
El vergonzante varapalo recibido anoche en Madrid por el zaragocismo no es algo extraño ni casual. Al contrario, la histórica goleada encajada en Chamartín era una posibilidad barajada por muchos seguidores blanquillos antes del choque, seguramente abatidos y desmoralizados por el estado de descomposición general que se aprecia en los últimos tiempos en el Real Zaragoza. El Real Madrid abusó anoche del once aragonés sin despeinarse, a ritmo de entrenamiento, gustándose en cada lance sin hallar rival. Marcó 6 goles como pudo haber marcado 12. Los que hubiese necesitado ante un grupo de muertos a los que solo ven con vida quienes les gobiernan, en una actitud que cada vez parece más paranoica según pasan las semanas.
El partido del debut de Gay, la primera cita sin Marcelino en el
banquillo, resultó un calvario insoportable para el zaragocismo, un
oprobio de imposible digestión para quienes sientes estos colores desde
la cuna, a lo largo de décadas de una normalidad que hace tres años y
medio que en este club se ha perdido irremediablemente.
En 2 minutos, los merengues ya ganaban 1-0. En media hora, lo hacían por 4-0. Cada llegada al área aragonesa era gol o una ocasión clarísima de los de Pellegrini. Tras el descanso y sin que el Zaragoza diera muestras de volver a la vida jamás, enseguida llegó el quinto. Y, al poco, el sexto. Aquello se hizo muy largo entre taconazos, espuelas, dejadas y demás suertes para la galería de unos suficientes madridistas que la gozaron antes de irse de vacaciones. Y todavía habrá algún osado que busque atenuantes, excusas o justificaciones ante este nuevo episodio de insolvencia de un equipo que huele a lo peor.
Diogo fue un coladero ante un inspirado Marcelo, al que apoyó Arbeloa en múltiples ataques ante la complacencia de los medios Aguilar y Ander Herrera, que intercambiaban inútilmente sus posiciones en el trío de volantes. Ayala y Pavón, sobre todo el argentino, se mostraron como dos tractores con diésel agrícola ante las llegadas de Higuaín, Van der Vaart, Cristiano Ronaldo y, al final, Benzema y hasta Raúl. Y Paredes tembló como un flan cada vez que veía venir a la estrella portuguesa o a su compinche de banda Sergio Ramos. Con ese dibujo de la defensa ya era suficiente para pedir la extremaunción a mitad del primer tiempo, pero la acuarela negra del Zaragoza fue mucho más amplia. Ponzio y Aguilar fueron bailados en la línea de medios por los dos Diarra, a los que Marcelo y Van der Vaart se sumaron con diversos destellos para destrozar la supuesta solidez que tendrían que aportar los dos sudamericanos al eje zaragocista. Además, Ander Herrera, estrenando puesto a la carta en posición de cerebro y sin pisar la banda, fue un objeto sospechoso la mayor parte del tiempo y, como es hábito, pasó más tiempo en el suelo que de pie.
Y qué decir del hipotético trío de delanteros. Pennant, desaparecido por completo. Lafita, aislado en la izquierda, sin suministro de víveres, abocado a morir por inanición. Y Arizmendi, torpe y atribulado en su soledad, pura anécdota en el transcurrir del juego, como los sustitutos Ewerthon, López y Braulio.
Dejo para el final la cita al portero en este festival de goles que la afición madridista celebró a costa del que lleva camino de ser, posiblemente, el peor Zaragoza de la historia. Gay puso a López Vallejo en la puerta pese a que fuerzas internas abogan porque Carrizo sea el arquero titular de manera inminente. Era un día peligrosísimo para que el argentino retornase a los palos, como al final se constató, y mejor era exponer al ridículo al navarro. Ahora, la vuelta del sudamericano está más justificada y llega limpia de goles desde que él encajase el otro ‘6’ de la temporada en el Camp Nou a manos del Barcelona. Vallejo nada pudo hacer para parar la avalancha rival ante la blandura que tenía delante.
Por más que enfrente estuviera el Real Madrid, lo de ayer fue la enésima muestra de que esto es lo que hay. Ni más, ni menos. Un equipo candidato a volver a Segunda División, al margen de quién lo dirija en el banquillo. El equipo, este deficiente elenco de futbolistas que los responsables del área deportiva montaron durante el pasado verano, mostró un día más que su encefalograma futbolístico es ya casi plano y que la defunción deportiva es solo cuestión de tiempo si no llegan fichajes en cantidades relevantes. Los futbolistas, cada día que pasa, parecen creer menos en todo.
Dio igual que Marcelino ya no estuviese en el banquillo. Dio lo mismo que Gay y su método, con un vistoso 4-3-3 táctico sobre el césped, haya llegado con todas las ganas del mundo de hacerse un hueco en la élite y en la historia zaragocista contemporánea. Dio igual que algunos pensaran que los males se iban a aliviar con la simple medicina de fumigar al contestatario e inmanejable entrenador asturiano. El tradicionalmente inaccesible partido de Madrid desnudó, un día más y con más contundencia que nunca, las carencias, impotencias, debilidades, incorrecciones y vergüenzas de un Zaragoza tremendamente escaso para andar por la Primera División con algo de solvencia y lozanía. La mayoría lo sospecha desde agosto. Muchos otros lo han ido asumiendo con el paso de septiembre y octubre. En noviembre, un paquete de los crédulos también se convirtió al escepticismo. Y, ahora en diciembre, parece que solo Poschner, Herrera, Prieto, Agapito y compañía siguen pensando que esta plantilla está para ubicarse entre los diez primeros clasificados en la Liga española. Si, al margen del marcador (que la inmensa mayoría pensaba que podía e iba a ser adverso), los dirigentes zaragocistas confiaban en ver una imagen distinta de este Real Zaragoza, probablemente se sientan decepcionados. Si algo cambió anoche, fue a peor. Por el bien de todos, será mejor que se sientan asustados. Tanto como lo está el resto de la afición.