
El Real Zaragoza salió del Bernabéu henchido de moral y de argumentos para creer en la permanencia y, solo ocho días después, con una Romareda llena, decidió dispararse al pie en su carrera hacia la continuidad en la elite para que Osasuna, un enemigo directo en la tabla y en el sentimiento, se llevara tan decisiva batalla y le asestara un profundo golpe. Con todo a favor, con el gol de Lafita, con un estadio entregado y con un rival sin apenas argumentos, el conjunto aragonés se complicó la vida él solo y abrió la puerta a la reacción de un Osasuna que era hasta ayer el peor visitante de la Liga para sellar más que una derrota, un batacazo terrible. Además, deja al equipo de nuevo en la agonía, empatado a puntos con el descenso, y con la necesidad de ganar dos de los tres partidos que restan para no mirar a otros.
Sí, la permanencia en Primera aún está en sus propias manos, pero se oscureció mucho en una noche donde todo estaba preparado para la fiesta y acabó en un funeral. La Romareda, llena a reventar, con un ambiente inolvidable en el arranque, tuvo que restregarse los ojos para ver cómo Osasuna se aprovechó de una segunda parte horrorosa de un Zaragoza plano tras el descanso, atenazado, sin ideas y desubicado sobre el terreno de juego.
A lo último contribuyó mucho Javier Aguirre, que también vivió un partido para olvidar. Hasta el mejor escribano hace un borrón y el mexicano, el gran artífice de la reacción del equipo en pos de la permanencia, se fue a equivocar en el peor momento, sobre todo en los cambios. Cada uno que hizo empeoró al equipo y aumentó el caos. La noche aciaga también afectó a otro de los ídolos del zaragocismo, Doblas. Y es que el meta no acertó en los dos primeros goles navarros.
El Vasco no contó con la colaboración de un equipo que no fue el conjunto aguerrido e intenso de otras noches en La Romareda. El espíritu y el alma se quedaron en el vestuario, sobre todo en un intermedio al que se llegó con la sensación de que el Zaragoza no debía perder nunca ese partido. Osasuna ni se había acercado a Doblas con peligro y el equipo de Aguirre había golpeado primero con un gol de Lafita tras asistencia de Lolo. La dejada de cabeza del defensa fue tan impecable como el remate de Lafi para anotar su tercer gol en dos partidos. Todo se ponía de cara en una noche que parecía perfecta...
AGUIRRE Y DOBLAS Es verdad que Uche debió cerrar el partido tras sentar dos veces a Sergio Fernández, pero es que el nigeriano tiene más fútbol que gol. Por eso, en ambas ocasiones se encontró con Ricardo. También es cierto que el Zaragoza, bien colocado y sobrio en defensa y en la presión, no trenzaba jugadas con facilidad y le concedía mucho el balón al rival, aunque daba igual porque el equipo de Mendilibar no sabía qué hacer con él.
El partido se transformó en el segundo acto. Uche le dio medio gol a Bertolo, y éste mandó el balón al limbo, y Aguirre decidió mover desde el banquillo un partido que no tenía historia. Bueno, la que tenía le iba bien al Zaragoza. Sacó al siempre frío Jorge López en lugar de Ander y Mendilibar dio entrada a Vadocz para que Camuñas se acostara a la izquierda y generara más dudas en Diogo que las que el uruguayo se genera solo. Todo fueron malas noticias para el Zaragoza. Una pared entre Camuñas y Vadocz acabó en el disparo del primero, fuerte, sí, pero centrado. El caso es que se lo tragó Doblas.
El gol fue un palo gigantesco para el equipo y para la grada. Ni uno ni otro se levantaron y Osasuna decidió que había que ganar el partido ante tantas facilidades. Lo hizo en una falta lanzada por Puñal que Sergio mandó a la red. El exzaragocista se aprovechó del exceso de confianza de Jarosik --no es el primero-- y remató de cabeza. Doblas pudo hacer algo más pero queda dicho que no era su noche.
Si el empate era un mal resultado, la derrota era terrible. Eso debió pensar Aguirre, pero su siguiente razonamiento para evitar la catástrofe no fue tan lógico. Quitó a Uche y a un superado Diogo y sacó a Boutahar y a Braulio para que el equipo pasara a jugar con tres atrás, con Lafita de falso carrilero y con Jarosik de delantero centro. La táctica suicida cuando quedaba más de un cuarto de hora finalizó mal. Es verdad que Boutahar mandó un balón al palo que pudo cambiar el guión, pero Kike Sola, en fuera de juego, aprovechó una gran jugada entre Camuñas y Vadocz para cerrar el choque, para golpear con dureza el corazón zaragocista.
El varapalo es terrible y cruel a partes iguales. Cuando todo parecía encarrilado, la agonía y los fantasmas del descenso reaparecen a toneladas. Restan tres partidos, empezando por el miércoles en Anoeta, donde el Zaragoza debe recomponer la faz y volver al camino de intensidad y actitud que posibilitó su reacción. El equipo dilapidó el margen de error que obtuvo en el Bernabéu, por no hablar de las dudas que vuelve a producir. Y el miedo, claro. Mucho miedo.
FUENTE: Santiago Valero (EL PERIODICO DE ARAGON)