
El Real Zaragoza perdona al Racing en cinco ocasiones y, así, no logra pasar del empate en La Romareda.
Desde el inicio de la presente temporada está diagnosticado este problema: el equipo acusa una notable carencia de gol. Se ha formulado la deficiencia de otras formas, no por eso menos exactas o precisas en su contenido: al Real Zaragoza le falta un hombre de área o a Javier Aguirre se le debe traer un delantero con gol. El encuentro disputado ayer frente al Racing de Santander puso otra vez la denuncia encima de la mesa.
Fallaron ante la puerta de Toño, guardameta del conjunto cántabro, Braulio, Sinama Pongolle, Ángel Lafita, Ander Herrera y Nico Bertolo. No fueron yerros cualesquiera. Se trató de ocasiones claras, limpias, nítidas, que de ordinario deben ir al destino trazado y no a ninguna parte. En los entrenamientos, este tipo de fallos suelen costar reprimendas. En competición, algún punto o incluso la suerte del partido entero. Es una ley del fútbol.
Javier Aguirre se adjudicó la responsabilidad de este dispendio al término de la tarde; pero sus palabras, en verdad, no pasaron de los términos caballeros o gallardos en que se dijeron. Aquí, y en todo el mundo, se sabe de quién es la paternidad de semejantes desatinos. En primer término, de su autor inmediato, del jugador que corresponda en cada caso. En segundo, de quienes diseñaron la plantilla sin gol, que en este deporte no es una cuestión menor, sino más bien justo lo contrario. Los nombres de estos hacedores también son conocidos en este pago, y ahí están.
Al Vasco, en todo caso, habría que hacerle alguna indicación acerca de cómo se ha reforzado el equipo durante el mercado de invierno, dentro de lo poco que se ha podido hacer. Pero ni aun así sería apropiado cargar nada sobre su persona. Al revés. El técnico mexicano está siendo parte indiscutible de una posible solución deportiva.
Desde un punto de vista táctico, al equipo avanza terreno conforme pasan las jornadas. Ayer también lo hizo, con independencia del resultado definitivo de la contienda. Aceptó con entereza la adversidad del tanto encajado, trabajó según estaba previamente diseñado y se desenvolvió con una línea argumental bien definida. Por lo general, fue solvente en defensa y presionó según mandaba la trama del partido.
En determinadas fases, movió el balón con corrección de banda a banda,
con criterio y sentido, en pase corto o en lanzamiento largo, a la
espera de que se abrieran espacios en la defensa rival conforme maduraba
la ofensiva.
Es cierto que la gran ocasión de Sinama Pongolle, de la que se esperaba
el triunfo por las particulares circunstancias dadas en ese lance, se la
creó él mismo, fruto de un robo acaecido en una banda. Pero no es menos
verdad que el empeño colectivo relativamente bien llevado también
apareció en momentos concretos. Acaso nunca ha sido el Real Zaragoza tan
prolífico a la hora de generar ocasiones como ayer. Naturalmente, puede
tomarse como paradigma la jugada del gol de Boutahar. Son apreciables
la salida del balón, la caída al espacio libre de Braulio, la
continuidad que éste da a todo el movimiento de despligue, la
incorporación de Gabi y su intencionado servicio a la espalda de la
defensa contraria y, por último, la definición del interior zurdo
holandés. Aquí, en este punto, en las lagunas en la definición, es donde
ayer estuvo la clave de que finalmente se produjera el empate, cuestión
que apela antes a factores individuales que a asuntos colectivos.
El actual Real Zaragoza sigue condenado a obtener de un solo gol, o de
dos a lo sumo, toda la rentabilidad que de ese producto sea capaz de
extraer. Un error grave cometido en la defensa de un balón aéreo,
lanzado por Kenedy desde una distancia enorme, impidió que el tanto de
Boutahar sirviera para algo más que sumar un punto. En la zona baja de
la tabla, la presión está subiendo de manera considerable. Ya no parece
que la salvación vaya a darse de manera barata. La victoria del Levante
ante el Villarreal, en el Madrigal, ha elevado las exigencias para
quienes se hallan inmersos en la pelea de los fondos.