
El Real Zaragoza fue mejor que el Valencia y se adelantó en el marcador, pero no supo rematar al rival y patrocinó su empate. Lanzaro marcó los dos goles, el segundo en propia puerta.
Bien, pero no lo suficiente. Así actuó ayer el Real Zaragoza en
Valencia, mejorando sus prestaciones futbolísticas en todas sus líneas,
pero siendo todavía incapaz de terminar ganando un partido. El equipo de
Gay fue mejor que su renombrado adversario y firmó un primer tiempo
notable. Sobresaliente, incluso, en el primer cuarto de hora. El
problema final, lo que dejó un amargor tremendo en el ánimo del
zaragocismo, es que no halló el modo de consumar la perseguida y
necesaria primera victoria de esta tortuosa Liga.
El punto, en cualquier otra circunstancia, cotizaría más alto en el
mercado de valores del Real Zaragoza. Pero ahora urge ganar, es obligado
sumar de tres en tres cuanto antes. Y, por eso, pese a la progresión
evidenciada en el trabajo y la solvencia del equipo, predominaba anoche
el sentimiento de pesar sobre la alegría. En Mestalla se quedaron
perdidos en el limbo dos puntos que el cuadro aragonés mereció. Puntos
que ya no volverán por culpa de ese cúmulo de desgracias, yerros y
adversidades que siempre percuten en el hígado de quienes viven en el
agobio del fondo de la tabla.
Por primera vez en esta temporada, el Real Zaragoza dio la sensación de
ser un equipo de enjundia. Su inicio de partido, sus primeros 15
minutos, resultaron primorosos. Presionando arriba al Valencia,
robándole la posesión del balón, llegando al área en cada jugada,
disparando a puerta con peligro y mostrando una ambición hasta ahora
oculta. Fue, sin duda, lo mejor del Zaragoza en los dos últimos años
(incluyo toda la temporada pasada).
En ese tramo de partido, los de Gay debieron triturar al Valencia para
no dejarlo levantar. Marcó Lanzaro en la primera llegada, en una segunda
jugada tras un córner sacado por Lafita. El primer despeje de la zaga
local cayó en la frontal del área y Jarosik, que casi se estorbó con
Ponzio, colocó la pelota en el punto de penalti para que el italiano se
estrenase como goleador zaragocista en una acción bellísima a la media
vuelta, sin dejar botar el balón.
Con el Valencia grogui, Gabi probó fortuna desde lejos y estuvo a punto
de atinar. Lafita, en el minuto 10, tuvo un mano a mano a placer tras
una taconada de lujo de Braulio, pero Moyá le sacó la pelota con los
pies. En la siguiente acción, fue el ariete canario quien entró en el
área con todo a favor pero su chut cruzado lo volvió a salvar Moyá
desviando el balón a saque de esquina. Para rematar ese agobio constante
del Zaragoza, Jarosik puso un nudo en la garganta de los 'chés' al
cabecear fuera por centímetros ese córner que volvió a lanzar Lafita.
En 12 minutos exactos, el Zaragoza llevaba un gol y podía haber marcado 3
o 4 sin despeinarse. Mandando, templando y gustándose. En medio de la
exhibición, el Valencia solo pudo amagar a balón parado, eso sí, rozando
el gol al máximo: Ricardo Costa, en el minuto 5, cabeceó al palo una
falta lejana lanzada por Vicente al área de Doblas.
Mediada la primera fase, el Zaragoza decidió levantar el pedal. Al fin y
al cabo, los de Gay eran los dueños del timón y los locales bailaban al
son que tocaban los Gabi, Jorge López y, sobre todo, un soberbio
Lafita. El zaragozano bordó la primera fase del encuentro, abriendo
espacios, siendo la referencia en todos los contraataques, penetrando en
todas las direcciones y dando opciones de pase permanentemente a los
centrocampistas. Su labor como media punta fue espectacular antes del
descanso. Lástima de su error en el gol ante el portero valencianista y,
también, de que su despliegue físico no obtuviera mayor provecho con el
apoyo de sus colegas de contragolpes.
El partido entró en unos minutos de tregua que, en todo caso,
beneficiaban a quien iba por delante: el sorprendente y eficaz Zaragoza.
El 5-3-2 táctico, que ayer cumplía su tercera puesta en escena en
apenas una semana, dio de nuevo muestras de ser un método válido para
este apurado equipo. Y en ese tramo de partido se apreció que se le
puede sacar buen partido. Además de la gran labor de Lafita como
enganche, los laterales (ayer Diogo y Ponzio) se mostraron más
participativos y un pelín más adelantados en su punto de partida. Es
decir, lo sugerido por el entrenador en los últimos días. Gabi y Jorge
López, como correas de transmisión en las transiciones, también
alcanzaron buenas prestaciones.
Pero, cuando todo pintaba color de rosa, llegó la pifia de Lanzaro con
Doblas. Y, a tres minutos del descanso, fraguó el autogol del italiano
que regaló al Valencia un empate que, de ningún modo, había merecido. Un
centro frontal de Mata, sin peligro, fue peinado hacia atrás por
Lanzaro y superó la salida de Doblas mandando la pelota dentro del marco
ante la desesperación aragonesa. El portero la pidió, pero el
transalpino no reaccionó correctamente. Falta rodaje y 'feeling' entre
las piezas clave de un equipo tan de aluvión como es este. Nadie se
extrañe de cosas como esta.
La segunda parte fue un bajonazo en toda regla. De juego, de ideas, de
fortuna, de todo. Gay quitó a Pinter, el más flojito del grupo, y metió a
Ander Herrera, de nuevo suplente como en Sevilla. En principio un
cambio ambicioso, un gesto de valentía. Al final, por la rápida
expulsión del canterano, un movimiento inerte. El árbitro consideró que
cortó una contra de Mata sin opciones de llegar al balón, aunque la
entrada fuese lateral. Para entonces -minuto 20 de la reanudación-, el
Zaragoza ya había vuelto a las malas andadas. A perder la pelota
rápidamente, a carecer de prescisión en el pase. Lafita se agotó y
arriba ya no hubó pólvora. Los laterales se despistaron. Los medios se
perdieron. Braulio era una isla.
Menos mal que el árbitro, quizá con algún cargo de conciencia por la
extrema decisión de echar a Herrera minutos antes, no quiso ver penalti
en un derribo de Ponzio a Mata en el área de Doblas a falta de 14
minutos. Fue la única acción, junto con un fallo de cálculo del portero
zaragocista en un balón al segundo palo y un remate postrero de Aduriz
por encima del larguero, en la que el Valencia rozó el 2-1.
Al final, se sumó otro puntito y ya son 4. Menos da una piedra. Hay
síntomas de vida, pero la debilidad es aún digna de máxima preocupación.
Falta ganar.
FUENTE: Paco Giménez (HERALDO DE ARAGON)