
A este rotundo dato, que habla bien a las claras del escasísimo afán ofensivo que, un día más, desarrolló ayer el Zaragoza en tierras gallegas, se le han de añadir más detalles de peso que desembocan en la inevitable catalogación de milagro a la hora de clasificar este magnífico 0-1 cosechado en La Coruña por los hombres de Gay.
El primero tiene nombre propio: Roberto Jiménez. Por enésima vez. En efecto, al portero madrileño va a haber que ponerle una calle o plantar un busto de bronce con su figura en la tribuna de La Romareda si el equipo acaba evitando el descenso a Segunda. Otra vez, y van muchísimas, sus paradas y su seguridad por alto y bajo palos fueron decisivas para sujetar, primero el 0-0 inicial, y en la recta final del choque, para consolidar los tres puntos a través del tanto del veloz Colunga, que hubo que defender durante casi medio encuentro.
Además de Roberto, esta vez el Zaragoza contó con un defensa de lujo más en su línea de zagueros: el larguero. Con el guardameta batido, a falta de 10 minutos, el recién salido Añón cabeceó a bocajarro un centro de Adrián y, con todo a favor y el público cantando el empate, la pelota se estrelló en el travesaño y no entró.
La fortuna, esa deidad caprichosa e insobornable que cada día y cada hora rodea la vida de cada persona y cada colectivo para bien o para mal, fue sin duda ayer en Riazor la mejor aliada del equipo aragonés. Gracias a ella, a estas horas el zaragocismo puede soñar con seguir en la elite del fútbol español dentro de dos semanas, cuando esta pesadilla de temporada concluya por fin.
Porque, de momento, solo sirve para eso: seguir
respirando en la dura huida del vagón de la muerte en el que nadie tiene
aún plaza fija, ni siquiera el colista Xerez.
Es un fin de semana para reflexionar. Para no lanzar las campanas al
vuelo, para no caer engañados por el efecto espejismo. Y, cuando se
tenga claro todo esto (conviene que todo el mundo lo asuma), para
intentar rectificar urgentemente las carencias del equipo si no se
quiere jugar con fuego ante el Espanyol -el miércoles en La Romareda-,
el Xerez -el próximo fin de semana en Chapín- y el Villarreal, en el
último capitulo del torneo dentro de quince días. Alguien debería pensar
que, si ayer la moneda cayó de cara en Riazor, cualquier otro día,
jugando así de mal, puede ocurrir al revés y el disgusto y las
consecuencias pueden ser irreversibles.
Dio grima durante muchos minutos observar la languidez del fútbol del
Real Zaragoza. La primera parte resultó insoportable, incalificable para
un equipo que se está jugando la vida y el futuro. Mucho más si se
tiene en cuenta que, enfrente, había un rival sin tensión, sin gasolina,
sin estímulos. Un Dépor con ocho bajas, con cuatro chicos del filial en
su once inicial (Rochela, debutante). Con un ritmo de juego a cámara
lenta, sin ningun tipo de exigencia para los nerviosos zaragocistas.
Ni aun en este escenario tremendamente favorable, los de Gay supieron
mandar en el juego ni llegar al área rival con cierto poderío y
ambición. El Zaragoza es un equipo agotado mentalmente dentro de su
segunda fase de maduración de la temporada, la que se generó en enero
con la llegada de los 7 refuerzos invernales. A los pupilos de Gay, la
Liga parece hacérseles un mes más larga de lo deseable.
Tras el descanso, y salvo el aislado lance del gol de Colunga tras un
grandioso pase al hueco de un activo, voluntarioso y presionado por el
público Ángel Lafita, todo fue más de lo mismo. No hay combinación en
medio campo. No hay salida del balón por las bandas. No hay
incorporaciones al ataque de la gente de la línea media. No hay
pasadores, ni receptores. Por momentos, no hay nada de nada. Todo es un
flotar sobre el césped a merced del rival, aunque este sea un grupo fofo
y desmotivado como fue ayer el Dépor.
Habrá que dar gracias 'in eternum' a Lotina por plantear el partido tan
blandito como lo planteó. Con chicos del filial. Como banco de pruebas
para el año que viene. Los Rochela, Raúl, Iván, Lassad, Añón... están a
años luz del nivel que requiere hoy por hoy la Liga española y, mucho
más, todos juntos sobre el campo. Por eso, cuando el Dépor buscó con
mayor ahínco remontar el 0-1 adverso en la recta final del partido y el
técnico vizcaíno puso en el campo al veterano Valerón y al internacional
sub-21 Adrián, el cuadro gallego creció enseguida y metió atrás a un
timorato Zaragoza que se asustó preocupantemente.
Si se hace un rápido repaso a las clarísimas ocasiones falladas por los
locales, cualquiera colige de inmediato que lo de ayer en Riazor fue una
aparición divina. Además del larguero de Añón a quemarropa, ese otro
remate de espuela de Juan Rodríguez en la primera mitad, a un metro del
palo tras un pase atrás de Iván, que se marchó fuera por milímetros. O
ese balón que Riki robó a un lamentable Pablo Amo y que luego remató
fuera rozando el poste. U otra pelota que Valerón sirvió al mismo Riki
para dejarlo delante de Roberto, que hizo el paradón de la tarde al
evitar el 1-1. Hasta en el minuto 90, Rodríguez pudo marcar tras un
córner cerrado que nadie despejó y que no llegó a tocar el coruñés con
la puerta vacía.
En verdad, el de ayer es de los triunfos más oportunos, más a tiempo y, a
la vez, más afortunados que uno ha vivido en los últimos muchos años
siguiendo al Real Zaragoza. Bienvenido sea. Era una necesidad acuciante y
el método para obtenerlo era cuestión secundaria durante los 90 minutos
de juego. Y eso ya está escriturado. Los tres puntos de ayer nadie se
los va a quitar ni a discutir al Real Zaragoza. Son suyos, para siempre.
Lo que quedará para la historia es el 0-1, el final extremadamente
feliz, los abrazos de todos los zaragocistas cuando Álvarez Izquierdo
pitó el final. Pero quedan aún tres asaltos más para lograr la vida y,
por eso, el retrogusto de lo visto ayer en Galicia obliga a una urgente
revisión. Jugando así de mal, será difícil que los marcadores seán tan
buenos como el de ayer. El futuro sigue pendiendo de un hilo.
FUENTE: Paco Giménez (HERALDO DE ARAGON)