
Es difícil saber si este Zaragoza llegará alguna vez a tocar fondo, porque siempre descubre peldaños más bajos en su particular caída a los infiernos desde que Agapito Iglesias llegó al club. De todas formas, por el olor a azufre que desprendió el equipo en Cornellá se diría que el diablo no debía andar lejos. El Zaragoza, este equipo mediocre, sin identidad y de perfil bajo que ha construido el empresario soriano, se dejó además el alma en la caseta para mandar al limbo la tímida y tardía reacción que había experimentado con la llegada de Aguire y que tuvo su muestra en el triunfo ante la Real. El Espanyol le mandó a la lona con una superioridad casi insultante en la primera parte y destrozó los síntomas de mejoría de un Zaragoza que a un partido del ecuador solo lleva 13 puntos y que va a necesitar otro milagro en la segunda vuelta. Ahora, vuelve a ser colista, aunque sigue a dos puntos de la línea de salvación, y ha dejado constancia de su nula fiabilidad.
Entraba en los pronósticos caer en Cornellá, donde el Espanyol había ganado a todos menos al Barça. Lo que no tiene explicación es la imagen ofrecida. El seguidor zaragocista creía haber visto mucho... El Málaga, en aquella media hora con cinco goles, la abulia en San Mamés o el destrozo del Villarreal. En ese particular recorrido de horrores, el Zaragoza avanzó un pasó más, porque decidió desertar en Cornellá. No se presentó para que la afición sienta todos los motivos para la vergüenza y para la desesperanza. Si con todo lo que se está jugando es capaz de acometer una cita así sin actitud, es para tener miedo. Y mucho.
Aguirre hablaba de la identidad y de la cantera del Espanyol en sala de prensa. Hablaba de implicación, de sentir los colores, de ver a su equipo como algo propio. La ONU en que Agapito ha convertido este Zaragoza no entiende de eso y hacer grupo es muy difícil. Más cuando la revolución en cada periodo de fichajes es la norma. En este de enero también la habrá, por mucho que Aguirre diga en pose falsa que confía en lo que tiene. Este equipo necesita urgentemente elevar el nivel competitivo, tres fichajes como mínimo que le permitan más fiabilidad. Ser colista tras 18 jornadas y haberlo sido en 13 es solo demérito propio y el Zaragoza ve además como algunos enemigos directos se alejan.
El partido en Cornellá no tuvo historia. Se resume en que el Espanyol jugó al fútbol y el Zaragoza fue de paseo. Aguirre apostó de salida por Edmilson para que éste volviera a demostrar que no debe jugar y por Jorge López para tener más el balón. Esta segunda afirmación no es broma. El caso es que la pelota fue de los periquitos. En propiedad absoluta, además, y con ella llegaron las ocasiones, porque esta vez y al contrario de las últimas salidas, el Zaragoza ni defendió bien.
Verdú, Callejón, Luis García, Didac, Javi Márquez... Todos jugaron casi a placer, con movilidad arriba, con desmarques. Sí, velocidad y buen toque, algo que en el Zaragoza de la historia reciente parece ciencia ficción. Osvaldo plasmó la superioridad en el minuto 7 con un remate de cabeza a centro de Didac del que Jarosik y Lanzaro decidieron inhibirse. El que conozca a este equipo ya vio que lo peor estaba por llegar, que la tarde era de tormenta. Cayó un diluvio en el hastiado corazón del zaragocismo.
SENTENCIA EN MEDIA HORA El Espanyol perdió a Osvaldo lesionado y a Javi Márquez, enfermo. Son dos de sus estandartes, pero Pochettino fue valiente y Sergio García y Álvaro mantuvieron el nivel de los que se fueron. Del Zaragoza no había noticias. Ni de Gabi, ni de Ander, ni de Sinama, ni de Lafita, ni de Jorge López y mucho menos de la defensa y del ausente Edmilson. Luis García, una pesadilla, rozó el segundo en una gran jugada, pero lo materializó de penalti, cuando Callejón retó a Diogo y volvió a salir ganador. Un error de Jorge López propició el tercero, de Álvaro a pase de Verdú. Había pasado poco más de media hora y la mejor noticia ya era acabar el choque.
Aguirre movió el banquillo y sacó a Bertolo, ayer injusto suplente, y a Pinter, que es un ejemplo de lo que la gestión de Agapito ha llevado a este club. El húngaro empeoró a Edmilson y mira que era difícil. Tras el descanso, el Zaragoza tuvo algo más el balón, hasta hizo ensuciarse los guantes a Kameni, que sacó una falta envenenada de Paredes, ahora lanzador absoluto de la estrategia --sí, así estamos--, pero fue todo artificio. No había ya partido. Por si fuera poco, en el tramo final el equipo aragonés decidió hurgarse aún más en su herida. Jarosik casi regaló el cuarto a Álvaro, pero fue Pinter el que tuvo en suerte ese honor. Sergio García marcó a puerta vacía para que el Zaragoza fuera farolillo rojo por la diferencia de goles. Qué bochorno.
FUENTE: Santiago Valero (EL PERIODICO DE ARAGON)