domingo, 02 de mayo de 2010

             

El Zaragoza logra un vital triunfo en Riazor gracias a la seguridad de Roberto y al acierto de Colunga.

Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió hace dos años por estas fechas, los dioses parecen querer que el Real Zaragoza permanezca en Primera División. Solo así se puede analizar el vital triunfo que logró el equipo blanquillo ayer en Riazor, fraguado a través de un tanto de Adrián Colunga nada más iniciarse la segunda parte en lo que sería el único disparo a puerta de los zaragocistas en todo el partido.

A este rotundo dato, que habla bien a las claras del escasísimo afán ofensivo que, un día más, desarrolló ayer el Zaragoza en tierras gallegas, se le han de añadir más detalles de peso que desembocan en la inevitable catalogación de milagro a la hora de clasificar este magnífico 0-1 cosechado en La Coruña por los hombres de Gay.

El primero tiene nombre propio: Roberto Jiménez. Por enésima vez. En efecto, al portero madrileño va a haber que ponerle una calle o plantar un busto de bronce con su figura en la tribuna de La Romareda si el equipo acaba evitando el descenso a Segunda. Otra vez, y van muchísimas, sus paradas y su seguridad por alto y bajo palos fueron decisivas para sujetar, primero el 0-0 inicial, y en la recta final del choque, para consolidar los tres puntos a través del tanto del veloz Colunga, que hubo que defender durante casi medio encuentro.

Además de Roberto, esta vez el Zaragoza contó con un defensa de lujo más en su línea de zagueros: el larguero. Con el guardameta batido, a falta de 10 minutos, el recién salido Añón cabeceó a bocajarro un centro de Adrián y, con todo a favor y el público cantando el empate, la pelota se estrelló en el travesaño y no entró.

La fortuna, esa deidad caprichosa e insobornable que cada día y cada hora rodea la vida de cada persona y cada colectivo para bien o para mal, fue sin duda ayer en Riazor la mejor aliada del equipo aragonés. Gracias a ella, a estas horas el zaragocismo puede soñar con seguir en la elite del fútbol español dentro de dos semanas, cuando esta pesadilla de temporada concluya por fin.

Porque, de momento, solo sirve para eso: seguir respirando en la dura huida del vagón de la muerte en el que nadie tiene aún plaza fija, ni siquiera el colista Xerez.

Es un fin de semana para reflexionar. Para no lanzar las campanas al vuelo, para no caer engañados por el efecto espejismo. Y, cuando se tenga claro todo esto (conviene que todo el mundo lo asuma), para intentar rectificar urgentemente las carencias del equipo si no se quiere jugar con fuego ante el Espanyol -el miércoles en La Romareda-, el Xerez -el próximo fin de semana en Chapín- y el Villarreal, en el último capitulo del torneo dentro de quince días. Alguien debería pensar que, si ayer la moneda cayó de cara en Riazor, cualquier otro día, jugando así de mal, puede ocurrir al revés y el disgusto y las consecuencias pueden ser irreversibles.

Dio grima durante muchos minutos observar la languidez del fútbol del Real Zaragoza. La primera parte resultó insoportable, incalificable para un equipo que se está jugando la vida y el futuro. Mucho más si se tiene en cuenta que, enfrente, había un rival sin tensión, sin gasolina, sin estímulos. Un Dépor con ocho bajas, con cuatro chicos del filial en su once inicial (Rochela, debutante). Con un ritmo de juego a cámara lenta, sin ningun tipo de exigencia para los nerviosos zaragocistas.

Ni aun en este escenario tremendamente favorable, los de Gay supieron mandar en el juego ni llegar al área rival con cierto poderío y ambición. El Zaragoza es un equipo agotado mentalmente dentro de su segunda fase de maduración de la temporada, la que se generó en enero con la llegada de los 7 refuerzos invernales. A los pupilos de Gay, la Liga parece hacérseles un mes más larga de lo deseable.

Tras el descanso, y salvo el aislado lance del gol de Colunga tras un grandioso pase al hueco de un activo, voluntarioso y presionado por el público Ángel Lafita, todo fue más de lo mismo. No hay combinación en medio campo. No hay salida del balón por las bandas. No hay incorporaciones al ataque de la gente de la línea media. No hay pasadores, ni receptores. Por momentos, no hay nada de nada. Todo es un flotar sobre el césped a merced del rival, aunque este sea un grupo fofo y desmotivado como fue ayer el Dépor.

Habrá que dar gracias 'in eternum' a Lotina por plantear el partido tan blandito como lo planteó. Con chicos del filial. Como banco de pruebas para el año que viene. Los Rochela, Raúl, Iván, Lassad, Añón... están a años luz del nivel que requiere hoy por hoy la Liga española y, mucho más, todos juntos sobre el campo. Por eso, cuando el Dépor buscó con mayor ahínco remontar el 0-1 adverso en la recta final del partido y el técnico vizcaíno puso en el campo al veterano Valerón y al internacional sub-21 Adrián, el cuadro gallego creció enseguida y metió atrás a un timorato Zaragoza que se asustó preocupantemente.

Si se hace un rápido repaso a las clarísimas ocasiones falladas por los locales, cualquiera colige de inmediato que lo de ayer en Riazor fue una aparición divina. Además del larguero de Añón a quemarropa, ese otro remate de espuela de Juan Rodríguez en la primera mitad, a un metro del palo tras un pase atrás de Iván, que se marchó fuera por milímetros. O ese balón que Riki robó a un lamentable Pablo Amo y que luego remató fuera rozando el poste. U otra pelota que Valerón sirvió al mismo Riki para dejarlo delante de Roberto, que hizo el paradón de la tarde al evitar el 1-1. Hasta en el minuto 90, Rodríguez pudo marcar tras un córner cerrado que nadie despejó y que no llegó a tocar el coruñés con la puerta vacía.

En verdad, el de ayer es de los triunfos más oportunos, más a tiempo y, a la vez, más afortunados que uno ha vivido en los últimos muchos años siguiendo al Real Zaragoza. Bienvenido sea. Era una necesidad acuciante y el método para obtenerlo era cuestión secundaria durante los 90 minutos de juego. Y eso ya está escriturado. Los tres puntos de ayer nadie se los va a quitar ni a discutir al Real Zaragoza. Son suyos, para siempre. Lo que quedará para la historia es el 0-1, el final extremadamente feliz, los abrazos de todos los zaragocistas cuando Álvarez Izquierdo pitó el final. Pero quedan aún tres asaltos más para lograr la vida y, por eso, el retrogusto de lo visto ayer en Galicia obliga a una urgente revisión. Jugando así de mal, será difícil que los marcadores seán tan buenos como el de ayer. El futuro sigue pendiendo de un hilo.

 

FUENTE: Paco Giménez (HERALDO DE ARAGON)


Publicado por MartinHernandez @ 10:54  | Real Zaragoza
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