
La victoria del Zaragoza, todo un salvoconducto para seguir pensando en la permanencia, la decidió la espalda de Alves. El portero brasileño del Almería, hasta entonces y después una muralla, se metió sin querer un violento disparo de Gabi que dio en el palo. Fue un rebote, pero la verdad es que glorioso, de un valor incalculable y que supuso un triunfo vital, agónico y sufrido en la recta final. De momento, ese tesoro de tres puntos saca al Zaragoza del descenso y mete a Osasuna, próximo rival en La Romareda, en un descenso que promete todas las emociones fuertes en las cinco últimas jornadas, porque el atasco abajo es monumental. El equipo volvió a tirar de la garra, del espíritu de La Romareda, donde ya son cuatro las victorias seguidas y 22 puntos de los últimos 27, poque fútbol y pegada tiene muy poca, pero sí posee un alma que no le cabe en el pecho y que exhibió sobre todo en el comienzo de la segunda mitad.
El sufrimiento del zaragocismo lleva camino de la leyenda o, más concretamente, de destrozar todos los marcapasos de una afición que volvió a tender la mano a un equipo que sufrió lo indecible, que las pasó canutas en el tramo final, donde no supo dormir ni leer el partido, pero que alzó los brazos hacia el cielo cuando Muñiz Fernández pitó el final. El vital objetivo de la permanencia está más cerca, pero aún habrá que remar mucho. Preparen, pues, sus corazones...
EL CORAZÓN EN UN PUÑO El Almería escribió el epílogo de su paso por Primera en La Romareda. No matemáticamente, pero el conjunto andaluz es ya carne de Segunda. Aun así, en los últimos minutos puso el corazón en un puño al zaragocismo. Da Silva, en una actuación convincente y decisiva, sacó un balón que entraba a tiro de Piatti, Doblas envió otro de Carlos García al larguero y Kalu Uche tuvo un cabezazo clarísimo mientras el Zaragoza era el sufrimiento en estado puro, mirando a un reloj que avanzaba a paso de tortuga. O de caracol.
Lo cierto es que antes el Almería fue claramente inferior a un Zaragoza al que le pasaron factura los nervios y la trascendencia de la cita. No se podía fallar ante el colista y el equipo salió demasiado atenazado y casi sin fútbol para llegar al área de Alves, aunque era muy superior en la medular, donde Ponzio y Gabi imponían su ley. Con Boutahar ausente, solo Nico Bertolo inquietaba, mientras que Braulio ofrecía pelea y alguna acción interesante. Del gol, ni hablamos.
Pudo hacerlo Ulloa, que casi sorprendió a Doblas de vaselina, pero lo mereció el Zaragoza en un remate múltiple tras un córner en el que ni Braulio, ni Diogo, ni Da Silva ni Jarosik acertaron en la suerte suprema. Otra vez la falta de pegada. Al intermedio se llegaba sin la necesaria victoria, pero en la reanudación despertó el león a costa de que el partido se abriera. Fue un disparo de Ander al lateral de la red el que hizo que La Romareda rugiera y que el equipo diera un decidido paso. Lafita aportó más que un desaparecido Boutahar, Bertolo fue más que desequilibrante y Gabi empezó a acaparar balones.
Luna sacó bajo palos el cabezazo de Da Silva, Bertolo la mandó al palo y Sinama, que salió por Braulio, tuvo la más clara tras rechazar Alves un buen disparo de Nico. El balón del francés, para el que la intensidad del equipo parece que no va con él, fue de nuevo a la madera con el portero batido. El gol se mascaba... Y llegó. Bertolo, que acabó agotado y con molestias, lo intentó otra vez por la izquierda, Sinama prolongó a Gabi y esta vez sí entró, aunque fuera de rebote. También valen esos goles. Vaya que si valen...
El tramo final trajo un sufrimiento infinito, la expulsión de Ander al cortar una contra y mostró a la afición enganchada y enchufada a un equipo que se ganó, aunque fuera por la vía de la agonía, el derecho a seguir creyendo en una permanencia que merece por su fortaleza en casa, por su afición y por su alma.
FUENTE: Santiago Valero (EL PERIODICO DE ARAGON)