domingo, 30 de agosto de 2009
               

El Real Zaragoza se estrena con un triunfo por la mínima ante el Tenerife en su regreso a la Primera División. Marcó Arizmendi.

Después de los despropósitos y espectáculos de bochorno vividos en los despachos durante este verano, respondió el Real Zaragoza cuando y donde debía: en el terreno de juego de La Romareda, con la competición ya en marcha y el valor de aquello que sucede en la balanza. Venció el equipo aragonés de manera merecida al Tenerife en el encuentro del regreso a Primera División, que esta vez, por un sin fin de razones, no generó tantas expectativas como en otras ocasiones de vuelta a la élite. En cierto sentido, la respuesta del conjunto de Marcelino fue de mayor contenido de lo que cabía esperar de modo razonable. Mantuvo el orden, la compostura y una firme voluntad de mirar de frente al adversario y a las circunstancias, según un libro de estilo aprendido de la campaña precedente, propio de su entrenador. Se corría el riesgo serio de que este primer choque se convirtiera en una denuncia, en una advertencia de deficiencias estructurales graves, y se convirtió finalmente en lo contrario, por más que el fútbol sea una sustancia inestable, incluso a veces volátil. El público aragonés se retiró del estadio con un llamamiento a la esperanza, a un regreso quizá menos sufrido de lo que se presumía a juzgar por la serie de acontecimientos dados durante los meses de pretemporada, unos de naturaleza deportiva y otros de gestión.


En varias fases del partido disputado anoche, casi no cupo acordarse de que por la banda derecha se movía el joven Laguardia, un lateral improvisado, de coyuntura, un central en toda regla que por necesidades del guión, de las propias carencias, tuvo que ocupar un lugar para el que no estaba llamado de ningún modo. Tampoco vino a la mente como justificante de alguna falta que Leonardo Ponzio, quien firmó una tarjeta brillante en una consideración general, se estaba moviendo en el otro lateral, a pierna cambiada, en una zona que le ha sido ajena en sus desempeños siempre, ahora y antes. Ayala y Pablo Amo, por su parte, se mostraron solventes y seguros en los lances que tuvieron que afrontar ante Nino, Alfaro o Richi.


Es cierto que el Tenerife creó sus ocasiones y que pudo encontrar la puerta de Carrizo en varias oportunidades, creadas tanto en la primera parte como en el segundo periodo. Pero eso era algo con lo que había que contar, que debía estar descontado desde un primer instante. Nadie podía pretender una estanqueidad absoluta en una defensa en la que se conoce que se encuentra la parte más débil y frágil de la escuadra. Unas veces respondió el meta argentino, que se comportó con sobriedad y acierto en su debut en La Romareda, antes de marcharse convocado con la selección argentina, y en otros lances se puso de este lado la fortuna, que también desempeña su papel en el deporte.


Como se suponía, las mayores certezas se produjeron en la parte de arriba, donde Pennant, Uche, Jorge López y Arizmendi son capaces de crear, de construir peligro. Su producción ofensiva fue apreciable. Sobresalió el inglés Pennant, quien dejó muestras de su calidad y enseñó que estamos ante un futbolista diferente. Casi todo lo que hace tiene sentido, intención bien definida y perspectiva de por dónde se puede seguir avanzando en busca de la puerta contraria.


Fue, sin embargo, Javier Arizmendi, en el segundo periodo, quien estableció el gol de la victoria, después de una interesante incisión de Ander Herrera. Mas su gol no fue tanto un sello personal como el reflejo de los méritos contraídos a lo largo del encuentro.


El Real Zaragoza sumó sus tres primeros puntos y se retira a sus cuarteles, como toda la Primera División, durante quince días, un tiempo que Marcelino aprovechará para dar más base y fundamento a lo presenciado ayer. El buen comienzo puede animar un principio de seguridad y confianza que siempre es un intangible que hace crecer.

Fuente: José Miguel Tafalla - HERALDO DE ARAGON


Publicado por MartinHernandez @ 12:09  | Real Zaragoza
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