
Quizá la plantilla del Real Zaragoza sepa algo que el resto del mundo desconozca y el equipo pueda permitirse el lujo de bajar el listón de la exigencia hasta niveles ínfimos en Pamplona para cosechar una derrota tan dolorosa como justa. O quizá sientan como seguro que el miércoles van a ganar al Mallorca. Hay colchón de puntos, sí, todavía seis concretamente, y parece que los tres de abajo van a ser incapaces de dar guerra en la lucha por la permanencia. Parece, leen bien, porque no está escrito en ningún lado que la continuidad en la élite esté ya sellada para el conjunto zaragocista, que en un alarde de inconsciencia, o como mínimo de indolencia, se paseó sin tensión ni intensidad por el Reyno de Navarra como si le fuera muy poco en el partido para permitir que Osasuna le superase de forma holgada, incluso con un marcador hasta corto.
Ganar este derbi hubiera supuesto una alegría doble para la afición blanquilla, que tanto ha padecido en este curso. Hasta triple. El enemigo es especial, vencerle en su feudo, donde el Zaragoza es recibido de manera tan hostil, tomarse la revancha de la primera vuelta y que ese botín suponga un paso de gigante para seguir en Primera tras una jornada con marcadores perfectos para los zaragocistas son, en teoría, argumentos muy sabrosos para afrontar el duelo con la misma intensidad que hubo ante el Valencia y el Málaga. Ni de lejos. El Zaragoza ni soñó con lograr la tercera victoria consecutiva, fue una caricatura apática, un error que en el fútbol se castiga normalmente con derrotas. La cosechó el equipo de Gay para regocijo de Osasuna, que se sintió ya salvado con este triunfo. Así se celebraron en el Reyno los tres puntos mientras el zaragocismo tiene razones para un cabreo monumental con su irregular equipo de la segunda vuelta. En la primera era casi siempre mediocre, ahora lo es en ocasiones. En Pamplona desde luego que lo fue.
Gay se decidió por Jorge López y no por Abel Aguilar para sustituir la baja de Ander, al que el Zaragoza echó de menos en Pamplona. Ya pasó en las derrotas ante el Villarreal y el Sporting, en las que tampoco estuvo. La apuesta por el riojano salió mal, como se preveía, porque hace tiempo que este jugador no aporta lo que se puede esperar de él y, sobre todo, porque el equipo salió dormido. Como en el Sánchez Pizjuán, en el Calderón, en Mestalla, en Cornellá, en el Bernabéu o en el Madrigal en la primera vuelta. ¿Se acuerdan? Muchos goles nada más empezar, una colección a la que se añade el de Aranda. Ni un minuto había pasado cuando Sergio lanzó un despeje en largo, Contini dudó y el ariete osasunista marcó de sutil vaselina.
El Zaragoza no reaccionó tras el gol. Mantuvo el ritmo lento, el espíritu apagado, solo quebrado por algunos ramalazos de dureza. Dar alguna patada a destiempo no es sinónimo de intensidad y concentración. Al contrario... La mala primera parte transcurrió por el cauce que quiso un Osasuna flojo y nervioso, pero aún así mejor que el Zaragoza. Aranda mandó un balón al palo y Roberto evitó el gol en el disparo posterior de Camuñas. Ahí tuvo la sentencia Osasuna, mientras el equipo zaragocista era blando atrás, con un paupérrimo Diogo como estandarte, sin fútbol en el medio y no tenía mordiente arriba, ya que Suazo vivía desconectado de cualquier síntoma de vida.
DOMINIO ESTÉRIL Aranda aún tuvo otra mediada la primera parte y Osasuna, comandado atrás por un Sergio poderoso y afilado en las bandas por Camuñas y Juanfran, se fue al descanso con la sensación de haber dejado escapar vivo a un Zaragoza en el que solo Arizmendi dispuso de una ocasión y la mandó a las manos de Ricardo. La segunda parte no cambió en demasía el panorama. Tuvo más el balón el equipo zaragocista. Otra cosa es que supiera qué hacer con él.
Osasuna aún lo puso más fácil tras el descanso. Y el Reyno, que sabe de la debilidad de su equipo como local, hasta temió por la victoria. Dos disparos lejanos de Ponzio y Gabi fueron el escaso bagaje del dominio del conjunto zaragocista, al que las entradas de Colunga, Pennant y Abel Aguilar no mejoraron. Al contrario. Al final y con diez por la absurda expulsión de Rúper, avisó Masoud y paró Roberto, que no pudo con el lejano disparo de Vadócz, que sentenció el pleito y firmó el justo castigo a la apatía.
FUENTE: Santiago Valero (EL PERIODICO DE ARAGON)