lunes, 12 de diciembre de 2011

Agapito envenena al club por los cuatro costados: directivos, cuerpo técnico, plantilla y afición. Del simulacro de partido de ayer, no merece la pena comentar nada, porque no hubo nada más que un equipo muerto deambulando por el campo de la Romareda.

El Real Zaragoza es un cuerpo inerte en estos momentos. En lo futbolístico no llegó nunca en este curso a hallar apenas certezas, pero lo peor es que también se han quedado sin vida en su estado anímico, en su capacidad de respuesta. Ni un gramo demostró ante un Mallorca limitado y solo ordenado, suficiente para ganar a semejante banda, a años luz de poder ser denominada un bloque. La derrota, devastadora a todos los efectos, llegó por el puro peso de la lógica y deja al Zaragoza más hundido en la tabla, a cinco puntos de la zona de salvación, pero sobre todo con la impresión clara de que algo tiene que cambiar y hacerlo cuanto antes, porque el club y el equipo agonizan. Sí, el Zaragoza se muere, se va por el sumidero.

El Real Zaragoza se muere sin remedio. Para muchos, de hecho, hace tiempo que no existe. Lo ha ido asfixiando Agapito, ese odiado hombre que nadie consigue echar, que tampoco se va. El atentado se ha producido progresivamente, hasta paralizar todas las ramas del zaragocismo. La constatación de la defunción inmediata recorre ahora todos los foros blanquillos. Tanto daño ha hecho el soriano que ha colmado de indignación a decenas de miles de zaragocistas. Aun peor, ha situado a la gran mayoría en una radicalidad inimaginable hace tan solo un lustro, entre la violencia y la indiferencia.

Por un lado están los entregados, que ya no aguantan más, cansados de protestar, de gritar, de abuchear, de ver al peor equipo que jamás lució el escudo del Zaragoza. Otra vez, como el año pasado, como el anterior... Por otro lado se encuentran los que incluso prefieren que el club desaparezca, para que Agapito se vaya de una santa vez. Con tal de que se marche, dan por bueno todo, incluso la caída a Segunda B o Tercera División. Al fondo están los guerreros, que aún son pocos pero se mantienen firmes e irán ganando presencia.

Sea como sea, el Zaragoza agoniza. No es reconocible por ninguno de sus costados. No lo es por el lado de sus directivos, por supuesto. El nefasto Agapito aguanta con naturalidad todo tipo de cánticos en La Romareda. Le da igual. Es el dueño, tiene coartada siempre. Le gritan "ladrón", "hijo de p..." y cosas mucho peores allá donde vaya. Ayer, el coro del estadio decía: "Queremos a Agapito colgado del Pilar". Es duro, fuerte. Le importa un bledo, así debe de ser. Y nadie espera que tome por fin una decisión acertada al frente del Zaragoza: la renuncia y deposición.

Su veneno ha alcanzado a todos. Hay zaragocistas que ya han capitulado ante tamaña bestia destructiva. Ayer era un día de revolución, pero la gente solo se aplicó en la crítica muy al final. Y trescientos se quedaron luego esperando al presidente, que se escapó por la gatera, al menos no apareció. Le tendieron las pancartas de siempre y esperaron un buen rato, hasta que a las nueve menos veinte apagaron cerraron luces y puertas. Cuando buena parte de la policía protectora se fue, el grupo de contrapunto entendió que ya no había nada que hacer. Es lo que hay en el Zaragoza de esta vida.

Esa impotencia, más o menos, es la que siente la gente cuando ve jugar a su equipo. Hay tantos y tan malos, tan malos, que ya no saben ni a quién señalar. Al entrenador lo dejan en paz, aunque la mayoría sea consciente de que el mexicano es tan culpable como los otros. Por esos gestos con sus cuates, por no ser capaz de crear un patrón de juego, por tragar con lo que diga Agapito, por decir que con esto basta, por tener al equipo a cinco punto de la salvación... Y por callar todo lo que ha callado. Hay ruido, pero el Zaragoza se muere en silencio.

FUENTE: Ignacio Martín (EL PERIODICO DE ARAGON)


Publicado por MartinHernandez @ 9:57  | Real Zaragoza
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