
No se discute el valor del gol de Hélder Postiga, que sobre la bocina supuso un punto donde ya no se veía nada más que la cuarta derrota seguida y que permite al Zaragoza quedarse fuera del descenso, aunque sigue a un punto y por delante y tras el parón asome el Camp Nou y el Barça, además de impedir el triunfo de un rival directo como el Sporting. Sin embargo, ese empate agónico con la heroica como fórmula no puede, y mucho menos no debe, ocultar la enormidad del problema zaragocista, que está enfermo de impotencia, sobre todo defensiva, y que emite muy preocupantes señales.
El Zaragoza es una mala y desesperante caricatura, un bloque que ha perdido en las últimas semanas la poca confianza que adquirió, que juega bastante mal al fútbol, y el fuerte viento que sopló no es una disculpa, que no gana casi nunca y que en defensa es un horror de tal magnitud que cualquier enemigo le saca los colores. Esta vez, Barral y De las Cuevas, aunque puede ser casi cualquier atacante. O sin el casi.
Roberto dijo que era anecdótico que el Zaragoza llevara tantos goles en contra. No, anecdótico no es, es un drama de dimensiones bíblicas y concentrado en 22 tantos en 11 partidos. A la lista se añadieron dos dianas en las dos únicas veces que el Sporting remató a puerta. No necesitó más el cuadro astur, un equipo limitado, pero con las cosas claras y bien trabajado, que enseñó la vulgaridad zaragocista cuando se lo propuso y a La Romareda no le quedó otra que pitar el horrible partido de los suyos. Como ahora Roberto ya no es el héroe que fue y la defensa es igual de endeble, al Zaragoza resulta la mar de fácil derribarlo. De las Cuevas retrató a Juárez en el primero y Barral no encontró obstáculos, con los centrales silbando por el campo, mientras que Barral también anotó el segundo porque es más rápido que Da Silva. Mucho más.
En trece minutos al final del primer acto el Sporting dio la vuelta a un marcador que sonreía al Zaragoza. No es que hubiera hecho mucho. Sí intentó tener más el balón, aunque Micael solo añadiera revoluciones y poco fútbol, y se encontró con un gol tras un saque de falta de Juan Carlos que Botía, con la presión de Postiga, tuvo a bien rematar para sorprender a Juan Pablo. Fue por cierto casi la única acción reseñable de un luchador Juan Carlos.
Esa entrega, en todo caso, no es discutible en el Zaragoza. El equipo quiere, pero apenas puede. Tiene lo justo en ataque, donde Hélder Postiga vive al límite del fuera del juego y va a dimitir algún día porque no le llega un balón en condiciones, y es un agujero negro en su consistencia como bloque, en su seguridad.
El caso es que el Sporting se fue al descanso con ventaja y, de la mano de Rivera como timón, con la sensación de tener el partido controlado. Lo cierto es que lo tenía, que el Zaragoza, donde Aguirre había intentado en el once inicial tener más frescura con Micael y Juan Carlos, era un encefalograma plano que aumentaba su impotencia en ataque con el paso de los minutos. En ese aspecto, el bajón de Luis García, solo peligroso ya en la estrategia, en las últimas semanas es otro drama importante. Este Zaragoza le necesita muchísimo.
El Vasco, en todo caso, fue valiente tras el descanso. Llamó a filas a Ortí para jugar con dos delanteros, lo que supuso señalar a Juárez en el cambio tras otra pesadilla del mexicano de lateral, y el equipo afiló sus garras, además de entender que era necesario tener más movilidad arriba. Barrera mejoró su nivel como lateral y el Zaragoza aprovechó la ternura del rival para vivir cada vez más cerca de Juan Pablo.
CAMBIOS VALIENTES La salida de Lafita también supuso más mordiente y el canterano probó a Juan Pablo para que La Romareda creyera en la heroica, un recurso habitual en los últimos años, donde el fútbol tanto ha escaseado por ese estadio. Barrera, más dinámico que otros días, también lo intentó y Aguirre rebuscó en su banquillo para dar salida a Edu Oriol y que el Zaragoza se partiera en dos, con hasta cinco futbolistas ofensivos. Era un cara o cruz, un empate o nada. Y salió cara --no siempre sucede a la desesperada--. Juan Pablo no atajó un disparo de Postiga y La Romareda festejó un empate, un punto que entonces, en el ardor de la celebración, supo a gloria. Con el paso de las horas, tiene más sabor todavía a impotencia.
FUENTE: Santiago Valero (EL PERIODICO DE ARAGON)