
El equipo de Champions fue el Real Zaragoza, con los mismos jugadores de siempre pero un fútbol tan distinto que se hace irreconocible para bien. El Valencia vino con vértigos y mareos de su eliminación europea, vacío de motivación, y Emery colaboró a enloquecerlo con una alineación antinatura. Entre el subidón de adrenalina del equipo aragonés y la falta de vitaminas del rival, se gestó un partido grande para La Romareda, festivo por juego y por goles. El Real Zaragoza, que era todavía el único representante de Primera que no se había impuesto por más de un tanto en sus victorias, le metió cuatro al tercer clasificado gustándose en las acciones tácticas, en las contras y en una asociación memorable entre Uche y Ander. Ahora mira de cara a la permanencia, casi la besa aunque no deba bajar la guardia.
El estadio se vistió para los grandes momentos. La hinchada respondió y los futbolistas le regalaron un triunfo redondo para premiar su apoyo, su fidelidad. Ya había ganado vuelo el Zaragoza en Gijón, contra el Athletic y frente al Barcelona, pero esta noche se ha dado un viaje espacial, por las estrellas, rememorando aquel día también del mes de marzo en el que Galletti hizo campeón de Copa a los aragoneses en Montjuïc. Bueno, tampoco nos vayamos por las nubes de la emoción. El único que se ha quedado en tierra ha sido Agapito Iglesias, a quien el público, con la victoria cerrada, le grito que se fuera de una vez. Como vive en la Luna de Valencia, a lo peor ni se enteró el empresario soriano.
La explosión fue sonora y comenzó a lo clásico, por la vía corta y rápida, con una falta botada por Paredes y rematada sin concesiones por Jarosik de cabeza en el segundo palo. Madrugó el gol y se comprobó que el Valencia estaba entre las sábanas, llorando aún su adiós ante Raúl y su Schalke 04 (¿o 4-0?). El segundo fue para quitarse la chistera, pura magia de Uche en la asistencia y definición de alta escuela de Ander, quien en en el viaje hacia Guaita repasó todo el catálogo de adornos para marcar. Eligió el túnel para delirio de la grada y como puntilla a un adversario que se fue entregado al descanso, con un par banderillas muy mal llevadas en el lomo de su condescedencia y apatía.
No hubo ni color, mucho menos el naranja en una segunda parte que sirvió para que renaciera el himno, los olés, la alegría y los fuegos artificiales en una afición entregada al equipo de Aguirre, gran artífice de la mutación, y desarraigada del propietario o amo. Entre ese bullicio cayeron dos penaltis y la expulsión de Stankevicius. Gabi marcó las dos penas máximas y se marchó idolotrado al ser sustituido por N'Daw. Con Uche la vida es diferente. El nigeriano le da sentido al balón y el pelotazo se ha quedado rezagado en la lista de recursos. Se le busca, se le encuentra y el muchacho la devuelve al pie. Ese oxígeno es mucho para un pulmón imaginativo pequeño.
No fue el partido del siglo, pero lo era antes de empezar por su trascendencia. Nadie faltó a la cita desde que Galletti hizo el saque de honor hasta que el colegiado decidió señalar el final de una victoria de Champions.
FUENTE: Alfonso Hernández (EL PERIODICO DE ARAGON)