Tenerife y lo agradecerá el fútbol.