
Un gol de penalti de Gabi sirve para que el Real Zaragoza logre el primer triunfo de la temporada y vea luz en el horizonte. En un partido escaso de brillo, los de Gay se cargaron de moral.
Hay vida ahí dentro. El
Real Zaragoza obtuvo, por fin, la primera victoria de la temporada
oficial en el campo del Betis. La Copa, la segunda competición del
curso, sirvió anoche al equipo aragonés para reconciliarse con el
triunfo y para poder soñar con una remontada en la Liga, donde la soga
aprieta cada vez más en el cuello de los blanquillos.
El partido, no hay que engañarse, no permite echar las campanas al vuelo
por su calidad. Pero, dadas las adversas circunstancias que se dan en
el día a día zaragocista, lo de menos son ahora las formas. Hasta la
segunda parte no apareció el equipo de Gay. La primera mitad pareció
sobrarle. Un hecho que, por momentos, desesperó al técnico blanquillo,
que no entendía tanta quietud en un duelo en el que hacía falta mostrar
una cara nueva, diferente, ambiciosa. Algo debió decirles Gay en la
caseta durante el descanso, después de la paupérrima primera mitad que
desarrollaron todos sus hombres, que actuó de banderillas negras, de
estímulo eficaz.
El Betis, con nueve suplentes (de los habituales, solo Emana e Iriney
estuvieron en el once inicial de Mel), había mostrado las ideas mucho
más claras que un Zaragoza en el que solo Edmilson, Pinter y Jorge López
eran caras nuevas respecto del último partido ante el Barça. Sin
ninguna brillantez, porque el partido tuvo un nivel muy escaso de
fútbol, los meritorios del cuadro bético volvieron a dejar en evidencia a
los Diogo, Obradovic, Lanzaro, Jarosik, Gabi, Lafita o Braulio, las
piezas base de este Zaragoza actual que, si no ponen los cinco sentidos
en cada lance, no están para plantar cara ni siquiera a un equipo de
Segunda cimentado sobre una alineación alternativa.
Por fortuna, a tiempo, todo cambió en el segundo
acto. A trancas y barrancas, de penalti, con más corazón que cabeza, el
Zaragoza acabó superando sus complejos, sus miedos, y se hizo merecedor
de un triunfo que le carga de moral en el momento de más necesidad de
los últimos tiempos.
Ese inicio del segundo periodo, con un Braulio incisivo, un Jorge López
más atinado en los pases, un Gabi más dinámico y un bloque más solidario
(con los laterales más implicados en atacar), dejó los mejores minutos
de fútbol ofensivo del Zaragoza en lo que va de temporada. Todo un
alivio de cara al exigente futuro que aguarda.
El triunfo fue, como no podía ser de otra forma, muy sufrido. El gol, se
marcó de penalti. Una pena máxima curiosamente clonada en tan solo 8
minutos. En el 53, Estrada Fernández no quiso pitar un contacto de
Isidoro con Braulio en un contragolpe llevado por el ariete canario. En
el 61, el árbitro sí que se decidió a castigar una acción gemela. Gabi,
con suspense, la colocó dentro del marco pese a que Casto estuvo a punto
de sacársela junto al palo.
De ahí en adelante, el Zaragoza sudó tinta para aguantar el primer éxito
del año. Rubén Castro, al que Mel sacó al campo en busca de un
revulsivo final, rozó el empate. En los últimos minutos, varios córners y
faltas volcadas al área zaragocista llenaron de sufrimiento los
corazones blanquillos. Juande pudo igualar en el 90. Ezequiel, en el
93, también anduvo cerca de romper el hechizo del primer triunfo, solo
en el área. Pero ahí estaba Doblas, un bético de alma que fue, un día
más, un santo para el necesitado Zaragoza.
La explosión de alegría que proporcionó el pitido final entre los
gualdinegros de Gay fue el colofón soñado hace días por todos ellos. Se
sabe ganar. Se sabe sufrir obteniendo el rédito necesario al término de
los 95 minutos de un rudo partido. Por encima del valor concreto del
marcador en la eliminatoria (que se pone muy de cara para pasar dentro
de quince días a los octavos de final), el 0-1 de ayer en Sevilla es una
inyección de vitaminas para el equipo más raquítico y anémico de la
Primera División.
El Zaragoza va a afrontar desde hoy de manera muy diferente a lo hecho
hasta ahora en Liga el partido de pasado mañana en Valencia. Ahora ya
sabe que es capaz de ser solvente. Ayer, en el Villamarín, progresó
ligeramente en su nueva colocación táctica, ese 5-3-2 propuesto por Gay
como último flotador en medio de la tempestad. Parece un método válido.
Pese a que, durante la primera parte, el Zaragoza volvió a mostrarse
atolondrado y deslabazado, supo venirse arriba y demostrarse a sí mismo
que tiene enmienda. Ahora, es momento de aprovechar el impulso. Y sin
tardar.
FUENTE: Paco Giménez (HERALDO DE ARAGON)