lunes, 08 de noviembre de 2010

           

Gabi hace renacer a su equipo con un gol de penalti en el minuto 95 que derrite a La Romareda.

Se entiende que el Zaragoza estaba más muerto que vivo en el minuto 84, antes de que Bertolo se encontrara con ese balón dentro del área que, defensa mediante, se convirtió en gol. Se sabe que esa bocanada de aire mantuvo en pie al conjunto aragonés, agarrado a la fe, a la esperanza, hasta que llegó ese disparo de Gabi que acabó por estrellarse en el brazo de Martí cuando ya se acababa todo. Hasta la larga prolongación se terminaba. Paradas Romero se mantuvo inmóvil con la grada bramando durante un segundo eterno, mientras el capitán zaragocista, con gesto desencajado, casi enajenado, le urgía el castigo del rival. Hasta que el colegiado señaló con el dedo índice de su mano derecha el punto de penalti y La Romareda estalló de alegría. Algunos jugadores como Marco Pérez incluso celebraron con saltos y batir de puños el penalti que puede alterar el presente. Algo cambió, desde luego, sobre todo en el corazón. También en la tabla, donde ahora ve la zona de salvación a dos puntos. Y ya no es el peor.

Dos minutos después de que el árbitro dijera sí, tras la tarjeta al infractor, las protestas visitantes y las miradas de reojo de los zaragocistas, Gabi devolvía a su equipo a la vida. Volvió a latir el zaragocismo, apasionado, necesitado de un triunfo así, recogido de las migajas de otro desafortunado partido, con otro mal árbitro, con otro poste, con otro puñado de ocasiones falladas. Fue otra tarde de caras amargas, de angustia y desazón, pero con happy end.

Hubo momentos de arrebato en La Romareda. Cuando el árbitro señaló el penalti, la gente que abandonaba La Romareda camino de sus casas rumiando otro fracaso dio marcha atrás para formar una alborotada galopada. De repente, en unos segundos, se llenaron las bocanas de acceso. Las radios funcionaban, los gritos también. Carreras por las escaleras para apelotonarse en la zona trasera de los asientos, para asistir, de pie, a la resurreción zaragocista. Se abrazaron padres e hijos, hombres y mujeres, sobre todo desconocidos, que se aferraban por un sentimiento. Otros lloraban, en las gradas y en el césped. Una simple victoria de una jornada más de Liga para tantos. Un triunfo de un incalculable valor, se supone, para el zaragocismo, que ayer recuperó el pulso, palpitando casi hasta el infarto. Es la felicidad. El fútbol, que dicen que es así. Lo es. Inexplicable, capaz de crear momentos mágicos en el que miles de personas se sienten una y se elevan al cielo.

El éxtasis quedó perfectamente representado en el césped, donde se vio llorar al imberbe Ander Herrera al final del encuentro, entre sensaciones contrapuestas de rabia y delirio. La tensión y la emoción también atraparon a Nayim, un héroe curtido en mil batallas pero con ese inmenso corazón zaragocista de siempre. Todos explotaron. Los que estaban en el banquillo saltaron al campo, los que estaban en el terreno de juego se fueron a por Gabi. Ya se sabe, un millón de abrazos para relamerse por una victoria que quiere ser inolvidable, al estilo de la lograda hace poco menos de un año en Tenerife.

En la fascinante victoria de ayer se debe apoyar el Zaragoza para comenzar a reconstruir su presente, su intrigante futuro. Le falta fútbol, como se volvió a ver ayer, y eso le pesa como una losa. Le sobra corazón, el propio y el de una afición que se siente ultrajada, olvidada, pero que le da la vida. Por eso late.

FUENTE: Ignacio Martín Cisneros (EL PERIODICO DE ARAGON)


Publicado por MartinHernandez @ 8:48  | Real Zaragoza
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