martes, 04 de enero de 2011

                 

El Real Zaragoza se impone a La Real Sociedad de manera justa, según los méritos propios adquiridos durante el partido. Sinama Pongolle y Braulio fueron los autores de los tantos aragoneses.

Con los mismos hombres, sin fichajes, sin refuerzos, sin mayores dotaciones que las previamente existentes, el Real Zaragoza sacó adelante el partido de anoche frente a la Real Sociedad. Desde cierto punto de vista, demostró que está en posibilidad de ganar partidos en Primera División, en coherencia con una tesis que sostiene el actual entrenador, Javier Aguirre. En todo caso, también se demostró a sí mismo la consistencia de dicha hipótesis de trabajo. La Real no se presentaba como un rival menor. Al revés. En su regreso a la élite se ha ganado un merecido respeto por su fútbol, por su modo de llevar los partidos y por el lugar que ocupa en la tabla. No presentaba una cara amable el compromiso. Sin embargo, el conjunto aragonés supo solventarlo con argumentos propios que animan a la esperanza de la salvación.

En determinadas fases del choque, su fútbol tuvo un aspecto aseado, correcto, dispensando cierto buen trato al balón. Este registro, muchas veces desconocido a lo largo de la presente campaña, se presentó ayer repentinamente, como si el parón navideño hubiera producido algún cambio de fondo. El Real Zaragoza dominó a la Real Sociedad durante toda la primera mitad, desde el principio hasta la conclusión. Durante ese periodo, movió bien el balón, tuvo paciencia, buscó las bandas y trató de conducirse por los espacios libres que generaba su mando.

Sinama Pongolle tradujo estos valores en lo que interesa: el gol. A los nueve minutos, el delantero francés enseñó a Mikel el balón sólo para que el defensa donostiarra lo viera pasar por delante de sus pies y le fuera inalcanzable. El giro de Pongolle, en un gesto de delantero con instinto de gol, lo dejó delante de Bravo. Sin duda alguna, prosiguió con su función. Definió bien, de un disparo cruzado.

La ventaja obtenida en el marcador hizo al Zaragoza más vigoroso y seguro en aquello que estaba practicando. La Real se vio superada en todas sus líneas. Ni siquiera podía emerger la calidad de su hombre de referencia, Xabi Prieto, en términos generales bien cubierto por Javier Paredes o por quienes acudían en su ayuda, ya fuera el central de su lado, Mateo Contini, o el interior de esa banda, el argentino Nico Bertolo.

Sin la aportación de su timonel, el conjunto vasco ofreció en La Romareda una versión que no se le suponía. Las ocasiones ante la portería ocupada por Bravo se sucedieron con un ritmo acusado. Rondó entonces el segundo gol aragonés en varios lances. Sinama Pongolle gozó de varias ocasiones, que, sin embargo, se escaparon. También tuvieron sus oportunidades Leo Ponzio y Carlos Diogo. El centrocampista argentino no encontró portería en un duro disparo frontal. Al lateral uruguayo se le marchó por encima del travesaño el remate de un balón lanzado desde la esquina. Los argumentos expuestos por el Zaragoza fueron los necesarios y suficientes como para reencontrarse con el gol de nuevo. Pero ya se sabe que el fútbol en ocasiones no entiende este tipo de lógicas. Sigue sus propias normas. Un balón de Ander Herrera que pretendía ser el inicio de otra ofensiva se convirtió por obra de Teixeira Vitienes justo en lo contrario del objetivo pretendido. El esférico despedido por el colegiado salió en sentido opuesto y provocó un contragolpe de la Real de consecuencias fatales.

Con el Real Zaragoza a pie cambiado, y sin comprender cómo o por qué razón el esférico se había vuelto en su contra, el episodio entero se convirtió en una sucesión de infortunios, en una odiosa cadena de desgracias. En última instancia, Paredes pudo despejar, o al menos tocar el balón o desviarlo mínimamente, para que no llegara a su peor destino, a las botas del mejor jugador realista, Xabi Prieto. Pero en ese justo instante, el Jabalí se escurrió, se fue al suelo, no se pudo sujetar en pie, como si lo derribara un negro destino. Prieto disparó en consonancia a su categoría. No hubo nada que hacer. Leo Franco, que estuvo bien durante la noche, se vio superado. El gol encajado fue al mismo tiempo una injusticia y un tipo de sanción particularmente grave, de esas que únicamente sacuden sobre el cuerpo del ya penado, sobre el último clasificado.

Javier Aguirre se vio obligado a meterse de lleno en faenas de psicólogo durante el cuarto de hora de descanso. En el reposo de la caseta llevó a efecto su terapia, con su verbo singular, que de puertas adentro, seguramente, es más afilado y punzante de lo que luego presenta. Sea como fuere, el caso es que el equipo no se le descompuso por el golpe recibido. Se rehizo y salió al segundo periodo dispuesto a la brega, a la lucha, a la pelea por la conquista de una victoria crucial para agarrarse a la esperanza o quién sabe si a la vida.

El Real Zaragoza se fue hacia la consecución del triunfo con la determinación de antes, con el apoyo incondicional de los suyos y la permanente acusación de La Romareda al colegiado. Teixeira, que debió sentir la carcoma de la culpa, no quiso saber de conflictos dentro del área de Leo Franco. En el empuje abierto y declarado a los cuatro vientos, Gabi, Paredes y Herrera se acercaron al tanto definitivo. No lo lograron. Más cerca aún anduvo Nico Bertolo, que quiso dibujar una vaselina por encima de Bravo en la creencia de que el guardameta salía a por el balón que él tenía en los pies y se lo entregó a las manos con increíble placidez. Cuando el partido moría apareció la figura de Braulio. En esta ocasión, el delantero canario fue exactamente lo que se necesitaba: remate y gol. Nada más. Y nada menos. Pegó a la pelota bien, de lleno, con un golpe seco y rotundo, para que saliera directa a su destino con la certeza de que su final era el concebido. El gol hizo estallar a todo el mundo, a los jugadores en el terreno de juego y al público en las gradas. El Real Zaragoza atrapa un tablón en la tormenta con los elementos con los que viene funcionando desde un principio. Ésta es una declaración que va algo más allá de las intenciones. La victoria no sólo fue un golpe de fortuna. Tuvo sus fundamentos.

FUENTE: Jose Miguel Tafalla (HERALDO DE ARAGON)


Publicado por MartinHernandez @ 10:05  | Real Zaragoza
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