domingo, 24 de octubre de 2010

Messi y la desoladora pobreza de un Zaragoza solo más intenso hunden a un equipo en estado crítico.

En la crítica situación que vive el Zaragoza, dar un paso adelante en intensidad y en esfuerzo colectivo, sobre todo en la primera parte, es tan triste consuelo como escudarse en el arbitraje sibilino e inclinado hacia el rival que realizó Pérez Lasa. El Barcelona se llevó el triunfo de La Romareda porque está a años luz de un equipo zaragocista triste y sin fútbol, que es un barco a la deriva, colista y tras ocho jornadas sin ganar, y, sobre todo, porque Messi es un futbolista de otro planeta que viste de azulgrana y que gana partidos. La Pulga, con dos goles, ejecutó a un Zaragoza defensivo que volvió a quedarse en inferioridad porque Ponzio cometió una niñería que Dani Alves se encargó de sobredimensionar.

El Zaragoza es colista por muchos motivos. Le falta calidad y le sobran dudas, necesita más convicción y rebosa ingenuidad. Ante el Sporting, el Athletic, en el Calderón, contra el Málaga o en El Sardinero debió salir con la intensidad de ayer. No lo hizo. Ante este Barcelona ese recurso por sí solo no es suficiente. Y no lo fue. El equipo no ganó algunos de los partidos que podían estar a su alcance y la hazaña de doblegar a los azulgrana era pensar casi en un sueño, que por eso son sueños, muy difíciles de cumplir. La derrota anuda un poco más la soga al cuello de Gay. Por muy esperada que fuera, el Zaragoza suma tres puntos de 24 posibles, es colista y algo tiene que cambiar en este equipo. Nadie duda de que el técnico no es el máximo culpable, pero su crédito ya está agotado. Mestalla, con el paréntesis copero en Sevilla, puede suponer el final de su trayecto.

La Romareda, lejos del lleno pese a la visita del Barça, mostró su enfado con Agapito y los dirigentes, pero no tardó en enchufarse con un equipo que, como se esperaba, salió a darle el balón al rival, porque hay muy pocos equipos en condiciones de discutírselo a los azulgrana. El Zaragoza, desde luego, no. Con tres centrales y Diogo y Obradovic más pendientes de defender, lo mismo que los centrocampistas, las posibilidades locales pasaban por un único plan. Muy triste, eso sí.

Se trataba de aguantar, de sobrevivir al chaparrón azulgrana y aprovechar la ocasión, aunque en la combinación, en el fútbol, el Zaragoza estuvo tan mal como casi siempre. Ahí, su regularidad es total. Aun así, la ocasión la tuvo Braulio, tras un buen pase de Lafita --la lesión de Sinama en el calentamiento le situó en el once--, pero el canario controló bien y remató horrible. Que nunca tuvo gol es algo sabido. Jarosik, en un córner, obligó a que Valdes se ensuciara un poco los guantes. Esas dos acciones fueron el único bagaje ofensivo zaragocista en todo el partido. Muy poco, sí.

El Barça de ayer dista kilómetros de la seductora escuadra que ha tiranizado el fútbol español y europeo en las dos últimas campañas. Sin la brújula de Xavi y carentes de la vertiginosa fluidez de antaño, el conjunto de Pep Guardiola desfiló embutido en su versión más terrenal. Pero le sobró con aguardar los errores ajenos para recolectar un botín precioso que le mantiene en el apasionante pulso con el Real Madrid.

Es cierto que los jugadores zaragocistas ingresaron en el campo con una actitud bien diferente a la de hace una semana en San Mamés. Un mérito que contuvo el asalto culé durante casi toda la primera mitad. Pero poco más. En cuanto afloraron las carencias del colectivo local en forma de imperdonables desconexiones, el encuentro se transformó en un trámite para el enemigo. La infantil expulsión de Leo Ponzio o la pérdida de Ander Herrera que alimentó el primer gol catalán al filo del descanso, constituyen concesiones carísimas ante un contrincante tan talentoso.

Pérez Lasa incendió la grada con sus decisiones pero, basarse en la actuación arbitral para justificar la derrota, sería un acto estéril y mentiroso. José Aurelio Gay lo hizo en la rueda de prensa posterior, una prueba más de su inquietante deriva en las últimas semanas.

Sin un análisis más profundo y sincero, será imposible alcanzar el diagnóstico y las medidas adecuadas. La situación desesperada en que ha encallado el Real Zaragoza precisa de discursos realistas, alejados de ingenuos voluntarismos.

El panorama es desolador, tanto si se mira al palco como al césped. Las grietas que lastran al equipo son múltiples y, tal vez, irreparables.

FUENTES: Santiago Valero (EL PERIODICO DE ARAGON) - J. F. Losilla Eixarch (HERALDO DE ARAGON)


Publicado por MartinHernandez @ 11:46  | Real Zaragoza
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