
El Real Zaragoza cayó eliminado ante el Betis, de Segunda División, en un desastroso partido en el que reaparecieron todos los defectos. Desperdició la ventaja de la ida y cuajó una preocupante actuación.
Pues resulta que la promesa de llegar lejos en la Copa del Rey este año
tendrá que meterla Agapito Iglesias en el mismo saco que el plan de
viabilidad económica. Ni una cosa ni la otra, anunciadas con reiteración
en mayo, junio y julio como líneas maestras de este complicado quinto
año de la era agapitista -la primera en el ámbito deportivo, la segunda
en el financiero y societario-, van a hacerse realidad para su desgracia
y, por efecto rebote, para dolor y pena de todo el zaragocismo.
El Betis, rival de Segunda División, se encargó anoche de diluir y
desvanecer por completo las ilusiones zaragocistas en el torneo del K.O.
cuando la volátil euforia de los débiles empezaba a florecer con
artificio después de la milagrosa victoria obtenida in extremis el
domingo pasado ante el Mallorca. De un solo golpe, los sevillanos de
Heliópolis volvieron a desnudar a un equipo que se creyó capaz de
empezar a vestirse 72 horas antes y que, desde anoche, es de nuevo otro
mar de dudas.
Ni la ventaja obtenida hace quince días en la ida, aquel 0-1 de penalti
que comenzó a conformar el espejismo de la última semana, sirvió anoche
para sujetar el pase a los octavos de final. En un cúmulo de errores
colectivos, en un nuevo disparate de yerros individudales de un equipo
aciago en sus decisiones desde el minuto 1 al 93, el Betis (sin seis de
sus titulares) acabó siendo mejor y mereció seguir adelante sin duda
alguna.
En la primera mitad se gestó el marcador final y la miga del choque. En
la segunda, los béticos se dedicaron a sostener la ventaja con solvencia
mientras los de Gay dieron un curso acelerado de histeria, falta de
criterio y desconexión como conjunto. Volvieron los gritos de
"¡Directiva, dimisión!", las caras largas y los peores presagios.
Qué pena más grande es la de carecer de futbolistas con cierta
clarividencia de cara al gol (en la portería contraria habrá que decir,
tal y como vienen las cosas últimamente en la zaga blanquilla con los
tantos en propia puerta). Con uno o dos puntas medianamente consumados
en el arte de meter el balón en las redes ajenas, el Real Zaragoza
habría podido sentenciar la eliminatoria anoche en un abrir y cerrar de
ojos. Pero esto es el cuento de nunca acabar. Esas piezas, por mor de la
aptitud de la dirección deportiva y de la secretaría técnica, no
existen. Prieto y Herrera deberían, algún día, dar cuentas de semejante
diseño de equipo.
Braulio, en el minuto 5, remató a bocajarro un centro del efervescente
Bertolo, pero la cruzó en exceso y se le marchó fuera. Ponzio, dos
minutos después, chutó con todo a favor desde la frontal, pero la colocó
en el lado equivocado del poste. Bertolo, en el 13, ya con el 0-1 en el
marcador, se emborrachó de gozo en un eslalon de regates y, con el gol
al alcance, centró a no se sabe quién. Dorado casi le hizo el favor de
hacer diana en la portería de Casto, pero se fue a córner. Diogo, solo
como para haberse metido hasta las entrañas del marco bético, chutó con
todo a favor en el 26 y la puso en el lateral de la red, justo al lado
inverso donde el remate era natural... Fueron jugadas de gol, si sus
finalizadores lo llevasen en la sangre. Pero eso no es así en el actual
Real Zaragoza y ninguno tributó al objetivo supremo de este deporte, que
es encajar la pelotita en portal de enfrente.
Entre medias, Jarosik, de cabeza, había logrado la excepción que
confirma cualquier regla en el minuto 14, empatando de cabeza un gol
inicial logrado por el Betis tres minutos antes en una jugada tan
polémica como infantil de los zaragocistas. Todos creyeron que se había
cometido falta en la medular sobre el espumoso Boutahar (tan eléctrico
como inoperante) cuando, realmente, Iturralde la había pitado en contra
al considerar que fue un piscinazo. Y se fueron hacia arriba, dejando
desguarnecida la defensa. Salva Sevilla sacó con celeridad dejando a
Rubén Castro solo ante Doblas. Para acabar el esperpento, el centro del
canario no hizo falta que no remachase Molina. Contini se anticipó para
marcar un autogol desesperante.
Ni siquiera la rapidez con la que Jarosik igualó pudo tranquilizar el
alocado juego de los zaragocistas, que insinuaron ganas en cada lance
pero terminaron siempre cayendo víctimas de la precipitación. Como ya es
hábito, el rival volvió a encontrar otra gatera para anotar el 1-2 y
volver a noquear a un bloque insustancial.
Ander se lesionó. Gay regresó al 4-4-2 adelantando a Edmilson, al que
luego quitó por un Pinter sin norte. Doblas subió a rematar un córner y
casi acaba trasquilado... La montaña de la imperfección se hizo gigante.
Y la Copa voló.
FUENTE: Paco Giménez (HERALDO DE ARAGON)