
Marcelino ya no está y la grada le dijo de forma clara a la directiva que encabeza Agapito Iglesias, accionista mayoritario de un proyecto que va camino de otro descenso, que no deben estar, pero el que puede estar hoy en zona con billete al Infierno es un Zaragoza --si gana el Racing-- que es un muñeco, carne de cañón si no cambian mucho las cosas. Esa es la realidad, porque el equipo, más intenso que en otras tardes, volvió a demostrar su enésima ración de impotencia, su escasez de gol, de fútbol, de recursos. El Athletic se limitó a esperar su momento y Muniain fue el encargado de verlo para que el conjunto vasco hundiera aún más al zaragocista. Si eso es posible, claro.
El partido solo dejó la buena noticia del regreso de Diogo. El resto fue una sucesión de sensaciones macabras, un escalofrío de lo que es el equipo a estas alturas. Mostró el divorcio de la grada y de la directiva y a un entrenador que comenzó el partido ya destituido, y aclamado, pero que al fin y al cabo solo ha firmado tres victorias en 16 partidos oficiales. Marcelino no logró que su equipo funcionara, una culpabilidad que está ahí, porque ha tenido una plantilla limitada, con remiendos y con una falta de gol que es una enfermedad galopante, aunque no lo son menos la poca capacidad de creación en la medular y el pobre nivel defensivo. Hace falta ayuda, refuerzos, sobre todo en ataque, porque por lo menos queda tiempo, 24 jornadas por delante. Es el único consuelo ahora.
MÁS ENCHUFADOS El Zaragoza salió más enchufado que otros días, que en Mallorca, por ejemplo, lo que no habla bien de la actitud de los jugadores en otras tardes. Con Arizmendi como pareja de ataque de Lafita el equipo tuvo más presencia arriba y también mayor concentración defensiva, sobre todo por el flanco de Pavón, aunque fue Diogo, ovacionado varias veces, quien más sensación de fortaleza dio cuando ha pasado 19 meses de baja. Así de enfermo está el conjunto zaragocista, donde Lafita es un llanero solitario que va a acabar algún día desesperado. Si no lo está ya.
El duelo fue tan intenso como espeso, un choque bravo en fuerza y nulo en fútbol en el primer acto. El Zaragoza puso todo lo que tenía, pero eso es tan poco ahora... Le dio para rozar la ventaja al final de la primera parte, en un concurso de disparos al muñeco entre Lafita y Jorge López, pero el gol no llegó. Cuesta tanto en este equipo que lo haga...
El técnico se la jugó con la salida de Ander y el paso de Jorge López al medio. La versión más ofensiva tampoco dio para mucho, para algún centro de Pennant y para apariciones de un voluntarioso Ander. Eso sí, el único peligro fueron dos disparos de Jorge López, tremendamente desacertado, por cierto. Caparrós vio entonces el momento y señaló a Muniain para quitar a un Llorente al que Pavón ató en corto. El joven delantero atrapó una mala salida de López Vallejo para poner el balón a San José, que no falló, algo que sí hizo Arizmendi, solo ante Iraizoz en un remate de cabeza con todo a favor.
Marcelino aún puso más madera con la salida de Ewerthon, pitado al entrar y bastante pasota sobre el césped. Nada nuevo lo segundo. El Zaragoza, ya por entonces, era la viva imagen de la ansiedad y de la precipitación. Ponzio sacó un balón a Susaeta, que no perdonó después a pase de Munian. El gol de Diogo cerró de forma anecdótica un pleito donde el Zaragoza, para el que no lo hubiera visto ya, se dio de bruces otra vez con su propia realidad, con un equipo que no funciona y que es la imagen de la impotencia y de la incapacidad. Por eso hoy puede dar con sus huesos en la zona de descenso. En la UVI ya está desde hace tiempo.
FUENTE: S.Valero (EL PERIODICO DE ARAGON)