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El día de la tormenta perfecta, Xynthia para los amigos meteorólogos, lo que verdaderamente resultó perfecto fue el partido que ejecutó el Real Zaragoza en el campo del Getafe. El mejor en mucho tiempo fuera de La Romareda, justo en el momento en el que más lo necesitaba el equipo. Un triunfo incontestable.
Gay había pedido durante la semana implicación de todos sus
jugadores en el campo, sin excepción alguna. Y lo había hecho para los
90 minutos del choque. Advirtió que no quería volver a ver una salida
fría del vestuario, esas clásicas y letales pájaras que tantos
disgustos y derrotas han provocado en los primeros minutos de los
encuentros jugados este año. Y, por una vez (ya era hora), los
jugadores le respondieron literalmente y con una aplicación impecable.
A los dos minutos, el Zaragoza ya ganaba 0-1. Antes del minuto 20, ya
tenía contabilizado el 0-2. El Getafe, un rival peligroso en casa como
pocos (había ganado 7 de los 11 partidos disputados en su campo), quedó
roto en mil añicos y a merced de los aragoneses hasta que el árbitro
pitó el final del duelo. En definitiva, el Zaragoza restañó las heridas
que había provocado el desastroso partido del domingo pasado ante el
Sporting en La Romareda y logró dibujar una sonrisa de satisfacción
entre su afición como hacía tiempo que no lograba: con solvencia,
poderío y superioridad en todas las facetas del juego.
La primera parte fue para guardar en la retina. Ideal. Propia
del mejor de los sueños. Arriba, dos goles anotados en cuatro disparos
a puerta. Una rentabilidad extraordinaria gracias al goleador Suazo,
esa máquina de anotar goles en Chile y México que, por ahora, aquí
había brillado más por asistir al juego combinativo que por disparar a
puerta. Y atrás, un señor portero, el debutante Roberto Jiménez, que
con dos paradones impresionantes tras los remates de Parejo -de falta
directa- y Soldado -a bocajarro- explicó a su compañero Carrizo lo que
es sumar para un equipo desde el delicado puesto de guardameta.
En medio campo, Gay había dado forma a una alineación
sorprendente que se guardó bajo la manga durante la semana. Edmilson
sentó a Colunga (el asturiano ni siquiera salió ayer al campo en los
cambios) y el entrenador adelantó a Ander Herrera a la media punta, por
detrás de Suazo. Ahí, la fluidez del juego no fue quizá la que se
desea, pero al menos esta rectificación táctica generó el dato más
positivo de la tarde en el apartado ofensivo: Suazo bajó menos a la
medular y se centró sobre todo en pisar el área y en ser el ariete de
referencia. Es decir, a cubrir el rol para el que fue contratado. Y sus
dos goles (pudieron ser tres si no llega a fallar uno sin portero en el
último minuto) lo acreditaron ayer como el matador que ha sido en
Sudamérica durante más de un lustro.
Ayer todo salió de cara, casi todo se hizo bien. Cuando el rival
regaló un gol de manera infantil e inusual (qué mal estuvo toda la
tarde Cortés, lo que le costó irse a la ducha en el descanso), el
Zaragoza supo sacar provecho de la donación. Son detalles que ganan
puntos, que muestran madurez. Si el adversario intentaba la reacción a
balón parado o en animosos ataques con balones colgados al área (14
córners lanzaron los azulones), allí había un portero que con sus
acciones brillantes sujetaba el marcador a favor e impedía el volteo de
la tendencia del partido en los momentos decisivos.
Al descanso, el público getafense despidió con pitos a los suyos
porque, como todos los que estábamos en el estadio, apreciaron un
rendimiento muy deficiente del bloque de Míchel. El Getafe fue ayer, en
efecto, un desastre colectivo. Mal atrás, regalando gol y medio (esta
última porción la desaprovechó Ander Herrera en el minuto 45 al
estrellar contra el poste un regalo de Rafa similar al que patrocinó
Cortés a Suazo en el 0-1). Y peor en medio campo y en punta, donde los
'jugones' Casquero, Pedro León y Soldado no aparecieron jamás en su
mejor versión. Solo se vio algo a Manu del Moral y al tanque Boateng;
muy poca cosa.
Ahí estaba la discusión mientras se esperaba el inicio del
segundo periodo. En Getafe achacaban ese catastrófico rendimiento de
los suyos a una tarde horrible de sus hombres más desequilibrantes.
Pero, desde el prisma zaragocista, el desastre madrileño estuvo
generado en su mayor parte por la magnífica primera mitad que redondeó
el equipo de Gay a la que, después, se añadió una segunda fase mucho
más conservadora (motivos había para que así lo fuera) en la que se
actuó con mucho criterio e inteligencia.
Entre los dos grandes polos del equipo (ese decisivo portero y
ese certero delantero goleador), ayer hubo una defensa sólida, que supo
ayudarse cuando se produjeron fallos puntuales en alguna de sus piezas
(que también los hubo). Contini, supremo, retornó a su papel de jefe y
mandamás de la línea. Amedrentando rivales, jugando con su moral y su
orgullo y capitaneando alguna algarada global para señalar a los
getafenses quién mandaba allí. Con menos grados de jerarquía pero
igualmente serios, ayer se vio una buena versión de los laterales
Pulido y Ponzio (buen partido del argentino en un día de muchos riesgos
con Pedro León y, después, Pedro Ríos) e, incluso, del checo Jarosik,
lento hacia atrás, pero listo y veterano al corte y en la basculación.
Quizá donde menos brilló el equipo fue en la medular. Edmilson, Gabi,
Herrera, Eliseu y Arizmendi, cada uno en su zona, hicieron un desgaste
importante, pero con un resultado mucho más mate que el resto de
colegas. No obstante, la mezcla de todos los ingredientes generó la
mejor puesta en escena del aún experimental Zaragoza de Gay.
Son tres puntos que, otra vez, abren la puerta de la esperanza
y, sobre todo, evitan la depresión. Ayer, al sur de Madrid, el Zaragoza
hizo de Xynthia, la tormenta perfecta. Fue un vendaval al inicio y un
chaparrón de seriedad y cuajo en la recta final. Felicidades.