
El Real Zaragoza vence por tres goles a cero al Valencia, en un partido jugado con intensidad y entrega.
Esta era la particular final de Champions que afrontaba el Real Zaragoza en la búsqueda de la permanencia en Primera, según anunció José Aurelio Gay en la víspera del encuentro, y sus jugadores se comportaron como si de tal cita se tratara. Desplegaron una intensidad y un coraje que habían quedado enterrados unos días antes, en Almería. Pero en esta ocasión, exhibieron una disposición irreprochable, en una exposición de fútbol generosa, franca, sin que cupiera reserva. La dedicación destinada a la empresa, que no era sencilla en ningún caso, terminó por transformarse en una goleada al Valencia.
Es cierto que el rival se empleó en La Romareda sin Villa ni Silva en su vanguardia. Tampoco estuvieron Albelda, Baraja o Marchena en el centro del campo, y atrás Unai Emery debió amoldarse a las circunstancias ante las ausencias del portugués Miguel y de Mathieu. Pero nada de esta relación resta valor al triunfo local, basado en méritos propios, no en dejaciones de función o en un liberal dejar hacer por parte del rival, que aspira a la auténtica Champions.
Gay regresó a sus planteamientos más conocidos, a los nombres comunes en sus alineaciones y a la disposición táctica que más provecho le ha producido desde que tomó la dirección deportiva del proyecto. Exigido por la crítica y, sobre todo, por la mala experiencia vivida en el estadio Juegos del Mediterráneo de Almería, volvió sobre sus pasos, en una postura de apariencias prudentes al primer golpe de vista. El partido le dio la razón, casi una razón absoluta. Obtuvo el fruto y la gloria de un triunfo ante un grande de la Liga.
La contienda se cerró en la grada con una fiesta. Corrió la ola por los anfiteatros y se corearon nombres de varios futbolistas locales, en una hermandad entre equipo y afición que, desde luego, puede hacer más fuertes a los hombres de Gay. De este tipo de encuentros se alimenta el espíritu colectivo, que tuvo ayer algún nombre propio.
La presencia de Contini, fundamental
La presencia de Marco Contini la agradeció
todo el equipo, no sólo la línea de defensa, donde también brillaron
Carlos Diogo y Jiri Jarosik, ambos goleadores. Con el transalpino en el
eje de la retaguardia se ganó en carácter, en firmeza, en personalidad,
en seguridad, en todos aquellos aspectos que cohesionan a un bloque y lo
arman desde su base. El liderazgo que ejerce Contini dentro del terreno
ha cobrado en unas pocas semanas un peso manifiesto. Es la voz que
manda. Anoche firmó un encuentro memorable. Zaragoza necesitaba un
temperamento de este estilo y por fin parece que lo ha encontrado.
Gerhard Poschner, el director general, se empeñó en buscarlo durante la
revolución de invierno y con la primavera recién iniciada comienza a ser
evidente a ojos de todo aquél que quiera verlo.
El gol anotado por Carlos Diogo cuando se aproximaba la conclusión de la
primera mitad significó la concreción de los méritos adquiridos por
parte del conjunto aragonés. Durante ese tiempo creó más fútbol y llegó
al área rival con intenciones mejor definidas. Zigic, por su sola
estatura, y una incorporación vertical de Mata fueron los mayores
riesgos padecidos. Roberto dio respuesta cuando fue preciso y la fortuna
evitó que uno de los remates del gigante serbio encontrara el destino
que pretendía.
Durante ciertas fases dio la impresión de que los mayores contratiempos
podían llegar de parte de Paradas Romero, un árbitro arbitrario y de
escaso rigor. Alteró por medio de su desvarío a la grada de La Romareda,
que le dedicó pañuelos, pitos y lenguaje duro; pero no desvió al equipo
aragonés hacia sendas equivocadas. En este sentido, no importó en
exceso que escamoteara un palmario penalti cometido sobre el ‘Chupete’
Suazo, cuando el chileno se disponía a disparar con todo a su favor. El
Real Zaragoza siguió en lo suyo, en su empeño, que no era otro que ganar
en primer término la batalla del centro del campo y la trama del
encuentro como consecuencia derivada. La expulsión de Zigic poco antes
de acudir al descanso terminó por aclarar el horizonte.
Frente a diez jugadores durante la segunda parte, el Real Zaragoza saltó
al césped decidido al liquidar cualquier debate de fondo. Amenazó Suazo
y concretó poco después Arizmendi, despejando cualquier interrogante
que se pudiera plantear. Con esa ventaja nítida, el Real Zaragoza aún
creció algo más, al mismo tiempo que el equipo de Emery se entregaba a
la suerte definitiva del partido.
Jarosik, con un remate a la salida de un córner, terminó por cerrar el
partido con marcador de goleada. A partir de ahí, el Zaragoza navegó con
el favor de la corriente. Dejó que las cosas transcurrieran dentro del
orden que quiso. Sus jugadores guardaron bien el balón en el centro
mediante apoyos cortos y constantes, de la misma manera que se cerraron
bien. Alguna internada por la banda de Joaquín y Pablo Hernández provocó
que el músculo de Contini y la defensa se tensara al máximo, mas esos
lances nunca terminaron por convertirse en algo de interés para el
equipo valenciano.
Emery, sin la convicción necesaria, hizo cambios; pero tuvieron un
aspecto más formal que de contenido. Ni Vicente ni Baraja le aportaron
tramas nuevas o giros inesperados. El partido tenía un dueño, el Real
Zaragoza, que no dejó que se le fueran de las manos las riendas. Una vez
que las tomó, siempre las tuvo bien sujetas y cortas. Sólo fue cuestión
de dejar correr el tiempo para que se produjera el triunfo que era
necesario desde diferentes perspectivas: desde la inmediata, que atañe a
la clasificación, a la más honda, que hace referencia a las creencias
relativas al modo en que discurrirá el futuro.
FUENTE: José Miguel Tafalla (HERALDO DE ARAGON)