
El Real Zaragoza sale de la zona de descenso tras su triunfo ante el Deportivo de La Coruña. El gol de la victoria fue obra de Boutahar. El equipo aragonés ha permanecido diecisiete jornadas en los fondos de la tabla.
El Real Zaragoza está desde la tarde de ayer fuera de
la zona de descenso, afirmación que aquí y ahora se convierte en
aseveración rotunda, sustantiva, de peso. Mucho tiempo después de caer a
los fondos, por fin se alumbra con luz natural el camino del equipo
aragonés, al que no se le pide nada más que la salvación, la permanencia
en Primera. En primer lugar, por dignidad. En segundo,
por necesidad. Han sido diecisiete jornadas de estancia en las
catacumbas, de sufrimiento sostenido. Las marcas de esta penuria aún son
evidentes. Están frescas. Javier Aguirre acaso fue el primero en
enseñarlas. En su comparecencia al término del encuentro, no se permitió
una sola licencia. Siguió por donde va, magisterio que al Real Zaragoza
le está viniendo fenomenal.
El Vasco ha dado otro aire al equipo con lo mismo que antes, sin
refuerzos, con las lagunas, carencias y dificultades que encontraron
José Aurelio Gay y Nayim en su trabajo. Quizá Aguirre todavía haya
hallado algún otro elemento adverso más, caso, por ejemplo, de la fuerte
inestabilidad institucional por la que atraviesa el club. Esta
circunstancia ha sido particularmente notoria durante estas dos últimas
semanas, en las que se ha hablado poco de fútbol y mucho de otros
aspectos. Sin embargo, Aguirre está mostrando el temple
de los marinos expertos en la mar gruesa. Sereno, juicioso, de palabra
suave, casi de terciopelo, el técnico mexicano ha aisaldo a los
jugadores del ruido exterior y los ha centrado en lo suyo en la medida
de lo posible.
Suma tres victorias consecutivas en casa, ha arrancado puntos en visitas
complicadas (Pamplona y Getafe) y ha caído ante los equipos más
poderosos que ha tenido enfrente (Villarreal y Real Madrid). Siendo
razonables, no puede exigirse más de la labor que ha realizado hasta
aquí. Parece que la tendencia de fondo es otra bastante distinta. Al
menos anuncia buenas noticias si extrapolamos los logros del corto
plazo. El equipo encaja menos goles y los que hace en esta época le
sirven para sumar.
Aguirre esquivó en primer término un colapso del
bloque, evitó después que se descolgara en la tabla clasificatoria y
ahora lo tiene fuera de los lugares más incómodos que existen para jugar
al fútbol en Primera. Ese testigo lo ha cedido, asunto que celebró La
Romareda con júbilo al término del encuentro disputado frente al Deportivo de La Coruña.
Tiene su trascendencia. Es posible que en adelante pesen menos las
piernas, que los nervios no cundan, que los estados de ansiedad queden
reducidos a nada, que la presión disminuya o que el manejo del balón sea
una tarea más sencilla de lo que ha sido hasta este punto. El enemigo
invisible que significa ocupar posiciones que acusan directamente a los
protagonistas ha sido traspasado a otras camisetas.
No obstante, no hay que olvidarse de que el Real Zaragoza sigue siendo
quien es y, en cierto sentido, quien fue. Ayer se ganó al Deportivo de
La Coruña en una jugada a balón parado, en un lanzamiento directo de Boutahar que la barrera gallega desvió para hacer inservible cualquier movimiento de Aranzubía.
En líneas generales, al fútbol del conjunto aragonés le faltó contenido,
y en ocasiones se vio netamente superado por el rival en el buen uso de
la pelota. Este problema continúa existiendo. Es menos flagrante que en
otros momentos. Pero aún forma parte de la lista de carencias. Herrera,
que anda algo más centrado, no es suficiente en este capítulo. Por su
parte, Gabi no está llamado a las tareas de la sutileza, sino a otras en
las que está aportando una producción enorme, de dimensión
absolutamente industrial.
En el listado de lagunas recurrentes, también cabe incluir esta vez la
falta de gol de la delantera. Ayer se acusó de nuevo tal deficiencia.
Con hombres de área con mayor instinto de gol, el Real Zaragoza habría
sumado algún tanto más. Varios contragolpes desarrollados en la última
parte del encuentro debieron terminar en las redes de la portería
visitante, según mandan los cánones tradicionales del fútbol. Sin
embargo, la ejecución fue deficiente. No es que los abortase Aranzubía.
No fueron bien interpretados. Uno se consumió en un error individual, de
Braulio, al que no se le pueden negar en justicia otras sumas al
colectivo. Otro contrataque no fructificó porque todos los jugadores que
salieron al galope corrieron por el mismo lugar, al mismo ritmo, en
idéntica dirección, tapándose unos a otros y haciendo fácil la lectura
para los defensores que se movían en minoría.
En la defensa aragonesa se observaron, asimismo, algunos desajustes,
aunque en esta ocasión no costaron ningún contratiempo. La falta de
pegada de la vanguardia del Deportivo les restó importancia en la trama
del encuentro. Lotina se quejó con amargura de esta
situación. Sus jugadores se desnvolvieron como si no existieran las
porterías. En la contabilidad deportivista no figura un solo disparo a
la puerta de Leo Franco, quien vivió una tarde apacible como ninguna,
únicamente alterada por alguna cesión del balón que debió gestionar con
la pierna izquierda.
Contando con todo ello, el Real Zaragoza hizo lo que debía: ganar como
fuera, incluso a balón parado después de que la pelota tocara en un
contrario. Estos pasos hacia la salvación están cargados de una
considerable relevancia, por más que estemos en el mes de enero y la
segunda vuelta de la Liga no haya hecho más que empezar. Por fin el
Zaragoza está fuera de los lugares que martirizan a cualquiera.
FUENTE: J.Miguel Tafalla (HERALDO DE ARAGON)