
Sin fútbol y sin suerte. El Real Zaragoza no perdió en La Rosaleda, pero si es incapaz de ganar a un rival tan desquiciado como el Málaga y después de adelantarse resulta difícil pensar dónde va a poder ganar lejos de casa. El punto es sumar, pero sabe a nada, porque la obligación era ganar a un colista al que no se le ha podido vencer en tres partidos, dos de ellos en Copa, un dato que también resulta revelador. Este Zaragoza parece condenado a sufrir este curso y está obligado, con su mal balance viajero, a ganar siempre en casa. Como no lo haga ante Osasuna, los nervios se dispararan. Y bien que lo sabe Marcelino, que no logra que el equipo, que tiene lo justo para andar por la élite, y más con las bajas que acumula, arranque en este inicio de Liga, lo que puede ser un problema para él cuando su figura no goza de un consenso absoluto en el club.
Además, partidos como el de ayer no le dan razones al entrenador asturiano, que ayer estaba en el palco por sanción. Y es que Málaga y Zaragoza perpetraron un esperpento en un césped horrible. Fue un duelo sin fútbol los noventa minutos y bronco en la segunda parte que acabó en tablas porque los dioses de este deporte decidieron que ninguno de los dos podía merecer el botín de los tres, aunque estaban bien necesitados de ellos. Eso sí, el choque acabó bronco, emocionante y, en el tramo final, debió caer del lado zaragocista. Paredes y Weligton estaban fuera por dos expulsiones y La Rosaleda pedía la dimisión de Muñiz, silbaba a todo lo que se movía y los nervios se apoderaban de todos. Hubo tanganas, rifirrafes y tensión después de que Iván nivelara el tanto de penalti de Ewerthon. Lafita y Gabi tuvieron la victoria en el descuento, pero el palo y el mal disparo del madrileño mandaron al limbo la opción de una victoria inexcusable que no se logró.
Son ya 20 salidas sin ganar en la élite. Muchas, demasiadas. Ayer fue otra más, una nueva ración de mediocridad de un Zaragoza que fuera es un alma en pena y que ayer le faltó, sobre todo, llegada a la portería rival durante muchos minutos. Lafita fue un oasis de peligro y el resto se limitó a cumplir un guión de esfuerzo sin nada de brillantez.
El partido fue, como avisó Marcelino, feo. Se quedó incluso corto. Resultó un espanto. Con tal intuición, el técnico se decantó en el once por Babic en lugar de Ander, porque preveía que el encuentro iba a ser tan físico como resultó. El Málaga, que es colista por méritos propios, renunció a jugar. Muñiz acorazó al equipo con tres centrales y, como si estuviera jugando fuera, esperó el fallo para salir a la contra.
Ese plan desnudó a un Zaragoza al que le cuesta un mundo generar fútbol en ataque y que a las primeras de cambio perdió a Arizmendi, relevado por un Ewerthon que sigue lento, muy lento. Al menos, transformó el penalti. Solo una media ocasión de Abel Aguilar en el arranque pudo contar el equipo aragonés, que comenzó intenso en la pelea, dominando los rechaces y concentrado atrás. Fútbol industrial se llama ahora. Eso sí, talento arriba muy poco y capacidad goleadora, mucha menos. Munúa no pasó apuros. Si acaso, un disparo de Babic cruzado.
INEFICACIA Con Lafita al borde de la desesperación, porque no le llegaba un balón en condiciones, el fútbol, o lo que sea, del Zaragoza moría en las inmediaciones del área del Málaga, que seguía esperando un fallo para sorprender. Cerca de la media hora, el error fue de Ponzio, pero Luque envió el balón al cuerpo de Vallejo. El ariete catalán, que hizo sufrir a Pulido, puso acto seguido un centro medido al que Fernando no llegó. El dominio era zaragocista, pero quien parecía más afilado era el Málaga.
El último cuarto de hora del primer acto ni siquiera tuvo dominio zaragocista, pero transcurrió sin noticias y entre bostezos de la grada. Al menos, la afició n de La Rosaleda no se aburrió en la segunda parte, aunque fútbol siguió viendo muy poco.
VENTAJA PERDIDA Lafita forzó un penalti que Ewerthon transformó nada más volver del descanso y después el partido se desquició sin que el Zaragoza supiera cómo cerrarlo. Otro déficit para la lista. Paredes completó su pobre partido con una expulsión inmerecida en su segunda amarilla, pero Weligton decidió compensar, con una clara roja por agresión a Goni. En medio del caos, el Málaga apretó los dientes y empató por medio de Iván en un córner donde Vallejo estuvo mal y Pavón, peor.
La Rosaleda decidió entonces pitar a Muñiz para sacar del partido al Málaga y tampoco el Zaragoza, enzarzado en batallas menores, lo aprovechó. Con muchos nervios en el césped, sobre todo de Fernando, Apoño, que escupió a Ander, y Ewerthon, el partido murió como empezó, sin fútbol y con un empate de espanto.
FUENTE: Santiago Valero (El Periódico de Aragón)